La salvación es doble: Es tanto legal como experimental y consiste en justificación y santificación. Más aun, la salvación la debo no sólo al Hijo, sino a tres personas en la Trinidad. Sin embargo, que poco se comprende esto hoy día y que poco se predica. Primero y, primariamente, le debo mi salvación a Dios el Padre quien la ordenó y planeó y quien me eligió para salvación (2 Tesalonicenses 2:13). En Tito 3:4, es el Padre quien fue señalado como «Dios nuestro salvador». Segundo y, meritoriamente, le debo mi salvación a la obediencia y al sacrificio de Dios el Hijo encarnado, quien actuó como mi fiador por todo lo que la Ley requería y satisfizo todas sus demandas por mí. Tercero y, eficazmente, le debo mi salvación a las regeneradoras, santificadoras y preservadoras operaciones del Espíritu Santo. Es la presencia de su «fruto» en mi corazón y vida lo que suministra la evidencia inmediata de mi salvación.

«Porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación» (Romanos 10:10). Por lo tanto es el corazón el cual debemos primeramente examinar para descubrir evidencias de la presencia de una fe salvadora. La Palabra de Dios habla de «purificando por la fe sus corazones». (Hechos 15:9). De antaño, el Señor dijo: «Lava de maldad tu corazón, Jerusalén, para que seas salva» (Jeremías 4:14). Un corazón que está siendo purificado por la fe (1º Pedro. 1:22), es uno que está fijo en un objeto puro. Este bebe de una fuente pura, se deleita en una Ley pura (Romanos 7:22) y espera pasar la eternidad con su salvador puro (I Juan 3:3). Aborrece todo lo que es sucio – tanto espiritualmente como moralmente – sí, aborrece la misma ropa contaminada por la carne (Judas 23).

Por el contrario, ama todo lo que es santo, hermoso y semejante a Cristo. «Los de limpio corazón verán a Dios» (Mateo 5:8). La pureza de corazón es absolutamente esencial para hacernos aptos para morar en aquel lugar donde «jamás entrará en ella nada inmundo, ni el que practica abominación» (Apocalipsis 21:27).

Quizás es necesaria una definición más amplia. Purificar el corazón por la fe consiste:

  • Primero, en la purificación del entendimiento por la iluminación de la luz Divina a fin de limpiarlo del error.
  • Segundo, la purificación de la conciencia para limpiarla de culpa.
  • Tercero, la purificación de la voluntad para limpiarla de la voluntad propia y el egoísmo.
  • Cuarto, la purificación de los afectos, para limpiarlos del amor a todo cuanto es maligno.

En la Escritura, el «corazón» incluye estas cuatro facultades. Un propósito deliberado de continuar en un pecado no armoniza con un corazón puro.

Nuevamente decimos que una fe salvadora se evidencia, siempre, por un corazón humilde. La fe abate el alma pues ella descubre su propia maldad, vaciedad e impotencia. Comprende su pasada pecaminosidad y su presente indignidad. Está consciente de sus debilidades y deseos, su carnalidad y corrupciones. Nada exalta a Cristo más que la fe, y ninguna otra cosa humilla al hombre más que la fe.

A fin de magnificar las riquezas de Su gracia, Dios ha seleccionado la fe como el instrumento más apto, y esto porque es aquello que nos hace salirnos completamente de nosotros a él. La fe nos hace ir a Cristo como mendigos con manos vacías a recibir todo de él. La fe vacía al hombre de presunción, de la confianza en sus propios recursos y de la justificación de sí mismo y lo hace parecer nada para que Cristo sea todo en todos. La más fuerte fe siempre va acompañada por la más grande humildad, considerándonos el peor de los pecadores y no merecedores del más pequeño favor (Mateo 8:8-10).

Además decimos, que una fe salvadora se encuentra siempre en un corazón tierno. «Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne» (Ezequiel 36:26). Un corazón no regenerado es duro como piedra, lleno de orgullo y presunción. Casi no se mueve con los sufrimientos de Cristo, en el sentido de que éstos no actúan como un detente en contra de la voluntad-propia del hombre y su auto-gratificación. Pero el verdadero cristiano se mueve por el amor a Cristo y dice: ¿Cómo puedo pecar contra su amor de morir por mí? Cuando es sorprendido en una falta, existe un abatimiento apasionado y un amargo entristecimiento.

¡Oh, mi querido lector!, ¿Conoce usted lo que es derretirse delante de Dios y quebrarse de corazón con angustia por pecar en contra del Salvador y agravarle? No es la ausencia de pecar sino la tristeza por esto lo que distingue al hijo de Dios de los huecos profesantes.

Otra característica de la fe salvadora es que ésta «obra por amor» (Gálatas 5:6). No es inactiva, sino energética. Aquélla fe que existe «por la operación de Dios» (Colosenses 2:12) es un poderoso principio de poder que difunde energía espiritual a todas las facultades del alma y las enlista en el servicio de Dios. La fe es un principio de vida mediante el cual el cristiano vive para Dios; un principio de movimiento mediante el cual se camina hacia el cielo a través de la carretera de la santidad; un principio de naturaleza mediante el cual él se opone a la carne, al mundo y al diablo. «La fe en el corazón de un cristiano es como la sal que fue echada en una fuente corrupta, que convirtió las aguas malas en buenas y la tierra estéril en fructífera.

Extracto del libro “La Fe Salvadora”

Por A. W. Pink

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