Después de todo, Jesús no dijo: Arrepiéntanse porque el Reino de los cielos viene algún día. Él dijo: «Arrepiéntanse porque el Reino de los cielos está cerca”. Sus discípulos pensaron que el Reino era solo para el futuro, pero Jesús les dijo: «No, porque yo estoy con ustedes, el Reino de los cielos está con ustedes. Cuando el Espíritu Santo venga a morar en ustedes, el Reino estará dentro de ustedes también».

Esencialmente, el Reino de los cielos no se refiere a un territorio físico. Es una jurisdicción sobre la cual la influencia de Dios tiene plena autori­dad. Es el «punto de inflexión» donde el Reino de Dios impacta lo físico, el medioambiente terrenal. En otras palabras, el Reino de los cielos está en mí. Porque el Reino está en mí, la casa que poseo y ocupo es propiedad del Señor de los ejércitos. Como creyentes, tenemos el Reino de los cielos en nosotros. Así que dondequiera que vayamos, y a dondequiera que nuestra influencia se extienda, traemos el Reino de los cielos a ese lugar.

EL PODER DE UN EMBAJADOR

Un ejemplo paralelo a esta autoridad de dominio es ilustrado mejor en las funciones de los embajadores y las embajadas. Los embajadores son diplomáticos que llevan a cabo la diplomacia para el gobierno que represen­tan. Como embajadores de Cristo, representemos el gobierno del Reino de Dios. Somos diplomáticos de su Reino en este mundo. Aprender a vernos como embajadores cambiará el modo en que pensamos y vivimos.

Cuando dos naciones establecen relaciones formales diplomáticas entre sí, abren embajadas en la ciudad capital de cada país. La Tierra en la cual cada embajada está ubicada es considerada territorio soberano de la nación cuya embajada está situada allí. Esa soberanía es reconocida y respetada por el gobierno de la nación anfitriona, así como también por todas las de­más naciones. En otras palabras, por ejemplo, la embajada de los Estados Unidos en Nassau es suelo norteamericano tanto como Miami, Washington o Nueva York. Aunque está ubicada geográficamente en suelo bahameño, dentro de sus límites, el gobierno de la Mancomunidad de Bahamas no tiene jurisdicción o autoridad.

Si un ciudadano bahameño, o un ciudadano americano o de cualquier otra nacionalidad están huyendo de la ley y se las arregla para entrar en el terreno de la embajada de los Estados Unidos, esa persona está segura y no será capturada (al menos por el momento). Ya que la embajada es territorio norteamericano, la policía bahameña no puede perseguir legalmente al fugitivo dentro de ese suelo. El gobierno de las Bahamas debe emplear los canales diplomáticos para acordar sobre la extradición del fugitivo.

Esa es una muestra de lo poderosa que es una embajada. Cualquiera sea el área en donde ella ejerza la autoridad de su gobierno, esta se convierte en propiedad de dicho gobierno. Toda la autoridad, los derechos y los poderes de la nación representada por ese gobierno están en pleno efecto en esa propiedad. Del mismo modo, nosotros somos embajadores de Cristo y del Reino de Dios. Nuestro hogar, oficina, iglesia y, por cierto, todo lugar donde nuestra influencia se extienda se torna una «embajada» del cielo. Levítico 25:23 dice que la Tierra le pertenece a Dios y que nosotros somos meros extranjeros y peregrinos aquí. Ocupamos tierra en una nación «extranjera», pero la propiedad le pertenece al gobierno de los cielos. 

LA INFLUENCIA DE UN EMBAJADOR

Toda vez que nos hallemos en la presencia de un embajador, estamos en la misma presencia del gobierno que este representa. Las palabras del emba­jador de los Estados Unidos son las palabras del gobierno de los Estados Unidos. Hablando en términos diplomáticos, ambos son lo mismo. Cuando encontramos a un embajador, estamos encontrando más que a una persona: estamos en presencia de un país.

Como embajadores de Cristo, representamos a nuestro «gobierno natal», el Reino de Dios. Cuando la gente entra en contacto con nosotros, ellos no deberían simplemente encontrar a una persona, sino al Dios a quien perte­necemos y que habita dentro de nosotros a través de su Espíritu Santo. Si nuestro espíritu está en armonía con su Espíritu, entonces lo que digamos y hagamos reflejará el gobierno que representamos y al Reino del cual tene­mos la ciudadanía.

El Espíritu Santo es la llave de nuestra autoridad. Siempre que Él está den­tro de una persona y ella le permite tener el control, entonces el Reino de Dios puede venir; su gobierno en la Tierra puede tomar su lugar a través de esa persona. Si el Espíritu Santo se marcha, la autoridad del Reino se retira junto con Él. Eso fue lo que sucedió con Adán y Eva cuando pecaron. Sin el Espíritu Santo, ya no poseían su autoridad de dominio sobre la Tierra como corregentes de Dios y no tenían poder para impedir que Satanás usurpara el trono.

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

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