Versículo 6. Haya alabanzas a Dios en sus gargantas, y espadas de dos filos en sus manos. La Palabra de Dios es toda ella filo; de cualquier lado que se vuelva golpea de muerte la falsedad y la maldad. Si no alabamos, el conflicto pesara en nuestro ánimo; si no luchamos, nuestro cántico se volverá presuntuoso. El versículo indica una mezcla apropiada entre el cantor y el cruzado.

Nótese que ambos son enfáticos en el creyente: si canta, es con grandes alabanzas, y alabanzas en sus gargantas, en lo profundo de ellas, según el original; si lucha, es con la espada, y la espada de dos filos.

El Dios vivo imparte vida vigorosa a los que confían en El. No son neutrales o tibios; los hombres los oyen y los sienten. Su espíritu es quieto, pero en esta misma quietud hay una fuerza irresistible. Cuando el hombre piadoso presenta batalla a los poderes del mal, cada conflicto es una alabanza en voz alta al Dios de bondad. Incluso el tumulto de nuestra guerra santa es una parte de la música de nuestras vidas.

A los soldados de Cromwell los llamaban con soma salmistas; pero los salmistas de Dios son siempre soldados aguerridos. El que tiene un «nuevo cántico en su boca» siempre es más fuerte, tanto para sufrir como para trabajar, que el hombre de espíritu apagado y sin cánticos en el corazón. Cuando canta en su trabajo, hará más, y lo hará mejor que el que no canta. De ahí que no hemos de sorprendemos de que en toda su historia la iglesia de Dios haya avanzado «a lo largo de la línea de la música». (William Taylor)

Alabanzas a Dios. Si consideramos las más altas alabanzas de los hombres a Dios como fruto de la actividad del hombre, resultan algo pobre e insignificante; pero hemos de considerarlas como testimonios y expresión de un corazón que cree, que proclama y da a conocer la sabiduría inefable, la fidelidad, tesoros y excelencias de Dios ejercidas en sus obras; a este respecto, la Escritura declara que el corazón de Dios las desea y que está dispuesto a dar cielo, tierra, El mismo y su Hijo a los hombres, y que se considera satisfecho con tal que éstos le den alabanza con sus corazones, manos y lenguas. Por tanto, cuando su pueblo bendice su nombre, hablan a Dios en el dialecto de los ángeles: las alabanzas a Dios.

Versículo 8. Para aprisionar a sus reyes con argollas. Agripa era cautivo de Pablo. La Palabra le tenía amarrado como preso y le hizo confesar, a pesar de si mismo, ante Festo, que «por poco se sentía persuadido a hacerse cristiano». Entonces se verificó lo que había sido profetizado: «Para aprisionar a sus reyes con argollas, y a sus nobles con cadenas de hierro.» ¡Oh, qué majestad y fuerza la de la Palabra! (Henry Smith)

Se dijo de Pompeyo que le habría bastado con dar un golpe en el suelo con el pie para que toda Italia se levantara en armas a su alrededor; y los hombres poderosos del mundo pueden tener naciones, reinos y países a su mando, pero, con todo, Dios es más poderoso que todos ellos. Si El se levanta, todos ellos huirán despavoridos de su presencia; si Él pone a los príncipes en argollas, estarán tan seguros que ninguno podrá desprenderse de ellas. (Stephen Gosson)

Versículo 9. Para ejecutar en ellos el juicio decretado. Israel como nación tenía que hacer esto, y lo hizo, y entonces se regocijó en el Dios que había dado tales éxitos a sus ejércitos. Nosotros alabamos a nuestro Dios de un modo distinto; nosotros no somos los ejecutores de la justicia, sino los heraldos de la misericordia. Sería muy triste si alguno usara mal el texto; si algún creyente belicoso se inclinara a hacerlo, le recordaríamos que la ejecución no puede ir delante de la sentencia y la orden expresa; y nosotros no hemos recibido orden de ejecución contra nuestros prójimos.

Un honor será esto para todos sus santos. Muchos se convierten al contemplar el fin piadoso de la vida de los hombres buenos; como el mismo centurión, que estaba presente y era el ejecutor en la muerte por crucifixión de Cristo; después que Cristo expiró, exclamó dando testimonio de El: «Verdaderamente, éste era el Hijo de Dios.» Así, los que vilipendian, condenan, maldicen, persiguen y ejecutan a los hombres piadosos, hablan con un lenguaje distinto acerca de ellos cuando éstos han sufrido la muerte, y declaran que eran fieles y sinceros siervos de Dios. (Thomas Fuller)

 Extracto del libro “El Tesoro de David”

Por C. H. Spurgeon

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