La segunda historia proviene del Nuevo Testamento. Debido a la feroz condenación de Juan el Bautista a la relación del rey Herodes con la espo­sa de su hermano, este lo había arrestado y puesto en prisión. Herodías conspiró contra Juan y planeó una trama malévola. La hija de Herodías se presentó en la fiesta de cumpleaños del rey Herodes y danzó de manera muy seductora ante el rey y sus invitados. Al final de la danza, en un estado de ebria seducción, Herodes le ofreció concederle todo lo que ella deseara, pero se quedó pasmado al escuchar que la jovencita pedía nada más ni nada menos que la cabeza de Juan. Herodes estaba consternado y sobre­cogido, pero sabía que estaba atrapado por sus palabras. Había emitido un decreto y no podía ser revocado.

DIOS NECESITA UN CUERPO

La ley divina de establecer el dominio del hombre sobre la Tierra ha hecho del cuerpo humano algo indispensable y un prerrequisito para su actividad legal aquí. Por esa razón, el Espíritu de Dios no pudo detener la caída del hombre, no porque fuera débil o porque no tuviera poder para hacerlo, sino más bien porque Él era fiel a su palabra. La caída del hombre, por lo tanto, es básicamente el resultado de la fidelidad de Dios. Sin embargo, también es la razón por la cual la promesa de que el Reino sería tomado del adversario de­bía incluir la promesa de la venida del Espíritu Santo en un cuerpo humano.

Ligado por su propia ley, el Padre ya tenía un plan en acción. Él intro­duciría a su propio Hijo dentro de la ecuación humana. Por el poder de la encarnación, Dios sortearía su propia ley. A través de Jesús, Dios podría cumplir su voluntad. Durante toda la vida de Cristo, vemos su compromiso con la voluntad del Padre (Juan 5:19; 8:28).

Dios precisa un cuerpo para que su voluntad sea hecha en la Tierra. En la persona de Jesús, Él tuvo ese cuerpo, y ahora, con Cristo morando en nosotros, puede continuar esa obra. Durante el ministerio terrenal de Jesús, Él nos ofreció varias llaves secretas del Reino. Una de esas llaves es el poder de la oración. Por el poder de la oración, podemos obtener el poder de Dios en nuestro reino terrenal. Jesús les dijo a sus discípulos: “Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo. Además les digo que si dos de ustedes en la tierra se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan, les será concedida por mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mateo 18:18-20).

Lo que Jesús les dijo a sus discípulos se aplica igualmente a todos los creyentes. Cuando se trata de cosas en la dimensión terrenal, el cielo actúa conforme a lo que hacemos. El cielo ata lo que nosotros atamos y desata lo que nosotros desatamos. En otras palabras, Dios no hará nada en la Tierra sin el permiso o acceso concedido por parte de quienes estamos aquí y a quienes Él nos ha otorgado el dominio. Así que, si algo que queremos ver en la Tierra no está sucediendo, es porque no estamos permitiendo que suceda. La oración es importante porque es nuestro medio para concederle cons­tantemente permiso a Dios para «interferir» en los asuntos de los hombres. Dios puede hacer algo, pero como nos ha dado la licencia, Él puede soltar sobre la Tierra solo lo que le permitamos.

San Agustín, un padre de la Iglesia latina, una vez escribió: «Sin Dios no podemos, sin nosotros Dios no lo hará». Esta es una descripción concisa de cómo obra nuestro mandato de dominio. Sin el poder de Dios y su Espíritu, no tenemos oportunidad de afectar la Tierra para el Reino de los cielos. Sin nuestro acuerdo y permiso a través de la oración, Dios no interferirá. Pero a través de su Hijo, el Señor Jesús, y luego consecuentemente a través del Cuerpo de Cristo, Dios puede intervenir. En su soberanía, Dios ha visto que siempre ha habido gente que ha estado de acuerdo con su propósito y plan a través de quienes Él puede obtener acceso para cumplir sus propósitos divinos en el plano terrenal.

Si queremos que Dios continúe interfiriendo, debemos seguir orando. La oración es un asunto serio. Cuando oramos estamos comunicándonos con un gobierno divino del cual somos embajadores. La oración es el medio a través del cual recibimos los «faxes», «correos electrónicos» y el fluir de la información y los recursos del cielo, y a través de la cual el gobierno de Dios logra acceso a la Tierra según nuestra fe y autoridad de dominio.

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

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