La gran mayoría de los que lean esto serán, sin duda, aquellos que profesan poseer una fe salvadora. A todos ustedes les hacemos las siguientes preguntas: ¿Dónde está su prueba? ¿Qué efecto ha producido en usted? Un árbol se conoce por su fruto, y una fuente por el agua que brota de ella, por lo tanto, la naturaleza de su fe puede ser asegurada por un cuidadoso examen de lo que ella está produciendo. Decimos un cuidadoso examen pues así como no todos los frutos son aptos para ser comidos y no todas las aguas pueden ser bebidas, así no todas las obras son el resultado de una fe que salva.

La reformación no es regeneración y una vida cambiada no siempre indica un corazón cambiado. ¿Ha sido usted cambiado de una aversión para con los mandamientos de Dios y de detestar su santidad? ¿Ha sido salvo del orgullo, la codicia y la murmuración? ¿Ha sido usted librado del amor al mundo, del miedo a los hombres, y del poder reinante de todo pecado?

El corazón del hombre caído es totalmente depravado, sus pensamientos e imaginaciones son malas continuamente (Génesis 6:5). Está lleno de efectos y deseos corruptos que ejercen e influencian al hombre en todo cuanto hace. Ahora, el evangelio choca en oposición directa a aquellas pasiones egoístas y corruptos afectos, tanto en la raíz como en el fruto (Tito 2:11, 12). No hay mayor deber que el Evangelio urge a nuestras almas que el mortificar y el destruir estos afectos y esto es indispensable si pretendemos ser hechos participantes de sus promesas (Romanos 8:13; Colosenses 3:5, 8). De hecho, la primera obra de la fe es limpiar el alma de estas contaminaciones y por lo tanto, leemos: «Pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus placeres» (Gálatas 5:24). Note bien, no es que ellos «tienen que» hacerlo, sino que ellos ya lo han hecho, en cierta medida o grado.

Una cosa es pensar que creemos algo y otra, hacerlo. Tan inconstante es el corazón humano que aun en las cosas naturales los hombres no conocen sus propios pensamientos. En los asuntos temporales se conoce lo que un hombre realmente cree por lo que practica. Suponga que yo encuentre un viajero en un camino muy estrecho y le diga que un poco más adelante está un río imposible de cruzar y que el puente para cruzarlo está podrido: Si él rehúsa devolverse, ¿no tengo el derecho a concluir que él no me ha creído?

O si un médico me dice que tengo cierta enfermedad y que en poco tiempo tendrá un desenlace fatal si no usa un remedio que él ha prescrito el cual me debe sanar con toda seguridad; ¿No estaría él justificado si infiere que yo no confié en su juicio si me ve ignorar sus instrucciones y seguir un curso contrario? De la misma manera, el creer que existe un infierno y, no obstante correr hacia él; creer que practicar el pecado ha de condenar y sin embargo vivir en él – ¿De qué propósito sirve gloriarse de semejante fe?

Ahora bien, de lo que ya hemos explicado anteriormente se desprende que cuando Dios imparte fe salvadora a un alma le siguen afectos reales y radicales. Uno no puede levantarse de entre los muertos sin haber un consecuente caminar en vida nueva. Uno no puede ser sujeto de un milagro de la gracia realizado en el corazón sin un cambio que sea notorio para todos los que nos conocen. Donde ha sido sembrada una raíz sobrenatural debe surgir fruto sobrenatural. No es que se obtiene una vida de perfección y sin pecado, ni que el principio de la maldad, la carne, ha sido erradicado, ni purificado de nuestro ser. No obstante, hay ahora un anhelo por la perfección, un espíritu que se resiste a la carne y una lucha en contra del pecado. Y aún más, hay un crecer en la gracia y un perseguir lo que está adelante en el «camino angosto» que conduce al cielo.

Un serio error, ampliamente propagado hoy en los círculos ortodoxos y que es responsable por tantas almas engañadas es doctrina que aparentemente honra a Cristo de que «su sangre, sola, salva a cualquier pecador.» ¡Ah, Satanás es muy astuto; él sabe exactamente que caña usar para cada lugar donde pesca. Son muchos los que indignamente se resentirán con el predicador que les diga que bautizarse y tomar la Cena del Señor fueron los medios señalados para salvar el alma; sin embargo, la mayoría de estas mismas personas aceptarán inmediatamente, la mentira de que es solamente por la sangre de Cristo que podemos ser salvos. Esto es así para con Dios pero no para con los hombres. La obra del Espíritu en nosotros es igualmente esencial a la obra de Cristo por nosotros. Lea cuidadosamente y pondere todo el significado de Tito 3:5.

Extracto del libro “La Fe Salvadora”

Por A.W.Pink

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