EL PRIMER PASO: NACER DE NUEVO

A través de Jesús podemos entrar por la puerta del Reino y comenzar a vivir, pensar y actuar como lo que realmente somos: hijos del Rey. En el Evangelio de Juan, Jesús se refiere a este paso como «nacer de nuevo».

Esto es exactamente lo que significa nacer de nuevo: un paso. Es un paso indispensable, ya que no podemos entrar al Reino sin él, pero es tan solo un paso. Nacer de nuevo es tan solo el primer paso para una vida completamente nueva, una travesía de aprendizaje, para saber, apreciar y experimentar nuestros derechos, privilegios y responsabilidades como ciu­dadanos del Reino.

Pero si pasamos todo nuestro tiempo evocándonos solamente en ese primer paso, perderemos muchas de las alegrías y bendiciones que están detrás de la puerta. Hay muchas habitaciones en la casa de Dios, pero si elegimos no avanzar más allá de la puerta de entrada, nos perderemos de experimentar sus maravillas.

LA VIDA PUERTAS ADENTRO DEL REINO

Muchos creyentes tienen una fijación absoluta con Jesús como Salvador y con “nacer de nuevo” que, tan pronto como están dentro del Reino, acampan en el umbral y no avanzan más. Jesús es la puerta al Reino; pero, créame, hay más riquezas esperando por delante. Jesús lo dejó en claro cuando dijo:

«Ciertamente les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que vinieron antes de mí eran unos ladrones y unos bandidos, pero las ovejas no les hicieron caso. Yo soy la puerta; el que entre por esta puerta, que soy yo, será salvo. Se moverá con entera libertad, y hallará pastos. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Juan 10:7-10)

¡Vida… al máximo! De eso se trata nuestra herencia, y todo comienza con Jesús. Pero todo no termina en la puerta. Recuerde que la vida es un peregrinaje y que la vida en el Reino requerirá que usted avance de sus experiencias originales con Dios y madure y crezca como un verdadero hijo del Reino.

Reclamar nuestra herencia no es unirse a una denominación o iglesia en particular. No tiene nada que ver con hacerse «religioso». Y tiene todo que ver con entender que somos ciudadanos de un Reino establecido y re­gido por Dios, el cual permanecerá para siempre. Como ciudadanos del Reino, tenemos derechos legales sobre el gobierno. La razón por la que tan­tos reciben tan poco de Dios es porque no se reconocen como ciudadanos de su Reino, no entienden sus derechos como ciudadanos y, por lo tanto, carecen de seguridad y confianza para pedir. Ser ciudadanos del Reino es una realidad espiritual, pero también una mentalidad. Como creyentes, ya tenemos el Espíritu de Dios, pero necesitamos conocer la mente y el corazón de Dios, necesitamos entrenamiento en pensar y vivir como hijos de Dios.

CIUDADANOS DE UNA NUEVA NACION

Una vez que nos hacemos creyentes y entramos al Reino de Dios, «cambia­mos naciones». Dejamos nuestra ciudadanía en el mundo para naturalizar­nos como ciudadanos del Reino de los cielos. Estamos en el mundo pero no somos del mundo. Entramos al Reino a través de Jesús que es la Puerta. Dios nos acepta, nos naturaliza como ciudadanos del Reino, y luego nos comisiona como embajadores de su gobierno de modo que podamos ayudar a otros a hallar la puerta también.

En el trabajo, la escuela o dondequiera que vayamos, debemos recor­dar que somos ciudadanos del Reino que residimos en tierra extranjera, y la autoridad de nuestro gobierno de origen nos respalda. Todos los dere­chos, privilegios y beneficios de nuestra ciudadanía se aplican plenamente a nosotros aunque vivimos en una tierra extranjera. En cualquier momento, podemos pedir los recursos de nuestro Rey, los cuales son muchísimo más abundantes que los de este mundo. Cuando cinco mil personas necesitaban comer, los discípulos de Jesús vieron solamente los recursos limitados de este mundo: cinco panes y dos pescados. Jesús, en cambio, miró la despensa de su Padre y vio suficiente comida como para alimentar a todos, y queda­ron doce cestas llenas con las sobras.

Nuestro Reino es un Reino de provisión abundante. Debemos cambiar nuestra mentalidad de pobreza por una mentalidad de provisión. Siempre que nos ocupemos de los negocios del Padre, Él nos proveerá todo lo que ne­cesitamos. No importa cuál sea nuestra situación, podemos focalizarnos en el Reino, reclamar nuestros derechos y decir con confianza: «Mi Dios suplirá».

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

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