LAS BUENAS NUEVAS DEL REINO

Todo lo que Dios hace sirve a los propósitos de su Reino. Una de las principales razones por las que tan menudo malinterpretamos a Dios es debido a que fallamos a la hora de reconocer esto. Desde el princi­pio, Dios planeó extender su dominio real del mundo invisible y espiritual al plano visible y físico. Esto sería logrado al gobernar a través de los seres humanos a los que Él creó y puso en autoridad sobre el resto de lo creado. A raíz del pecado, el hombre abdicó su lugar de autoridad y quedó de­bajo del dominio de Satanás, cayó en esclavitud y ceguera espiritual. Como el propósito de Dios nunca cambia, Él promulgó un plan creado desde antes de la fundación del mundo para ayudarnos a redescubrir su Reino. El objetivo de Dios es restaurar al hombre a su lugar original de dominio y liderazgo terrenal.

TRAER EL CIELO A LA TIERRA

Otra manera de decirlo es que el propósito de Dios es restaurar su gobierno sobre la Tierra a través de la humanidad. Satanás, el usurpador, debe ser quitado del trono terrenal que él robó. Esta restauración del gobierno de Dios sobre la Tierra a través de la humanidad es lo que forma verdadera­mente el centro de la fe que nosotros guardamos como creyentes y seguido­res de Cristo. Es la razón por la que Jesús vino para alcanzar nuestras vidas. Jesús predicó un mensaje muy simple: el Reino de los cielos ha venido a la Tierra. El mensaje de Jesús, el cual le fue dado por su Padre, reflejaba su misión divina en la Tierra, así como también la pasión y el deseo de su corazón. La motivación conductora de la vida de Jesús no era llevarnos al cielo -esa es la meta de la «religión»-, sino traernos el cielo a nosotros. La pasión de Jesús era establecer el Reino de su Padre sobre la Tierra, en los corazones de los hombres.

Hemos oído mucho en años recientes sobre el aumento del odio religio­so, las luchas y los conflictos alrededor de todo el mundo. Los musulmanes han atacado y matado a cristianos, judíos e hindúes, quemando iglesias y templos. Los cristianos, judíos e hindúes han hecho lo mismo con los musulmanes, y también entre ellos mismos. Distintas sectas de la misma fe pelean unas contra otras. Todo este conflicto deja como resultado una re­percusión de muerte, desesperación, enojo, odio, resentimiento, amargura, lucha, enfermedades y pobreza: todo en nombre de «servir a Dios».

¿Estos devotos militantes sirven al mismo Dios que nosotros? Muchas cosas son hechas en nombre de Dios, pero distan de provenir de su Espíritu. Desgraciadamente, la Iglesia cristiana a través de la historia no ha quedado exenta de culpa y cargo en este aspecto. Cada vez que se obsesiona con «hacer avanzar el Reino por la causa de Jesús» hasta el punto de abusar e incluso matar a personas, sustraer la propiedad de otros y pelear con sus miembros, deja de representar eficaz y acertadamente a Dios en este mundo. Literalmente cesamos de ser Iglesia. Podemos portar el nombre de Jesús, pero nos hemos apartado de su Espíritu.

Dios no mata gente, no incendia edificios o destruye la propiedad. Hacer avanzar el Reino de Dios no significa una invasión del territorio físico. Significa una invasión a las partes internas del alma del hombre, capturando su corazón y mente para el propósito de Dios. Nuestra misión no es invadir naciones y tomar a la gente por el cuello y sacudirlos hasta que vean la luz y se vuelvan a Jesús. Esa no es la forma en que Dios actúa. El Reino de Dios ya ha invadido la Tierra, pero su objetivo son los corazones de las personas, no el territorio geográfico.

Dios no precisa conquistar la Tierra porque ya le pertenece a Él: «Del Señor es la tierra y todo cuanto hay en ella, el mundo y cuantos lo habitan» (Salmo 24:1). El Reino de Dios no busca la Tierra en el sentido de desear poseer su propiedad. El Reino de Dios está en busca del «mundo» que afecta la Tierra, el mundo de los corazones y las mentes humanos. Nuestro Reino no es de este mundo, pero el pecado ha cegado nuestros ojos, y no sabemos quiénes somos ni de dónde venimos. Dios quiere restaurarnos a nuestro lugar anterior de honor, dominio y autoridad. Él quiere que redescubramos y reclamemos nuestra herencia.

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

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