Devocional Navideño – El Hijo de Dios Entró al Mundo

 

Nació de la Virgen María

La Biblia dice que el Hijo de Dios entró y dejó este mundo mediante dos actos respectivamente de poder sobrenatural. Su salida fue mediante la resu­rrección más la ascensión, y su entrada, mediante el nacimiento virginal: ambos cumpliendo profecías del Antiguo Testamento (Isaías 7:14 y 53:10-12).

Los milagros de la entrada y de la salida llevan el mismo mensaje.

Primero, confirman que Jesús, aunque no menos que hombre, era más que hombre. Su vida terrena, aunque del todo humana, era tam­bién divina. Él, el co-Creador, estaba en este mundo -su propio mundo- como un visitante; vino de Dios y regresó a Dios.

Los padres apelaron al nacimiento virginal como prueba, no de que Jesús era verdaderamente divino como distinto de ser meramente humano, sino de que era verdaderamente humano como algo distinto de parecer meramente humano, como podrían haber hecho los espectros o los ángeles, y fue probable­mente como testimonio contra el docetismo (como se llamaba este punto de vista) que el nacimiento virginal fue incluido en el Credo. Pero, da testimonio contra el humanitarismo (doctrina que dice que Je­sús era un hombre superior) con igual fuerza.

En segundo lugar, estos dos milagros indican que Jesús estaba libre de pecado. Su nacimiento virginal indica que no heredó este sello de culpa llamado pecado original: su calidad de hombre no estaba manchada, y sus actos, actitudes, motivos y deseos eran por consiguiente inmaculados. El Nuevo Testa­mento subraya la ausencia de pecado en El (Juan 8:29, 46; Romanos 5:18, 2º Corintios 5:21; Hebreos 4:15; 7:26; 1º Pedro 22: 22-24; etc.). Siendo sin pecado, no podía ser retenido por la muerte una vez consumado su sacrificio.

Dos Historias

El Nuevo Testamento nos da dos relatos del naci­miento virginal que se complementan, evidentemente independientes, y con todo, en armonía sorprenden­te: la historia de José en Mateo 1 y la de María en Lucas 1 y 2. Ambas muestran señales de ser historia sensata, sin adornos. Los historiadores antiguos eran más que nada artistas y moralistas, y no se preocu­paban mucho de las fuentes, pero Lucas deja clara la idea de que María le había contado la historia de primera mano.

Mateo y Lucas dan dos genealogías de Jesús (Ma­teo 1:2-17; Lucas 3:23-38), lo que ha sorprendido a muchos, pero hay por lo menos dos maneras directas de armonizarlas. O bien la genealogía de Lucas da el linaje de María, pero empieza con José como padre putativo de Jesús (vs.23), porque ésta era la práctica regular: declarar la ascendencia a través de los varones; o bien Lucas sigue los antecesores biológicos de José como distintos de la línea real de sucesión, que Mateo parece seguir totalmente.

El Escepticismo.

Durante el último siglo y medio, el escepticismo sobre el nacimiento virginal de Jesús y sobre su resurrección física se ha hecho bastante extendido. Empezó como parte de la búsqueda racionalista de un cristianismo sin milagros, y aunque esta búsqueda no está ahora de moda (algo que no es de lamentar) el escepticismo todavía colea, aferrado a la mente de los cristianos, como el hedor del tabaco cuando se han limpiado los ceniceros de la habitación. Es, sin duda posible (aunque no fácil o natural), el creer en la encarnación del Hijo eterno, preexistente, aun­que no se crea en los milagros de la entrada y la salida; se han conocido mayores inconsecuencias; pero es mucho más lógico, en realidad es el único curso razonable, pensar que, como por otras causas reconocemos a Jesús como el Verbo hecho carne, estos dos milagros, como elementos del mayor mila­gro de la vida encarnada del Hijo, no es origen de dificultades especiales.

Sin duda, si negamos el nacimiento virginal por­que sería un milagro, deberíamos lógicamente negar la resurrección corporal de Jesús también. Estos mi­lagros van unidos, y no es razonable aceptar el uno y negar el otro.

María fue virgen hasta después del nacimiento de Jesús, pero las ideas posteriores de su perpetua virginidad son meramente fantasías. Los Evangelios nos muestran que Jesús tenía hermanos y hermanas (Marcos 3:31, 6:3).

La iglesia catolicarromana, sin embargo, ha fomentado un desarrollo impropio de la Mariología (la doctrina de María) entre los teólogos y de la Mariolatría (el culto a María) entre los fieles.

Pero, la María real, la María de la Escritura, se veía a sí misma simplemente como un pecador sal­vado. «Mi espíritu se alegró en Dios mi Salvador» (Lucas 1:47). María nos da un maravilloso ejemplo, no ya del privilegio (¡y también del precio!) de cooperar en el plan de Dios de bendecir al mundo (Lucas 1:38-2:35), sino también de la respuesta humilde a la gracia de Dios. Los padres son lentos en hacer caso de sus hijos, pero María y su familia, después de su falta de fe inicial (Mateo 13:57; Marcos 3:20, 31-35; Juan 7:3-5) puso fe en su hijo (He­chos 1:14).

¿Hemos aprendido a seguir su ejemplo?

Extracto del libro “Dios Yo Quiero Ser Cristiano”

Por J.I.Packer

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