Juan el Bautista, el profeta del Antiguo Testamento con una revelación del Nuevo Testamento, predicó sobre el Reino de Dios: «En aquellos días se presentó Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea. Decía: ‘Arrepién­tanse, porque el reino de los cielos está cerca'» (Mateo 3:1-2). Después de Juan, Jesús apareció en escena predicando el mismo mensaje: «Después de que encarcelaron a Juan, Jesús se fue a Galilea a anunciar las buenas nuevas de Dios. ‘Se ha cumplido el tiempo -decía-. El reino de Dios está cerca. ¡Arre­piéntanse y crean las buenas nuevas!'» (Marcos 1:14-15). «Desde entonces comenzó Jesús a predicar: ‘Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca'» (Mateo 4:17). ¿Dónde está el Reino? Solo a un paso de distancia de donde usted está parado.

Las buenas nuevas que Juan y Jesús predicaban -y que también la Iglesia primitiva predicaba- son las buenas nuevas del Reino de los cielos. Muchas veces nos llega el mensaje equivocado, porque predicamos las buenas nue­vas del cielo. Y ambas no son lo mismo. Le decimos a la gente que ponga su fe en Jesús para salvación y luego nos concentramos en el cielo como nues­tro objetivo y destino. Jesús nunca predicó sobre el cielo. Sus discípulos nunca predicaron sobre el cielo, y tampoco nosotros deberíamos hacerlo. La gente precisa escuchar las buenas nuevas del Reino de los cielos: que el Reino de Dios ha venido a la Tierra y que todos pueden experimentar la realidad de ese mundo.

¿ESCAPAR DEL MUNDO O CAMBIAR AL MUNDO?

Puede ser que la idea de ir al cielo sea muy atractiva, pero la gente que lucha de continuo con su vida cotidiana en la Tierra necesita un mensaje que le ayude «aquí y ahora». Ellos necesitan que se les enseñe cómo vivir en este mundo, no cómo escapar de él.

A través de los siglos, se ha puesto un énfasis en el cielo en el mensaje de la Iglesia, que antes no estaba allí. Cada vez que la humanidad enfrenta sucesos catastróficos, se empieza a pensar en el cielo: un lugar de escape, reposo y consuelo. Para los europeos, esa catástrofe fue la peste negra; para los africanos, la esclavitud. En las dos circunstancias, la expectativa de vida era muy baja, los pronósticos del futuro parecían muy limitados, y la breve­dad y fragilidad de la vida se volvió muy real y personal para la gente. Du­rante la peste negra, millones de personas murieron en Europa, y muchos de los sobrevivientes se volcaron a la esperanza del cielo como consuelo. Bajo el cruel yugo de la esclavitud, millones de africanos, privados de toda esperanza en este mundo, también se volvieron a la enseñanza del cielo como su esperanza futura.

Si todos a su alrededor parecen estar muriendo, y usted sabe que podría ser el siguiente, tendería a aferrarse poco a las cosas de este mundo y, en cambio, a amarrarse con todas sus fuerzas a la esperanza de un mundo venidero. Si se da cuenta de que no posee nada, sino que otras personas lo poseen a usted, incluidos a su esposa e hijos, todo lo que tendría que espe­rar de cada día sería un trabajo matador, entonces una promesa de descanso permanente le brindaría un fuerte consuelo. La consecuencia de esta clase de predicación es que todo lo que podemos decir sería: «Solo resiste. Las cosas están terribles, pero el Señor viene pronto, y cuando lo haga, Él nos sacará a todos de este embrollo».

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

(CONTINÚA… DALE CLICK ABAJO EN PÁGINAS…)

2 Comentarios

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingresa para comentar!
Por favor ingresa tu nombre