Tenemos que velar en nuestra oración para que no se vuelva vaga. Es evidente que hay muchos asuntos que deben ser arreglados, muchas personas que necesitan intercesión, el mensaje central de Dios tiene que ser re­velado, y no son pocos los problemas que esperan solu­ción; sin embargo, en el momento de orar parece que no hubiera ningún tema definido por el cual orar, y una fal­ta total de palabras para expresar nuestra oración es lo que domina. Luchamos por decir dos o tres frases, y luego dejamos de orar por completo. Ahí está envuelto claramente el ataque satánico.

Sin duda, en algunas ocasiones nuestra oración suena rutinaria por el hecho de que estamos flojos, desocupa­dos, carentes de amor, sin comprender cabalmente ni ser cuidadosos; pero en otras ocasiones nos reunimos real­mente para orar y hallamos que nuestras oraciones son débiles y pocas. Esto prueba que algo está interfiriendo, y que ese algo no es otra cosa que el plan de Satanás pa­ra obstruir nuestra oración. Si hubiéramos velado, ha­bríamos descubierto que gran parte de lo que olvidamos, de lo que no recordamos, de nuestra tendencia a demo­rarnos, no se nos puede atribuir a nosotros sino que es efecto del engaño y del hurto satánico. Tenemos que oponernos a las asechanzas de Satanás. Ya sea que ore­mos por personas o cosas, ya para saber la verdad o pa­ra resolver problemas, debemos orar concienzudamente. Tengamos en mente que una oración apresurada, una de­masiada economía de tiempo en la oración, generalmen­te es una oración negligente, que ofrece un pretexto fá­cil al enemigo. No seamos perezosos en vez de ello; por una parte, pidamos al Señor que nos capacite para recor­dar todos los motivos de oración y que nos dé las pala­bras para expresarlos; pero por otra parte, hagamos fren­te a la pereza y al postergar.

Nuestro Señor se levantó «muy de mañana siendo aún muy oscuro (…) y allí oraba». Cuando Simón y sus compañeros le dijeron: «Todos te buscan», Él respondió: «Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido» (Marcos 1:36, 38). ¡Cuán completo y concreto es esto! Nuestro Señor fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. Y cuan­do era de día, llamó a sus «discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles» (Lucas 6: 12-13). Una vez más ¡cuán concreto y completo! El após­tol Pablo recordó a los santos de Éfeso que oraran en todo tiempo en el Espíritu, velando con toda perseve­rancia «y súplica por todos los santos; y por mí, a fin de que al abrir mí boca me sea dada palabra para dar a co­nocer con denuedo el misterio del evangelio (…) que con denuedo hable de él, como debo hablar» (Efesios 6: 18, 20). Tal súplica es sumamente concreta, clara y necesa­ria.

Si tenemos conciencia de que somos un cuerpo, y estamos realmente preocupados por las almas, por los santos y por el servicio de los siervos de Dios, tendre­mos muchas personas y cosas por las cuales orar.

Y en cuanto a cada verdad y a todas ellas, también hay necesidad de mucha oración. Al escribir a los santos de Éfeso, Pablo dijo: «Por esta causa doblo mis rodillas an­te el Padre (…) para que os dé…» (Efesios 3:14-19). De esto aprendemos que la revelación de la gloriosa ver­dad que Pablo recibió, le vino por medio de la oración, y la oración es la revelación. El valor real de la luz de la verdad viene por la oración. Debemos orar para que venga la verdad a nuestra vida, y luego orar para que brote de ella. Debemos orar mucho con respecto a las verdades que hemos oído y dicho, para que no sólo las recuerde nuestra mente y estén escritas en nuestras li­bretas de apuntes, sino que igualmente se manifiesten en nosotros.

Extracto del libro “El Ministerio de Oración de la Iglesia”

Por Watchman Nee

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