«Sin embargo, muchos, aun de los gobernadores, creyeron en él» ¿Eran, entonces, estos hombres salvos? Muchos predicadores y evangelistas, así como diez mil de sus ciegas e incautas víctimas, contestarían; «Seguramente». Pero, por favor, notemos lo que inmediatamente sigue aquí: «pero por causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. Porque amaban más el conocimiento de los hombres que el reconocimiento de Dios». (Juan 12:42, 43). ¿Puede alguno de los lectores decir ahora que esos hombres eran salvos? Si es así, esto es una prueba clara de que usted es un total extraño a cualquier obra salvadora de Dios en su propia alma. Los hombres que tienen miedo a arriesgar por causa de Cristo, la pérdida de sus posiciones mundanas, intereses temporales, y reputaciones personales, o cualquier otra cosa que sea preciada para ellos, están aún en sus pecados – no importa qué tanto puedan haber confiado en la obra completa de Cristo para llevarlos al cielo.

Probablemente la mayoría de nuestros lectores han sido criados bajo la enseñanza de que hay solamente dos clases de personas en este mundo: creyentes e incrédulos. Pero tal clasificación es muy engañosa y totalmente errónea. La Palabra de Dios divide a los habitantes de la tierra en tres clases: «No seáis motivo de tropiezo ni a (1) judíos, ni a (2) griegos, ni a (3) la iglesia de Dios» (1º Corintios 10:32). Así era también en los tiempos del Antiguo Testamento, notándose más visiblemente desde los días de Moisés en adelante. Estaban primeramente los «gentiles» o las naciones paganas fuera de la nación de Israel quienes formaban el mayor número.

Correspondiente a esta clase de hoy, están los incontables millones de paganos modernos quienes son «amantes a los placeres más que de Dios». Le seguía la nación de Israel, la cual tiene que estar subdividida en dos grupos como declara Romanos 9:6 «no todos los descendientes de Israel son israelitas». La mayor porción de la nación de Israel era sólo el pueblo nominal de Dios en una relación extremista con él; correspondiente a esta clase está la gran masa de profesantes que cargan el nombre de Cristo. Y en tercer lugar estaba el remanente espiritual de Israel, cuyo llamado, esperanza y heredad eran celestiales; correspondientes a éstos, hoy están los cristianos verdaderos «la manada pequeña» de Dios (Lucas 12:32).

La misma división tripartita dentro de los hombres está claramente discernible a través del evangelio de Juan.

Primero estaban los endurecidos líderes de la nación, los escribas y fariseos, sacerdotes y ancianos. Desde principio a fin estuvieron abiertamente opuestos a Cristo y, ni su bendita enseñanza ni sus maravillosas obras tuvieron el efecto de ablandarlos.

Segundo, estaba la gente común quienes «Lo escucharon con gusto» (Marcos 12:37), de quienes se dice que un gran número «creyeron en él» (ver Juan 2:23; 7:31; 8:30; 10:42; 12:11), pero concerniente a éstos no existe nada que pueda mostrar que ellos eran salvos. Éstos no se oponían abiertamente a Cristo, pero nunca le entregaron sus corazones. Ellos se impresionaron con sus credenciales divinas, mas se ofendieron con gran facilidad (Juan 6:66).

Tercero, fue el puñado insignificante de «los que le recibieron» (Juan 1:12) en sus corazones y vidas; le recibieron como su Señor y Salvador.-

Las mismas tres clases de personas se pueden ver claramente hoy (para aquellos de ojos ungidos) en el mundo.

Primero, están las vastas multitudes quienes no hacen ningún tipo de profesión, quienes no ven en Cristo nada para que ellos pueden desearle; gente que está sorda a todo llamado y que hacen poco esfuerzo en disimular su aborrecimiento al Señor Jesús.

Segundo, está aquella amplia compañía de quienes son atraídos por Cristo en una forma natural. Lejos de ser claros antagonistas de él y su causa, se encuentran dentro de sus seguidores. Habiendo sido bien instruidos en la verdad, ellos «creen en Cristo», como niños criados por Mahometanos que fiel, firme y devotamente creen en Mahoma. Estos, habiendo recibido mucha instrucción concerniente a las virtudes de la preciosa sangre de Cristo, confían en sus méritos para librarlos de la ira venidera; ¡Mas no hay nada en sus vidas diarias que puedan mostrar que son nuevas criaturas en Cristo Jesús!

Y tercero, están los «pocos» (Mateo 7:13, 14) que se niegan a sí mismos, que toman su cruz cada día, y siguen a un Cristo odiado y rechazado en un camino de amor y obediencia sin reservas a Dios.

Extracto del libro “La Fe Salvadora”

Por A.W.Pink

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Psicólogo, docente, consultor familiar, conferencista y autor (Verdades Que Sanan, Desafíos Para Jóvenes y Adolescentes). Trabajé con la niñez y la formación de maestros de niños. Fui pastor de adolescentes y jóvenes por más de 10 años. En la actualidad me dedico a enseñar, escribir, dictar conferencias y dirigir www.devocionaldiario.org y www.desafiojoven.com, donde millones de personas son alentadas, edificadas y fortalecidas en su fe. Casado y padre de tres hijos.

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