Este cántico es uno e indivisible. Parece casi imposible exponerlo en detalle, porque un poema vivo no puede ser disecado verso tras verso. Es un cántico sobre la naturaleza y la gracia. Como un relámpago cruza el espacio y su resplandor envuelve cielo y tierra en un ropaje de gloria, así la adoración del Señor en este Salmo ilumina todo el universo y hace que resplandezca con el fulgor de la alabanza. El canto empieza en los cielos y va descendiendo hasta las profundidades, para volver a ascender de nuevo, hasta que el pueblo cercano a Jehová se ha unido a su melodía. Para su exposición el requisito principal es un corazón ardiente de reverente amor al Señor de todos, al cual sea la gloria para siempre.

Salmos 148-150. Estos tres últimos Salmos son una tríada de maravillosa alabanza, que asciende de alabanza en alabanza, cada vez mas alta, hasta que se vuelve «gozo inefable y lleno de gloria», exaltación que no conoce limites. El gozo rebosa del alma y se extiende por todo el universo; cada criatura es magnetizada por él, y es añadida al coro. El cielo está lleno de alabanza, la tierra está llena de alabanza, las alabanzas se elevan desde debajo de la tierra: «todo lo que respira» se una al éxtasis. Dios está rodeado por una creación que le ama y le adora.

El último en ser creado, el hombre, pero el primero en canto, no puede contenerse. Danza, canta; da órdenes a todos los cielos con los ángeles en ellos que le ayuden; «bestias y ganado, reptiles y aves», todos deben hacer lo mismo; incluso los «dragones» no deben quedar silenciosos; y «todas las profundidades» deben aportar su contribución. Trae incluso objetos inertes a su servicio -tambores, trompetas, arpas, órganos, címbalos-, por si por algún medio, puede él dar expresión a su amor y su gozo. (John Pulsford)

Salmo en conjunto. Milton, en su Paraíso Perdido (Libro 5, línea 153), ha imitado este Salmo de modo elegante, y lo ha puesto en boca de Adán y Eva en su estado de inocencia como su himno matutino. (James Anderson)

Salmo en conjunto. Este Salmo no es ni más ni menos que una gloriosa profecía del día venidero en que no sólo se habrá extendido el conocimiento del Señor sobre toda la tierra, como las aguas cubren el mar, sino que todo ser creado en el cielo y en la tierra, animado e inanimado, desde el arcángel más elevado a través de todos los grados y fases del ser, hasta el átomo más pequeño; jóvenes y doncellas, viejos y niños, y todos los reyes y príncipes y jueces de la tierra- se unirá en su himno milenial a la alabanza del Redentor. (Barton Bouchier)

Versículo 1. Alabad a Jehová desde los cielos; alabadle en las alturas. Bernardo, en su sermón con ocasión de la muerte de su hermano Gerardo, refiere que en la última noche que pasó sobre la tierra, su hermano, con gran asombro de todos los presentes, con voz y rostro exultantes, prorrumpió en las palabras del Salmista: «¡Alabad a Jehová desde los cielos; alabadle en las alturas!»

Versículo 3. Alabadle, sol y luna; alabadle, vosotras todas, lucientes estrellas. Hay una adoración perpetua al Señor en los cielos: varía con la noche y el día, pero continúa siempre en tanto que hay sol y luna. Siempre hay una lámpara ardiendo delante del altar elevado del Señor. La luz es un canto que fulgura delante de los ojos en vez de resonar en el oído. Las estrellas sin luz no rendirán alabanza, y los cristianos sin luz le quitan al Señor su gloria. Por pequeño que sea nuestro rayo, no hemos de esconderlo; si no podemos ser un sol o una luna, hemos de procurar ser una de las «estrellas de luz», y nuestro centelleo ha de ser en honor de nuestro Señor.

¿Cómo alaba a Jehová de modo especial el sol? 1. Con su belleza, Jesús, hijo de Sirac, lo llama el «globo de la hermosura». 2. Con su plenitud. Dion lo llama la «imagen de la capacidad divina». 3. Con su exaltación. Plinio lo llama caeli rector, «el que rige el cielo». 4. Con su perfecto resplandor. Plinio añade que es «la mente y el alma de todo el universo». 5. Con su celeridad y constancia en el movimiento. Marciano lo llama «la guía de la naturaleza». (Thomas Le Blanc)

Versículo 4. Alabadle, cielos de los cielos, y las aguas que están sobre los cielos. Si subiéramos tanto sobre los cielos como los cielos están por encima de la tierra, podríamos gritar a todos los que nos rodearan: «Alabad a Jehová.» No puede haber nadie tan alto que esté por encima de alabar a Jehová.

Extracto del libro “El Tesoro de David”

Por C. H. Spurgeon

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