Desde el punto de vista humano, las cosas hoy día están en mal estado en el mundo. Pero desde el punto de vista espiritual, las cosas están en un estado mucho peor en el mundo religioso. Es triste ver los cultos anticristianos florecer por todas partes, pero más gravoso aún es para quienes se les enseña el evangelio, descubrir que mucho del llamado «evangelio» que se predica hoy en muchas «iglesia fundamentalistas» y «salas evangélicas» no es mas que una fantasía de origen satánico. El diablo sabe que sus cautivos están bastante seguros mientras la gracia de Dios y la obra concluida de Cristo sean «fielmente» proclamadas a ellos, siempre y cuando la única manera en que los pecadores reciben las virtudes salvíficas de la expiación sea, infielmente, encubierta.

Mientras se deje fuera la inconmovible y perentoria demanda de Dios de arrepentimiento, mientras los términos de Cristo sobre discipulado (Hechos 11:26) en Lucas 14:26, 27, 33 sean retenidos y mientras la gracia salvadora se rebaje a un mero acto de la voluntad, miembros ciegos continuarán siendo guiados por predicadores ciegos sólo para que ambos caigan en el mismo hoyo.

Las cosas están mucho peor en las secciones «ortodoxas» de la cristiandad de lo que la mayoría de los propios hijos de Dios están apercibidos. Las cosas están podridas aun en su misma base, pues, salvo en muy raras excepciones, el camino de Dios para la salvación ya no se está enseñando. Miles de personas están «siempre aprendiendo» puntos en profecía, el significado del tipo, el significado de los números, como dividir «las dispensaciones», quienes no obstante, «nunca pueden llegar al pleno conocimiento de la verdad» (2 Timoteo. 3:7) de la salvación misma – no pueden porque no están dispuestos a pagar el precio (Proverbios 23:23) el cual consiste en una entrega total a Dios mismo.

Según el escritor entiende la situación actual, le parece a él que lo que hoy se necesita es forzar a una seria atención de los cristianos profesantes a preguntas tales como: ¿Cuándo es que Dios aplica al pecador las virtudes de la obra completa de Cristo? ¿Qué he sido llamado a hacer a fin de apropiarme de la eficacia de la expiación de Cristo? ¿Qué es lo que me da una entrada al bien de Su redención?

Las preguntas arriba formuladas son sólo tres formas diferentes de enmarcar el mismo cuestionamiento. Ahora bien, la respuesta popular que se recibe es: «Nada más se le requiere al pecador sólo creer en el Señor Jesucristo». En los artículos precedentes de esta serie hemos intentado mostrar que semejante respuesta es engañosa, insuficiente, errada; y esto, porque ignora todas las otras Escrituras que establecen que requiere Dios del pecador: Esta deja fuera las demandas de Dios de arrepentimiento (con todo eso que implica e incluye), y los claros y definidos términos de Cristo de discipulado en Lucas 14. El restringirnos a nosotros mismos a un solo término o tema de la Escritura o grupo de pasajes que usan este término, resulta en una concepción errada del tema.

Aquellos que limitan sus ideas de regeneración a la sola figura del nuevo nacimiento caen en un serio error en cuanto a esto. De modo que quienes limitan su pensamiento de cómo ser salvos a la sola palabra «creer» son fácilmente engañados. Un cuidado diligente necesita ser usado para recolectar todo lo que las Escrituras enseñan acerca de cualquier tema si hemos de tener una perspectiva, correctamente balanceada y exacta.

Para ser más específicos, en Romanos 10:13 leemos: «Porque: TODO AQUEL QUE INVOCARE EL NOMBRE DEL SEÑOR SERA SALVO». Ahora bien, ¿Quiere esto decir que todo el que, con sus labios, clame al Señor, que quienes en el nombre de Cristo hayan buscado a Dios para que tenga misericordia de ellos, han sido salvos? Quienes responden afirmativamente han sido engañados por el mero sonido de las palabras, como está engañado el romano cuando contiende por la presencia del cuerpo de Cristo en el pan, porque El dijo: «esto es mí cuerpo».

Y, ¿cómo demostramos que el papista está desviado? ¿Cómo, sino comparando la Escritura con la Escritura? Así también aquí. El escritor bien recuerda haber estado en un barco en una terrible tormenta. Todas las escotillas estaban aseguradas y por tres días ningún pasajero podía subir a cubierta. Los reportes de los que atendían en el barco eran inquietantes. Los hombres fuertes palidecieron. Según la brisa aumentaba y el barco navegaba peor y peor, numerosos hombres y mujeres fueron oídos clamando el nombre del Señor. ¿Los salvó el Señor? Uno o dos días después el tiempo cambió y, ¡esas mismas personas estaban bebiendo, maldiciendo y jugando a las cartas!

Extracto del libro “La Fe Salvadora”

Por A.W.Pink

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