Clásicos Cristianos – Asidos a Dios 4

 

Continuemos.

Si vamos a elevarnos a las regiones de la luz y el poder espiritual que nos marcan las Sagradas Escrituras, debemos perder el mal hábito de ignorar lo espiritual. Debemos trasladar nuestro interés de lo visible a lo invisible, porque la gran Realidad invisible es Dios. «Es menester que el que a Dios se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan» (Hebreos 11:6). Esto es fundamental en la vida de fe. Desde aquí podemos elevarnos a alturas inimaginables. El Señor Jesucristo dijo, «Creéis en Dios, ¡creed también en mí!” Sin lo primero no puede ocurrir lo segundo.

Si realmente deseamos seguir a Dios debemos procurar vivir en otro mundo. Digo esto sabiendo bien que las gentes del mundo han usado estas palabras en forma despectiva y las han aplicado a los cristianos en forma de reproche. Que así sea. Cada hombre tiene que elegir su propio mundo. Si aquellos que, voluntariamente seguimos en pos de Cristo, elegimos deliberadamente el Reino de Dios, porque eso es lo único que nos interesa, no veo por qué hayan de oponerse a nuestra decisión. Si perdemos a causa de ello, la pérdida es solo nuestra; si ganamos, a nadie le robamos lo que es suyo. El «otro mundo», que es el objeto del desdén de este mundo, y el canto de burla de los borrachos, es el punto de destino que hemos elegido y al cual nos dirigimos con santa pasión.

Pero debemos evitar el error común de poner ese mundo exclusivamente en el futuro. No es un mundo futuro, sino presente. Es paralelo a nuestro familiar mundo físico que conocemos, y las puertas de acceso para ambos están abiertas. El escritor de la carta a los Hebreos dice: «Os habéis allegado (y el verbo está en tiempo presente) al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, y a la congregación de los primogénitos que están alistados en los cielos, y a Dios el juez de todos y a los espíritus de los justos hechos perfectos, y a Jesús el mediador del nuevo testamento, y a la sangre del esparcimiento, que habla mejor que la de Abel» (Hebreos 12:22-24).

Todas estas cosas están en contraste con «el monte que se podía tocar, el sonido de la trompeta y la voz de las palabras que se podían oír» (Hebreos 12:18-19). ¿No podemos concluir que así como el monte Sinaí podía ser aprehendido por los sentidos del cuerpo, podemos aprehender la realidad del monte Sión por medio de los sentidos del alma? Y esto no por ninguna artimaña de la imaginación, sino en un sentido real y verdadero. El alma tiene ojos que ven y oídos que oyen. Tal vez están débiles por el poco uso que les damos, pero por el toque del Espíritu Santo pueden recuperar su fuerza y ser capaces de poseer la vista más aguda y el oído más fino.

Cuando comenzamos a enfocar la mirada de Dios, las cosas del espíritu empiezan a cobrar forma en nuestra vista interior. La obediencia a la palabra de Cristo nos trae la revelación interior de la Deidad (Juan 14.21-23). Nos da una percepción espiritual más aguda, que nos permite ver a Dios tal cual él lo ha prometido a los limpios de corazón. Se apoderará de nosotros una nueva conciencia de Dios, y empezaremos a gustar y a oír y a sentir interiormente que Dios es el todo de nuestra vida. Veremos brillar constantemente la luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. Nuestras facultades internas se harán más y más perceptivas, y Dios vendrá a ser para nosotros el Gran Todo, y su presencia la gloria y la maravilla de nuestra vida.

“Oh, Dios, aviva en mí todas mis facultades espirituales, para Que pueda echar mano de las cosas eternas. Abre mis ojos, para que pueda ver; dame aguda percepción espiritual, dame la capacidad necesaria para gustar de Ti, y saber que eres bueno. Haz que el cielo sea más real para mí que ninguna cosa de la tierra, amén”.

Extracto del libro “La Búsqueda de Dios”

A. W. Tozer

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