Un reino y una democracia son dos mundos completamente diferentes. Esa es la razón por la que es difícil para los creyentes que nacieron bajo una democracia vivir una vida fuerte en el Reino. Queremos debatir los temas o interponer nuestros propios pensamientos u opiniones. Tratamos de al­canzar el consenso o comprometemos algunas cosas con tal de mantener a todos felices, en vez de simplemente reconocer que la palabra del Rey es ley. Si Dios dice que el adulterio es pecado, esa es la palabra del Rey, y su palabra es ley. El tema no está abierto a debate. Podemos discutir sobre las palabras de Dios y sus decretos hasta que nos quedemos azules, pero su Palabra se­guirá siendo ley. No importa qué filosofía humanística se predique desde los púlpitos de las escuelas y las cortes, la ley de Dios es absoluta.

En una democracia, los ciudadanos pueden reunirse a protestar por las políticas de gobierno y formar comités y grupos para ejercer presión política en los cuerpos legislativos y cambiar las leyes. Eso no sucede en un reino. La Palabra de Dios es absoluta en su Reino, y ella es la «constitución» del Reino de Dios. El Rey ha decretado que el adulterio es un pecado. Esto está escrito en la «constitución», en el Artículo Éxodo, Punto 20, Subpunto 14: «No cometas adulterio», y el Artículo Levítico, Punto 18, Subpunto 20 dice: «No tendrás trato sexual con la mujer de tu prójimo, para que no te hagas im­puro por causa de ella». Estos decretos, y otros al igual que ellos, son más fuertes que la piedra, porque ellos son las palabras del Rey. Su Palabra es ley y nunca cambiará.

Si decimos que estamos viviendo la vida del Reino, no podemos estar constantemente formando nuestros grupitos para presentar nuestra propia opinión o para desafiar la Palabra del Rey. Como ley, su Palabra no es nego­ciable y es inmutable. Nos metemos en problemas cada vez que tratamos de aplicar nuestra mentalidad democrática en la vida del Reino.

UNA LECCIÓN DE UN HOMBRE LLAMADO JOB

Haríamos bien en aprender la lección de Job. Siendo un hombre grande­mente bendecido por Dios en familia y riquezas, Job perdió todo lo que tenía luego de que Dios le permitiera a Satanás probar su fe. A través de mucho dolor y sufrimiento, incluido el consejo inútil de sus amigos bien intencionados, Job deseaba debatir con Dios porque creía que estaba siendo tratado injustamente.

Allí fue cuando Dios intervino para recordarle a Job su lugar y la naturaleza de su relación: «El Señor le respondió a Job desde la tempestad. Le dijo: ¿Quién es éste, que oscurece mi consejo con palabras carentes de sentido? Prepárate a hacerme frente; yo te cuestionaré, y tú me responderás. ¿Dónde estabas cuando puse las bases de la tierra? ¡Dímelo, si de veras sabes tanto! ¡Se­guramente sabes quién estableció sus dimensiones y quién tendió sobre ella la cinta de medir! ¿Sobre qué están puestos sus cimientos, o quién puso su piedra angular mientras cantaban a coro las estrellas matutinas y todos los ángeles gritaban de alegría?» (Job 38:1-7)

Aquí comienza un aluvión de preguntas que Dios le hace a Job, que abar­can cuatro capítulos y lo dejan a él (y a nosotros también) sin duda alguna de Quién es el que manda. Para el tiempo en que todo se hubo acabado, Job había cambiado su forma de pensar. Él obtuvo una actitud completamente nueva y una mirada mucho más humilde: «Job respondió entonces al Señor Le dijo: «Yo sé bien que tú lo puedes todo, que no es posible frustrar ninguno de tus planes. ¿Quién es éste, has preguntado, que sin conocimiento oscurece mi consejo? Reconozco que he hablado de cosas que no alcanzo a comprender, de cosas demasiado ma­ravillosas que me son desconocidas. Ahora escúchame, que voy a hablar, dijiste; yo te cuestionaré, y tú me responderás. De oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos. Por tanto, me retracto de lo que he dicho, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 42:1-6).

Job se arrepintió. Tuvo un cambio de mentalidad que cambió todo lo de­más. Comenzó a ver su propia vida desde la perspectiva del Reino. Nosotros necesitamos arribar al mismo lugar y darnos cuenta de que no podemos hacernos los tontos con Dios. Él es el Rey, no el presidente. No lo votamos y no podemos destituirlo. Necesitamos dejar nuestra mentalidad democrática y comenzar a pensar como ciudadanos del Reino.

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

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