Este es el propósito que subyace en su llamado a cada uno de nosotros cuando venimos a Cristo. Como Pedro escribió en su primera carta del Nuevo Testamento: «Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ustedes antes ni siquie­ra eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido misericordia, pero ahora ya la han recibido» (1 Pedro 2:9-10)

SÚPER AGENTES DE DIOS EN UN MUNDO DE TINIEBLAS

Nosotros, la Iglesia, los «convocados» de Jesucristo, somos «un linaje esco­gido, real sacerdocio, nación santa» llamados por Dios para declarar sus vir­tudes a un mundo en oscuridad. Un real sacerdocio es otra forma de decir que cada uno de nosotros es tanto sacerdote como rey. Nuestro Señor nos ha llamado y comisionado a cada uno como sus embajadores -sus agen­tes- para guiar a aquellos que aún están atrapados en la oscuridad, hacia la «luz admirable» de su Reino. Pablo describió nuestro llamado especial de este modo:

«Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación: esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación. Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: «En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios». Al que no co­metió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios»(2º Corintios 5:17-21)

Como seguidores de Cristo, hijos de Dios y ciudadanos de su Reino, no tenemos mayor prioridad que proclamar su Reino. Jesús dedicó su ministerio terrenal a proclamar el Reino, y su prioridad debe ser la nuestra también. Cuando Él vino, cumplió la primera parte del plan de los siglos de su Padre: restauró el Reino de los cielos sobre la Tierra. A través de su Espíritu, nos ha llamado a cada uno de nosotros al hogar, a nuestro lugar original como ciudadanos reales, para que podamos ejercitar nuestros derechos y autori­dad ahora mismo y experimentemos la victoria del Reino en nuestras vidas cotidianas. Él también nos invitó a unirnos a Él en su obra de reconciliar al mundo consigo mismo. Ese es su enfoque y debe ser el nuestro también. Todo lo demás es secundario. El Reino de Dios es todo lo que cuenta, y ade­más del Reino de Dios, nada importa.

El mandato de Jesús para nosotros es el mismo que Él le dio a sus dis­cípulos hace dos mil años: «Dondequiera que vayan, prediquen este mensaje: ‘El reino de los cielos está cerca'» (Mateo 10:7). Somos su pueblo, un real sa­cerdocio, una nación santa, un ejército de embajadores comisionados para traer reconciliación entre Dios y las naciones. Seamos cuidadosos en aten­der el mandato del Señor. ¡Prediquemos el Reino de Dios!

Principios

  1. El Reino de Dios debe ser nuestra mayor prioridad; Jesús no nos dio otra comisión.
  2. Lo que vemos en el mundo físico tiene una realidad correspondiente mayor en el mundo espiritual.
  3. Dios envió a Jesucristo, su Hijo unigénito -el «segundo Adán»- para deshacer la maldición que vino sobre la humanidad a través del primer Adán.
  4. Nuestro Padre está siempre trabajando, y nosotros deberíamos estar tra­bajando también.
  5. Solo Dios puede dar vida, y como el Hijo de Dios es de la misma esencia, de la misma “madera”, que el Padre, el Hijo también puede dar vida.
  6. Como Él cumplió la voluntad del Padre perfectamente y sin pecado, Je­sús el Hijo del Hombre estaba calificado para juzgar a la raza humana.
  7. En Cristo somos autoritativos sobre la Tierra porque somos humanos, así como Él lo fue.
  8. Si usted es creyente, es un santo, y si usted es un santo, es un heredero del Reino de Dios.
  9. El reinado se trata de protección, de ejercer nuestra autoridad y de re­clamar el territorio conquistado.
  10. El propósito de Dios es restaurar los oficios de rey y sacerdote en uno solo.
  11. El Reino de Dios es todo lo que cuenta, y aparte de él nada importa.

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

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