Clásicos Cristianos – El Sacramento de la Vida 1

 

Pasaje clave: 1 Corintios 10:31.

 

Uno de los impedimentos más grandes que el cristiano encuentra en su búsqueda de paz interior, es su hábito de dividir la vida en dos áreas, la sagrada y la secular. Como estas dos áreas se conciben como para mantenerlas separadas, y ser incompatibles moral y espiritualmente, nos vemos obligados por las necesidades de la vida a entrecruzarlas continuamente. Y por eso vivimos desequilibrados y divididos en vez de hacerlo unidamente.

Nuestras dificultades comienzan, para nosotros los que seguimos a Cristo, en el hecho de que vivimos en dos mundos. Como hijos de Adán vivimos en la tierra sujetos a las limitaciones de la carne, y las enfermedades y flaquezas que son la herencia del pecado. Para vivir entre los hombres se nos exige años de arduo trabajo y atención a las cosas de este mundo. En agudo contraste con esto tenemos la vida en el Espíritu. Con ella disfrutamos otra y muy alta clase de vida. Somos hijos de Dios. Poseemos naturaleza celestial y disfrutamos de comunión íntima con Cristo.

Esto tiende a dividir nuestra vida en dos departamentos. Casi sin quererlo reconocemos dos clases de acciones. Unas las hacemos con una especie de satisfacción, y con la seguridad de que con ellas estamos agradando a Dios. Son ellas la oración, la lectura de la Biblia, el canto de himnos, la asistencia a la iglesia y muchos otros actos relacionados con la fe. Estos se pueden reconocer porque no tienen ninguna relación directa con el mundo, y no tendrían razón de ser si la fe no nos mostrara otro mundo, «una casa no hecha de manos, eterna en los cielos!’

En contraste con estos actos sagrados están los actos seculares. Ellos incluyen todos los actos ordinarios de la vida, los cuales compartimos con los hijos e hijas de Adán: comer, dormir, trabajar, y en general todos los prosaicos menesteres de la diaria existencia. Muchas veces nos sentimos contrariados al hacerlos, y hasta le pedimos disculpas a Dios por tal pérdida de tiempo y de fuerza. Como resultado de esta actitud casi siempre estamos intranquilos. Vamos a nuestras tareas cotidianas con un sentido de frustración, y nos decimos pensativamente que hay un mejor día por venir, cuando seremos librados de esta envoltura material y ya no tendremos nada que ver con los asuntos de la tierra.

Esta es la vieja antítesis sagrada-secular. La mayoría de los cristianos caen en esta trampa. No pueden hallar un ajuste adecuado entre los requerimientos de ambos mundos. Hacen equilibrios sobre la cuerda floja entre dos reinos, y no hallan paz en ninguno de los dos. Pierden las fuerzas, se hallan confundidos, y no encuentran felicidad.

Yo creo que todo este problema es absolutamente innecesario. Verdad es que estamos entre las astas de un dilema, pero ese dilema no es real. Es el resultado de una incomprensión. La antítesis sagrada-secular no tiene fundamento en el Nuevo Testamento. Sin duda ninguna, una mejor comprensión de las verdades cristianas nos librará de ese fantasma.

El Señor Jesucristo mismo es nuestro perfecto ejemplo. El nunca dividió la vida en dos partes. El vivió toda su vida, desde la cuna hasta la cruz, en la Presencia de su Padre sin esfuerzo alguno. Dios aceptó la ofrenda total de su vida, y no hizo distinción entre un acto y otro. La síntesis de la vida de Jesús podría hacerse con sus mismas palabras,»Yo hago siempre las cosas que le agradan» (Juan 8:29). Su paso entre los hombres fue siempre tranquilo y reposado. Todo lo que sufrió se debió a su decisión de llevar sobre sí la carga de pecado del mundo, nunca fue resultado de moral incertidumbre o desajuste espiritual.

La exhortación de Pablo de «haced todo para la gloria de Dios» es algo más que un piadoso idealismo. Es parte integral de la revelación sagrada y debe ser aceptada corno todo el resto de la verdad revelada. Ella nos abre la oportunidad de hacer que cada acto de nuestra vida sirva para la gloria de Dios. A fin de que no tengamos miedo de incluir todo en la declaración, el apóstol menciona específicamente el comer y el beber. Este humilde privilegio lo compartimos con las bestias que perecen. Si estos bajos y prosaicos menesteres pueden ser hechos para la gloria de Dios, ¿qué no podemos decir de los demás?

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “La Búsqueda de Dios”

Por A. W. Tozer

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