Continuemos.

Tres años antes, Juan había dado las espaldas a su carrera y apostado todo al carpintero de Nazaret. Al principio de la semana, había disfrutado de un imponente desfile cuando Jesús y los discípulos entraron a Jerusalén. ¡Pero cuán rápido había cambiado todo! La gente que el domingo lo había llamado rey, el viernes pedía su muerte y la de sus seguidores. Estos lienzos eran un recordatorio tangible que su amigo y su futuro estaban envueltos en tela y sellados detrás de una roca.

Ese viernes, Juan no sabía lo que tú y yo sabemos ahora. Él no sabía que la tragedia del viernes sería el triunfo del domingo. Posteriormente, Juan habría de confesar que él «no había logrado entender de las Escrituras que Jesús debía resucitar de entre los muertos» (Juan 20.9).

Por eso es que lo que hizo el sábado es tan importante. No sabemos nada sobre ese día, no tenemos un versículo para leer ni conocimiento alguno para compartir. Todo lo que sabemos es esto: Cuando llegó el domingo, Juan todavía estaba presente. Cuando María Magdalena vino buscándole, lo encontró a él.

Jesús estaba muerto. El cuerpo del Maestro estaba sin vida. El amigo y el futuro de Juan estaban sepultados. Pero Juan no se había ido. ¿Por qué? ¿Estaba esperando la resurrección? No. Hasta donde sabía, aquellos labios se habían silenciado para siempre, y aquellas manos se habían quedado quietas para siempre. Juan no esperaba que el domingo hubiera una sorpresa. Entonces, ¿por qué estaba allí?

Seguramente pensaste que él se había ido. ¿Quién iba a decir que los hombres que crucificaron a Jesús no vendrían por él? La muchedumbre estaba feliz viendo la crucifixión; los líderes religiosos habrían querido más. ¿Por qué Juan no salió de la ciudad?

Quizás la respuesta sea pragmática; quizás estaba cuidando a la madre de Jesús. O quizás no tenía adónde ir. Es posible que no haya tenido ni dinero, ni ánimo ni un lugar… o todo eso junto. O a lo mejor se quedó porque amaba a Jesús.

Para otros, Jesús era un hacedor de milagros. Para otros, Jesús era un maestro de la enseñanza. Para otros, Jesús fue la esperanza de Israel. Pero para Juan, él fue todo esto y más. Para Juan, Jesús era un amigo.

A los amigos no se los abandona, ni siquiera cuando hayan muerto. Por eso Juan permaneció cerca de Jesús. Él acostumbraba estar cerca de Jesús. Estuvo cerca de él en el aposento alto. En el Jardín de Getsemaní. A los pies de la cruz en la crucifixión y en el entierro se mantuvo cerca de la tumba.

  • ¿Entendió él a Jesús? No.
  • ¿Le agradó lo que Jesús hizo? No.
  • ¿Pero abandonó a Jesús? No.

¿Y tú? ¿Qué haces tú cuando estás en la posición de Juan? ¿Cómo reaccionas cuando en tu vida es sábado? ¿Qué haces cuando estás en algún punto entre la tragedia de ayer y la victoria de mañana? ¿Te apartas de Dios, o te quedas cerca de Él?

Juan decidió quedarse. Y porque se quedó el sábado, estaba allí el domingo para ver el milagro. María dijo: «Han sacado al Señor de la tumba y no sabemos dónde lo han puesto».

Entonces Pedro y el otro seguidor salieron hacia la tumba. Ambos iban corriendo, pero el otro seguidor corría más rápido que Pedro por lo cual llegó a la tumba primero. Se inclinó y miró adentro y vio los lienzos solos, pero no entró. En seguida llegó Simón Pedro y entró en la tumba y vio los lienzos. También vio el sudario que habían puesto en la cabeza de Jesús, el cual estaba doblado y se encontraba en un lugar diferente a aquel donde estaban los lienzos. Entonces el otro seguidor, el que había llegado a la tumba primero, también entró. Y vio y creyó (Juan 20.2–8).

Muy temprano el domingo por la mañana, Pedro y Juan recibieron la noticia: «¡El cuerpo de Jesús ha desaparecido!» Había apremio en el anuncio de María y en su opinión. Creía que los enemigos de Jesús se habían llevado el cuerpo. De inmediato, los dos discípulos corrieron al sepulcro, adelantándose Juan a Pedro, por lo cual llegó primero. Lo que vio fue tan impresionante que se quedó como petrificado a la entrada de la tumba.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Él Escogió Los Clavos”

Por Max Lucado

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