«El que crea y sea bautizado será salvo; pero, el que no crea será condenado» (Marcos 16:16).

Querido lector, el continuar en incredulidad hace el infierno tan seguro como si ya estuviera usted allí. Mientras permanezca en incredulidad no tiene esperanza alguna y se encuentra «sin Dios en el mundo» (Efesios 2:12). Ahora bien, si creer es algo tan necesario y la incredulidad algo tan peligroso y fatal, nos debe concernir, profundamente, conocer qué es creer. Compete a cada uno de nosotros hacer el más diligente y completo cuestionamiento en torno a la naturaleza de la fe salvadora, más aún, porque no toda la fe en Cristo salva. Sí, no toda la fe en Cristo salva.

Existen quienes tienen una fe que se parece tanto a aquélla que es salvadora que ellos mismos creen que es ésta; y otros también pueden considerarla suficiente. Sí, aun aquellos quienes tienen el espíritu de discernimiento. Simón el Mago es un caso de esto. Acerca de él se escribió lo siguiente: «Y aun Simón mismo creyó; y después de bautizarse, continuó con Felipe, y estaba atónito al ver las señales y los grandes milagros que se hacían.» Este tenía tal fe, y así la expresó, que Felipe lo creyó cristiano y lo admitió a los privilegios de ellos. Pero, un poco después, el apóstol Pedro le dijo a Simón: «No tienes parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios… Porque veo que estas en hiel de amargura y en cadena de iniquidad.» (Hechos 8:13, 21, 23).

Un hombre puede creer toda la verdad contenida en la Escritura que él conozca, y puede estar familiarizado con ella mucho más que muchos cristianos genuinos. Puede haber estudiado la Biblia por más tiempo y así su fe poseer más que aquellos que no hayan alcanzado esto todavía. Con esta clase de fe la persona puede llegar a lo que hizo el apóstol Pablo: «Pero esto admito ante ti, que según el Camino que ellos llaman una secta, yo sirvo al Dios de nuestros padres, creyendo todo lo que es conforme a la ley que está escrito en los profetas.» (Hechos 24:14). Pero esto no es prueba de que esta fe es salvadora. Un ejemplo de lo contrario lo vemos en Agripa: «Rey Agripa, crees en los profetas? Yo sé que crees.» (Hechos 26:27).

Las personas pueden tener fe divida, no tan sólo en su poder de origen, sino también en su fundamento. El terreno de su fe puede ser el testimonio divino sobre el cual se apoyan con inmovible confianza. Ellos le pueden dar crédito a lo que creen no tan sólo porque parece razonable o cierto, sino porque están completamente persuadidos de que es la palabra de Aquel que no puede mentir. Creer en las Escrituras sobre la base de que es la palabra de Dios es una fe divina. Semejante fe tuvo la nación de Israel luego de su milagroso éxodo de Egipto y su liberación del Mar Rojo. De ellos se escribió: «El pueblo temió al Señor, y creyeron en el Señor y en Moisés, su siervo» (Éxodo 14:31), sin embargo de la mayoría de ellos se escribió que sus cuerpos cayeron en el desierto, y que él juró que no entrarían en su reposo.» (Hebreos 3:17-18).

Sin duda es importante y solemne hacer un estudio profundo en las Escrituras sobre este punto y descubrir cuando se dice de personas no salvas que tienen fe en el Señor. En Jeremías 13:11, encontramos a Dios diciendo lo siguiente: «Porque como el cinturón se adhiere a la cintura del hombre, así hice adherirse a mí a toda la casa de Israel y a toda la casa de Judá – declara el Señor».- «Adherirse» a Dios es lo mismo que «confiar» en él, ver 2 de Reyes 18:5-6. Sin embargo, de esa misma generación Dios dijo: «Este pueblo malvado, que rehúsa escuchar mis palabras que anda en la terquedad de su corazón y se ha ido tras otros dioses a servirles y a postrarse ante ellos, ha de ser como este cinturón que no sirve para nada» (Jeremías 13:10).

El término «sostén» es otra palabra que denota confianza. «Sucederá en aquel día que el remanente de Israel y los de la casa de Jacob que hayan escapado, volverán a apoyarse en el Señor, el Santo de Israel» (Isaías 10:20). «Al de firme propósito guardarás en perfecta paz, porque en ti confía» (Isaías 26:3). Y sin embargo, encontramos una clase de quien se registra lo siguiente: «Aunque lleváis el nombre de la ciudad santa, y os apoyáis en el Dios de Israel, cuyo nombre es Señor de los ejércitos» (Isaías 48:2). ¿Quién pondría en duda de que ésta no fuera una fe salvadora? ¡Ah!, pero no nos precipitemos en llegar a conclusiones demasiado rápidas: de éstas mismas personas Dios dijo: «Por cuanto sé que eres obstinado, que tendón de hierro es tu cerviz y de bronce tu frente» (Isaías 48:4).

Extracto del libro “La Fe Salvadora”

Por A.W.Pink

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