DAR SIN ESPERAR NADA A CAMBIO

El que da es superior al que recibe. Es mejor dar porque el que da es mayor que el que recibe, porque es el que tiene y el que tiene siempre es superior. Jesús le lavó los pies a los discípulos y les dijo: «Háganlo entre ustedes», y ellos nunca lo hicieron, porque el que sirve es el que da y es superior.

«En nuestro sistema el que recibe es el superior porque es el que tiene, pero en el mundo espiritual el que da es superior. El dar me libera de la avaricia. Al que da, no se le pudre, pero al que retiene si. Todo el universo funciona en base a dar: el sol sale y da su luz. Todo lo que retenés se pudre. ¿Cuántas veces te guar­daste un «te quiero», «te amo», «gracias»? Lo guardaste y se pudrió. Recibiste una palabra que te bendijo, una palabra «rhema» que es una semilla, y no la sembraste a nadie, se te pudrió.

Si Dios nos da cosas nuevas es porque sembramos constantemente. El Señor me dijo hace diez años: «Todo lo que yo te dé, lo darás, porque si no lo das se te va a pudrir». Sembrá en tus hijos, en tu esposa un abrazo, una palabra, una caricia; sembrá donde vayas.

El dar me desata de las cosas. Cuando aprendés a sembrar también aprendés a desatarte. El pobre es mejor sembrador, porque, como es pobre, dice: «¿Para qué me voy a atar?» Pero cuando empieza a recibir cosecha, no te presta nada.

Recibir es del alma, dar es del espíritu. Cuando alguien te da algo te sorprendés, te ponés contento, porque recibir es del alma, es emocionante. Dar es del espíritu, cuando das tenés una emoción en el corazón que es indes­criptible.

En la parábola del hijo pródigo (dos hijos perdidos): El hijo menor le dice: «Papá, no voy a esperar que te mueras, dame la cosecha». Cosecha sin papá siempre se desperdicia. Fue, malgastó todo y un día pensó: «En la casa de papá mucho trabajo hay, voy a esperar que me haga como uno de sus jornaleros».

El papá lo estaba esperando, lo abrazó, lo besó: «Enciendan la música, vamos a danzar». Le puso un anillo, vestido, calzado. El hermano mayor estaba trabajando, escuchó la música, se le acercó al criado para preguntarle qué pasaba (era el dueño de todo y no fue capaz de acercarse a la casa para ver qué ocurría). Y no quiso entrar, salió el padre a llamarlo y pedirle por fa­vor que entrara, el hijo le reprochó: «Nunca mataste un cabrito pero…» El padre lo miró y le dijo: «Hijo, todo lo mío es tuyo».

Los dos estaban perdidos: uno fuera de la casa y otro dentro; pero a los dos el papá los amó, a los dos invitó a la fiesta: a uno lo invitó a la fiesta porque venía de afuera y al otro porque estaba adentro. El papá hizo la fiesta, les dio todo lo que tenía a los dos, ese es Dios. Recordá que Dios nos ama y que tiene una gran cosecha para nosotros. No importa la cosecha que perdiste, hay una más grande que nos dará cuando vayamos a verlo.

Existen dos tipos de fiesta: una la que organiza Dios cuando conoces a Cristo o cuando estás apartado y volvés a la casa de papá. Dios dice: «A bailar». Y hace una fiesta impresionante, sin alcohol, ni excesos, porque son las fiestas más grandes del cielo. El hijo más grande le dijo: «Nunca me hiciste una fiesta». Y el papá le contestó: «Yo no tendría que hacerlo, vos la tendrías que haber hecho». Porque hay una fiesta que Dios pone cuando venís de una prueba, pero hay una fiesta que tenés que hacer vos cuando estás bendecido, y entonces ponés la música e invitás a Dios. ¡Siempre hay fiesta!

Para que la cosecha no te aplaste tenés que ser más grande que cualquier cosecha. Hay gente a la que Dios le da un coche y, en vez de venir a la iglesia, ahora se va a pasear; Dios les da dinero y se olvidan del Señor, porque la cosecha fue más grande que ellos. Jesús dijo: «Podría llamar a doce legiones de ángeles y los mato a todos, pero Yo soy más grande que el poder que tengo».

Eso es grandeza, eso es humildad. Dinero no te cambia, Dios te hizo grande. «Engrandeceré tu nombre y serás bendición». Sos más grande que tu cosecha, las cosas no te retienen, vos usás las cosas bajo tus pies. El hijo vino porque dijo: «En la casa de papá…»

Sembrá buenos recuerdos a tus hijos, para que cuando estén en el «chiquero» un recuerdo lindo venga a su espíritu y los traiga a la casa de papá. Papá siempre estará con los brazos abiertos. Para ser un sembrador y cosechador tenés que saber bien quién es papá: que es maravilloso, es bueno.

Era un hombre tan tacaño, pero tan tacaño, que ladraba por las noches para no comprarse un perro, y además vendió su reloj para no dar la hora…

Extracto del libro “Mentalidad de Avivamiento”

Por Bernardo Stamateas

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Psicólogo, docente, consultor familiar, conferencista y autor (Verdades Que Sanan, Desafíos Para Jóvenes y Adolescentes). Trabajé con la niñez y la formación de maestros de niños. Fui pastor de adolescentes y jóvenes por más de 10 años. En la actualidad me dedico a enseñar, escribir, dictar conferencias y dirigir www.devocionaldiario.org y www.desafiojoven.com, donde millones de personas son alentadas, edificadas y fortalecidas en su fe. Casado y padre de tres hijos.

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