Devocionales Cristianos – Jesús, Amado Como Feliz Co-creador

 

Aunque las cualidades de humildad y mansedumbre se manifestaron recién en la encarnación, no obstante ya eran parte del carácter del Hijo desde la eternidad. Él no pasó por una conversión antes de someterse a la voluntad del Padre para morir por los pecadores. Por esta razón, el amor que el Padre tiene por el Hijo existía aun antes de la creación. «Padre,… me amaste desde antes de la creación del mundo» (Juan 17.24). Nunca hubo un tiempo en el que el Padre estuviera privado del placer de deleitarse en la gloria de su Hijo.

Asimismo Dios amó a su Hijo durante el mismo acto de la creación del universo. Allí disfrutaba del Hijo como su propia Palabra de Sabiduría y Poder creador. «En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba con Dios en el principio. Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir» (Juan 1.1-3).

El Hijo era la Sabiduría de Dios, creando juntamente con Dios todo lo que no es Dios. Y, como dice Proverbios: «El hijo sabio es la alegría de su padre» (Proverbios 10.1; 15.20). Dios se alegraba en la sabiduría de su Hijo creativo.

En realidad, el libro de Proverbios es aún más específico en lo que concierne a la Sabiduría de Dios. Proverbios 8 personifica la Sabiduría como un maestro de obra que se encuentra presente en el comienzo de la creación deleitando el corazón de Dios. «Cuando Dios cimentó la bóveda celeste y trazó el horizonte sobre las aguas, allí estaba yo (la Sabiduría) presente… allí estaba yo, afirmando su obra. Día tras día me llenaba yo de alegría, siempre disfrutaba de estar en su presencia» (Proverbios 8.27, 30). El Hijo de Dios era el deleite del Padre cuando se regocijaba junto con el Padre en la obra magnífica de crear un millón de mundos.

Me pregunto si la camaradería creativa que se daba entre el Padre y el Hijo tuvo alguna ligera similitud cuando José y Jesús trabajaban juntos en la carpintería de Nazaret. Me imagino a Jesús, con unos 15 años, tarareando mientras trabaja. Corta el tablón con golpes magistrales; talla tres pequeños encastres en los lugares establecidos, que luego encajan de manera perfecta con las tablas que se utilizan para unir y de ese modo construir un banco firme. Jesús sonríe mientras golpea la madera con placer. Durante todo ese tiempo José ha estado parado en la puerta, observando las manos de su hijo. Ve reflejada la imagen de su propio esfuerzo y de su vida.

La habilidad del hijo es una evidencia de la habilidad del padre. El gozo del padre se apoya en el canturreo de su hijo. Y cuando juntos se esfuerzan para levantar una mesa para la sinagoga que ya está terminada, sus miradas se cruzan con un deleite que expresa: «Eres un tesoro para mí y te amo con todo mi corazón».

Tengo cuatro hijos. Aunque no he visto a ninguno de ellos predicar, los he visto obtener buenas calificaciones en la escuela, escribir cartas a equipos deportivos universitarios, memorizar largas porciones de la Escritura y matar dragones con espadas de plástico.

Al ver sus habilidades, pienso en las horas que hemos pasado juntos jugando y orando y pensando y peleando (¡con los dragones!) a través de los años. Y mi corazón se llena de una sensación de asombro al percibir que estoy creando cosas a través de mis hijos. Cuando ellos se regocijan en eso y cuando me sonríen desde los laterales o desde el centro del auditorio, para mí son un deleite tan grande como nada más puede serlo.

Quizás podamos apreciar en esto un débil eco del grito de alegría con que el Padre se regocijó en su Hijo cuando juntos crearon el universo de la nada. Imaginemos las miradas que cruzaron cuando un millón de galaxias aparecieron ante la orden dada por ellos.

Extracto del libro “Los Deleites de Dios”

Por John Piper

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