Es tanto así que le sigue una alteración de la conversación y la vida produciéndose fruto conforme a la misma: Un buen hombre del buen tesoro de su corazón produce buen fruto; cuyo tesoro es la fe» (John Bunyan en Conducta Cristiana). En el corazón donde la fe salvadora se encuentra sembrada crece y se esparce en todas las ramas de la obediencia y se llena con frutos de justicia. Hace que sus poseedores actúen para Dios y por lo tanto evidencien que es algo vivo y no una mera teoría muerta. Aun un infante recién nacido, aunque no puede caminar y trabajar como un adulto, respira, llora, se mueve y chupa y, por lo tanto, muestra que está vivo.

Así también en el que es nacido de nuevo; hay un respirar para con Dios, un llorar tras él, un moverse en dirección hacia él, una dependencia de él. Pero este infante no permanece bebé mucho tiempo; hay un crecimiento, aumento de fortaleza, una actividad que va en aumento. Así tampoco el cristiano permanece sin cambios: el va «de poder en poder» (Salmo 84:7).

Pero observe con cuidado que la fe no «obra» solamente, sino que «obra por amor». Es en este punto que las «obras» del cristiano se diferencian de aquellas del mero religioso. «El papista obra a fin de ganarse el cielo. El fariseo obra para ser aplaudido y visto por los hombres, a fin de lograr una buena estima a los ojos de ellos. El esclavo obra para no ser golpeado, para no ser condenado o castigado. El formalista obra para poder tapar la boca de su conciencia que lo va a estar acusando si no hace nada. El ordinario profesante obra porque es vergonzoso no hacer nada donde se profesa de algo tan grande. Pero el verdadero creyente obra porque él ama. Este no es el principal motivo, sino el único, que lo pone a trabajar. De no haber otro motivo dentro o fuera de él, aún estaría trabajando para Dios, actuando para Cristo porque él lo ama; es como fuego en sus huesos» (David Clarkson).

Una fe salvadora siempre va acompañada de un andar en obediencia. «Y en esto sabemos que hemos llegado a conocerle: si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo he llegado a conocerle, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en el» (1º Juan 2:3,4). No se equivoque en este punto: Aunque son infinitos los méritos del sacrificio de Cristo y el poder de la potencia de su intercesión sacerdotal, no obstante no dan lugar a nadie para continuar en el trillo de la desobediencia. El no reconoce como sus discípulos a nadie salvo aquellos que le honran a él como su Señor. «Demasiados profesantes se calman a sí mismos con la idea de que ellos poseen una justicia imputada, mientras son indiferentes a la obra santificadora del Espíritu.

Estos rehúsan ponerse las ropas de la obediencia, rechazan el lino fino que es la justicia de los santos. Estos así revelan su espíritu voluntarioso, su enemistad con Dios y su falta de sumisión a su hijo. Estos hombres pueden hablar lo que quieran de la justificación por la fe y la salvación por gracia, pero son unos rebeldes de corazón; no se han vestido con el traje de bodas al igual que el que se justifica por obras, aquél a quien tan vigorosamente condenan. El hecho es el siguiente: Si deseamos las bendiciones de la gracia, debemos someter nuestros corazones a las reglas de la gracia sin escoger unas sí y otras no» (C. H. Spurgeon en «El Vestido de Bodas»).

Además, la fe salvadora es preciosa; pues, como el oro, soportará las pruebas (1º Pedro 1:7). Un cristiano genuino no teme a las pruebas: él desea que su fe sea probada por Dios mismo. El clama: «Examíname, oh Señor, y pruébame, escudriña mi mente y mi corazón» (Salmo 26:2). Por lo tanto, está dispuesto a que su fe sea probada por otros, porque él no deja afuera de su vida la piedra angular de las Sagradas Escrituras. Frecuentemente, se prueba a sí mismo, pues donde hay tanto que perder él debe estar seguro. El está ansioso de conocer lo mejor así como lo peor. La predicación que más le agrada es aquella que más le hace escudriñarse y discernir o ver diferencias. Aborrece ser disipado con vanas esperanzas. El no se deja halagar con un alto concepto de su condición espiritual sin base. Cuando es retado, él cumple con el consejo del apóstol en 2º Corintios 13:5.

Aquí se diferencia el verdadero cristiano del formalista. El presuntuoso profesante está lleno de orgullo y tiene una alta opinión de sí mismo y está muy seguro de que él ha sido salvado por Cristo. Él desdeña toda prueba escudriñadora y considera el auto-examen como algo altamente injurioso y destructor de la fe. La predicación que más le agrada es aquella que se mantiene a una distancia respetable, que no se acerca a su conciencia, que no le escudriña su corazón. El predicarle de la obra completa de Cristo y la seguridad eterna de todos los que creen en él lo fortalece en su falsa paz y le alimenta su carnal confianza. Si un verdadero siervo de Dios trata de convencerlo de que su esperanza es una ilusión y su confianza una presunción, él lo consideraría como un enemigo, como Satanás que busca llenarlo de dudas. Hay más esperanza para la salvación de un asesino que para aquel que no deje su fantasía o ilusión.

Extracto del libro “La Fe Salvadora”

Por A.W.Pink

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