Devocionales Cristianos – Jesús, la Complacencia del Padre

 

Una vez más el Padre habla con ternura y se deleita en su Hijo.

Durante el bautismo de Jesús, el Espíritu Santo desciende en forma de paloma al tiempo que el Padre desde los cielos dice: «Éste es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él» (Mateo 3.16-17).

Aquí la imagen es muy distinta. No es un sol que arde con un brillo intolerable, sino una suave, tranquila, vulnerable paloma; el animal que la gente pobre ofrecía en el templo. El deleite de Dios en el Hijo no sólo proviene del brillo de su majestad sino también de la hermosura de su mansedumbre, El Padre se complace tanto en la supremacía como en la servidumbre del Hijo. «El Padre ama al Hijo, y ha puesto todo en sus manos» (Juan 3.35). «Este es mi siervo, a quien sostengo, mi escogido, en quien me deleito» (Isaías 42.1).

Mateo cita una porción del Antiguo Testamento como testimonio del gozo del Padre y lo relaciona con el ungimiento del Espíritu Santo y la mansedumbre de Jesús durante su ministerio.

«He aquí mi siervo, a quien he escogido; Mi amado, en quien se agrada mi alma; Pondré mi Espíritu sobre él, Ya los gentiles anunciará juicio. No contenderá, ni voceará; Ni nadie oirá en las calles su voz. La caña cascada no quebrará y el pabilo que humea no apagará» (Mt 12:18-20).

El alma del Padre se regocija ante la mansedumbre de siervo y la compasión de su Hijo. Cuando una caña se doble y esté por quebrarse, con ternura el Siervo la mantendrá derecha hasta que sane.

Cuando un pabilo comience a humear y apenas le quede fuego, el Siervo no lo apagará sino que ahuecará sus manos y soplará con cuidado hasta que se encienda de nuevo. Por eso el Padre exclama: «¡Aquí está mi siervo en quien estoy muy complacido!».

El valor y la belleza del Hijo provienen no sólo de su majestad y de su mansedumbre, sino de la manera en que éstas se combinan en proporciones perfectas. Cuando el ángel clamó en Apocalipsis 5.2: «¿Quién es digno de romper los sellos y de abrir el rollo?» la respuesta fue: «¡Deja de llorar, que ya el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, ha vencido! El sí puede abrir el rollo y sus siete sellos» (5.5).

Dios ama el vigor del León de Judá. Y esta es la razón por la que ante los ojos de Dios él es digno de abrir los rollos de la historia y de revelar lo que sucederá en los últimos días. Aun así, la escena no está completa. ¿Cómo hizo el León para conquistar?

El versículo que sigue describe su apariencia: «Entonces vi, en medio de los cuatro seres vivientes y del trono y los ancianos, a un Cordero que estaba de pie y parecía haber sido sacrificado». Jesús es digno de que el Padre sienta complacencia en él no sólo como el León de Judá sino también como el Cordero inmolado.

Entre los años 1734-1735 uno de los sermones de Jonathan Edwards que Dios utilizó para iniciar el gran avivamiento en Nueva Inglaterra se titulaba «La excelencia de Cristo». Allí Edwards develaba la gloria del Hijo de Dios al describirla como «la asombrosa conjunción de las diversas excelencias de Cristo».

El texto en el que se basa es Apocalipsis 5.5-6, y revela la unión de las «diversas excelencias» pertenecientes al León-Cordero. Él expone cómo la gloria de Cristo consiste en la combinación de atributos que se dan en él y que parecerían totalmente incompatibles en una persona.

En Jesucristo, dice, se encuentran la excelencia infinita y la infinita condescendencia; la justicia infinita y la infinita gracia; la gloria infinita y la mayor humildad; la majestad infinita y la trascendente mansedumbre; la más profunda reverencia hacia Dios y la igualdad con Dios; el merecimiento de todo bien y el mayor grado de paciencia para soportar el mal; un gran espíritu de obediencia y el dominio supremo sobre cielos y tierra; la soberanía absoluta y la resignación perfecta; autosuficiencia y una entera confianza y dependencia de Dios.

Extracto del libro “Los Deleites de Dios”

Por John Piper

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