Versículo 1. Alabad a Dios en su santuario. En esta su iglesia aquí abajo y en sus atrios arriba, deben resonar continuamente «Aleluyas». En la persona de Jesús, Dios halla un santuario o morada apropiada, y en El ha de ser alabado en gran manera.

Hemos llegado a la última cumbre de esta cordillera de los Salmos. Se eleva a gran altura en el claro azul del cielo, y sus laderas están bañadas por la luz del sol del mundo eterno de la adoración. Es un éxtasis. El poeta profeta está lleno de inspiración y de entusiasmo. No discute, no explica, no enseña, sino que prorrumpe en «¡Alabad a Dios! ¡Alabad a Dios!»

Salmo en conjunto: El Salmo anterior termina con un coro de alabanza a Dios, en el cual el poeta llama a todo el pueblo, todos los instrumentos de música sagrada, todos los elementos y todas las estrellas, para que se unan al mismo. Final sublime de esta obra de sesenta años cantada por el pastor, el héroe, el rey y el anciano.

En este Salmo final vemos el mismo entusiasmo casi inarticulado del poeta lírico; ¡las palabras se agolpan en sus labios con tal celeridad, flotando hacia arriba, a Dios, su fuente, como el humo del gran incendio del alma avivado por la borrasca! Aquí vemos a David, o mejor dicho, el corazón humano mismo con todas las notas que le ha dado Dios, aflicción, gozo, lágrimas y adoración: poesía santificada en su expresión más elevada, un vaso de perfume derramado en los peldaños del Templo y esparciendo su fragancia desde el corazón de David al corazón de toda la humanidad. (William Plumer)

Todo el Salmo: El primer Salmo y el último tienen los dos el mismo número de versículos, y los dos son cortos y memorables; pero el objetivo de los mismos es muy distinto; el primer Salmo es una instrucción elaborada respecto a nuestro deber, nos prepara para los consuelos de nuestra devoción; éste es todo éxtasis y arrobamiento, y quizá fue escrito con el propósito de ser una conclusión de estos cantos sagrados, para mostrar cuál es el designio de todos ellos, a saber, el de ayudamos a la alabanza a Dios. (Matthew Henry)

Versículo 2. Alabadle conforme a la inmensidad de su grandeza. No hay nada que sea pequeño en lo que se refiere a Dios, y no hay nada grande aparte de El. Si tuviéramos siempre cuidado en hacer nuestra alabanza apta y apropiada para nuestro gran Señor, ¡cuánto mejor cantaríamos! ¡Con cuánta más reverencia deberíamos adorar! Sus proezas excelentes requieren una alabanza excelente.

Versículo 4. Alabadle con instrumentos de cuerda y con flautas. Muchos hombres, muchas mentes, y éstas tan diferentes como las cuerdas de las flautas; pero sólo hay un Dios, y a este Dios hemos de adorar todos. Las flautas eran instrumentos de viento de varios tipos, y los piadosos pastores los usaban para engrandecer a su Dios.

Extracto del libro “El Tesoro de David”

Por C. H. Spurgeon

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