Cada vez que un gobierno nacional cambia sus líderes, el nuevo liderazgo convoca a los antiguos embajadores, quienes ya no representan más al go­bierno, y designa a los nuevos que reflejarán las perspectivas y políticas de la nueva administración. A veces, las naciones en conflicto cortan las rela­ciones diplomáticas y llaman a sus embajadores. En un sentido espiritual, eso fue lo que ocurrió en el Jardín del Edén. Cuando Adán pecó, el reino del hombre entró en conflicto con el Reino de Dios. El gobierno de Dios rompió lazos diplomáticos con el hombre y «retiró» al Espíritu Santo. A raíz de su pecado, Adán se convirtió en un recipiente impuro, y Dios retiró su gloria, su presencia y su autoridad de gobierno.

Cuando el hombre perdió al Espíritu de Dios, el Reino no pudo venir en plenitud a la Tierra. Luego de haber pecado, Adán era como un embajador sin poderes, un hombre sin una nación, esclavizado en el reino de las tinie­blas de Satanás. Desde Adán hasta Jesús, hubo incontables generaciones de «embajadores» humanos que representaban mal el gobierno de Dios, ya que no tenían poder o autoridad legítimos. Para que el Reino de Dios pudiera venir a la Tierra, tenía que hallarse una manera de hacer que el Espíritu Santo regresara al hombre. De algún modo, la autoridad de dominio y la ciudadanía del Reino tenían que ser restauradas. Jesús vino para restaurar al hombre a su posición original en el universo.

Hay un reino de oscuridad regido por Satanás, y un Reino de luz gober­nado por Dios. Todos nosotros nacimos en el reino de oscuridad. Por eso, no podemos dejar de pecar. El poder de Satanás estaba reinando ahora en lugar del hombre. Él había logrado reducir al hombre a un estado de impo­tencia. Jesús vino para destruir las obras del diablo (vea 1 Juan 3:8), para librarnos del reino de las tinieblas y llevarnos al Reino de luz (vea 1 Pedro 2:9), y darnos poder para tomar el lugar que nos corresponde.

Aunque una vez fuimos hijos de oscuridad, ahora somos hijos de luz, y debemos pensar y vivir como tales: «Todos ustedes son hijos de la luz y del día. No somos de la noche ni de la oscuridad» (1 Tesalonicenses 5:5); «Porque ustedes antes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de luz» (Efesios 5:8). El objetivo de Jesús era limpiarnos de nuestro pecado, cambiarnos de ser vasijas profanas a vasijas santas, adecuadas para que el Espíritu Santo habite en ellas. «Pero si vivimos en luz, así como Él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7). Al hacer esto, se vuelve posible para Dios establecer plenamente su Reino, un Reino compuesto por sus hijos que lo representan fielmente en la Tierra.

Juan 1:12 dice que a todo el que cree en Él, Jesús le da el poder de ser hecho hijo de Dios. Estamos acostumbrados a confiarnos el control de nuestras vidas. La mayoría hemos hecho un trabajo bastante miserable con esa confianza. Una vez que depositamos nuestra confianza en Dios, somos introducidos a un nuevo poder para vivir la vida. Ese poder también nos capacita para cumplir la comisión como embajadores del Reino celestial, una comisión que Él nunca revocará. Como verdaderos hijos de Dios ahora estamos conectados con el gobierno del Padre. Ahora comienza el proceso de la enseñanza de reinar como parte de la realeza. Este proceso de prepara­ción es obra del Espíritu Santo.

PREPARÁNDONOS PARA EL ESPÍRITU SANTO

Desde Adán hasta Jesús, el Espíritu Santo no habitó dentro de ningún hom­bre. No podía, ya que el gobierno de Dios es santo, pero las vasijas huma­nas diseñadas para contenerlo eran no santas. Previo a la venida de Jesús, ningún sacrificio jamás ofrecido era bueno o suficiente para hacernos santos nuevamente. Nadie sobre la Tierra era lo bastante santo como para proveer una habitación adecuada para el Espíritu de Dios.

Eso no significa que el Espíritu Santo no estuvo presente ni activo duran­te los días del Antiguo Testamento. Por el contrario, existe una diferencia singular y notoria entre la presencia del Espíritu en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento. En este el Espíritu Santo llena a los creyentes y viene a morar dentro de ellos de manera permanente. En aquel, solo venía sobre ciertos individuos por un período de tiempo y luego se marchaba. El pueblo del Antiguo Testamento no conocía al Espíritu de Dios como una presencia que habita continuamente en sus vidas. Ellos solo conocían la influencia exterior del Espíritu.

El Espíritu vino sobre Sansón, y él llevó a cabo poderosas proezas de fuerza. Vino sobre Moisés y Elías y Elíseo, y los facultó para hacer grandes señales y milagros. Vino sobre Gedeón, quien luego derrotó a un ejército de miles con tan solo trescientos hombres. El Espíritu también vino sobre el rey Saúl quien profetizó con los profetas. En cada caso, no obstante, el y luego se marchó, porque ninguno de ellos todavía eran vasos adecuados para que habite su presencia. Ninguno de ellos era capaz de ejecutar la administración del Reino de Dios de manera cotidiana.

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

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