Devocionales Cristianos – Cuando se le Acaben las Opciones 2

 

Continuemos.

Por eso digo que el inválido es usted y yo. Nosotros, al igual que él, estamos paralizados. Como él nos encontramos atrapados. De manera semejante nos hayamos inmovilizados; no tenemos solución para nuestro padecimiento.

Él nos representa a usted y a mí recostados sobre el suelo. Allí estamos nosotros heridos y cansados. En lo que a sanar nuestra condición espiritual se refiere, no tenemos oportunidad. Daría igual que se nos dijese que saltáramos sobre la luna con garrocha. No contamos en nuestro interior con lo que se necesita para ser sanado. Nuestra única esperanza es que Dios haga por nosotros lo que hizo por el hombre en Betesda: Que salga del templo y entre en nuestro pabellón de dolor y desamparo.

Lo que exactamente ha hecho. Lea lenta y cuidadosamente la descripción que hace Pablo de lo que Dios ha hecho por usted en Colosenses 2.13–15.

Al observar las palabras arriba mencionadas, conteste a esta pregunta. ¿Quién está haciendo la obra? ¿Usted o Dios? ¿Quién es el activo? ¿Usted o Dios? ¿Quién es el que está salvando? ¿Usted o Dios? ¿Quién es el que tiene la fuerza? ¿Y quién es el que está paralizado?

Aislemos algunas frases y veamos. Primeramente, observe su condición. «Estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne».

El inválido está mejor que nosotros. Al menos estaba con vida. Pablo dice que si usted y yo estamos fuera de Cristo, entonces estamos muertos. Espiritualmente muertos. Cuerpos. Sin vida. Cadáveres. Muertos. ¿Qué cosa puede hacer un muerto? No mucho.

Pero observe lo que puede hacer Dios con los muertos.

  • «Dios le dio vida».
  • «Dios perdonó».
  • «Anuló el acta de los decretos que había en contra de nosotros».
  • «Quitó esa acta de en medio».
  • «Despojó a los principados y potestades espirituales».
  • «Triunfó».
  • «Lo exhibió al mundo».

Nuevamente la pregunta. «¿Quién es el activo? ¿Usted y yo o Dios? ¿Quién está atrapado y quién viene al rescate?

Dios ha lanzado chalecos salvavidas a todas las generaciones.

Ángeles golpean a la puerta de Lot: Génesis 19.

El torbellino habla al dolor de Job: Job 38–42.

El Jordán limpia el tormento de Naamán: 2 Reyes 5.

Aparece un ángel en la celda de Pedro: Hechos 12.

Los esfuerzos de Dios son más grandes cuando los nuestros son inútiles.

Vuelva a Betesda por un momento. Quiero que observe el diálogo breve y revelador entre el paralítico y el Salvador. Antes de que Jesús lo sane, le formula una pregunta: «¿Quieres ser sano?»

«Señor, no tengo a nadie que me meta en el estanque cuando el agua es agitada; y mientras yo llego, otro baja antes que yo» (v. 7).

¿El hombre se está quejando? ¿Siente autocompasión? ¿O es que simplemente declara los hechos? Quién sabe. Pero antes de que dediquemos mucho tiempo a estos pensamientos, observe lo que sucede a continuación.

«Levántate, toma tu camilla y anda».

«Y al instante el hombre quedó sano, y tomó su camilla y echó a andar».

Ojalá pudiésemos hacer eso; desearía que tomásemos en serio a Jesús. Desearía que, al igual que en los cielos, aprendiésemos que lo que Él dice, eso ocurre. ¿Qué cosa es esta extraña parálisis que nos confina? ¿Qué es esta obstinada falta de voluntad de recibir la sanidad? Cuando Jesús nos diga que nos levantemos, hagámoslo.

Cuando diga que hemos sido perdonados, descarguémonos de la culpa.

Cuando diga que valemos, creámosle.

Cuando diga que somos eternos, enterremos nuestro temor.

Cuando diga que ha provisto para nosotros, dejemos de preocuparnos.

Cuando diga: «Levántate», hagámoslo.

¿Esta historia es la suya? Puede ser. Todos los elementos son los mismos. Un gentil desconocido ha entrado en su doliente mundo y le ha ofrecido una mano.

Ahora le toca a usted aceptarla.

Extracto del libro “Todavía Remueve Piedras”

Por Max Lucado

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