A través de Cristo, nuestros pecados son perdonados, y recibimos perdón completo de parte de Dios. El perdón es una cosa poderosa y potencialmente peligrosa, ya que es irreversible. Una vez que un rey o gobernante ha perdo­nado a alguien, esa persona es para siempre libre y exonerada del crimen u ofensa por la que previamente estuvo bajo condena. A diferencia de la liber­tad condicional, que es un estado probatorio que aun conlleva restricciones para el acusado, el perdón hace «borrón y cuenta nueva» en forma absoluta. El perdón declara que su beneficiario es tan inocente como si la ofensa nun­ca hubiera ocurrido. Una vez que una persona es perdonada, el gobierno le devuelve su pasaporte y, desde ese momento en adelante, es libre para viajar, trabajar, ocuparse en negocios, comprar y vender, y disfrutar de todos los otros derechos y privilegios de su ciudadanía sin limitaciones. El perdón justifica y restablece la justicia de una persona a los ojos de la ley.

Eso fue lo que Jesús hizo para todos nosotros en la cruz. Su muerte y su sangre derramada nos trajeron el perdón y nos hicieron justos ante Dios una vez más. Nuestra ciudadanía del Reino y nuestros derechos fueron restau­rados, y fuimos posicionados nuevamente como receptores y herederos de todas las promesas de Dios. La justicia es hecha posible a través de la muerte de Cristo y su resurrección, pero es impartida a nosotros a través de la fe, así como lo fue para Abraham. Cuando creemos, nos convertimos en hijos de Dios. Como Pablo les escribe a los gálatas: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la je en Cristo Jesús, porque todos lo que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo… Y si ustedes pertenecen a Cristo, son la descen­dencia de Abraham y herederos según la promesa» (Gálatas 3:26-27, 29).

Muchos siglos -incluso milenios- han pasado entre el tiempo en que Adán y Eva pecaron en el Jardín del Edén y el tiempo en que Cristo vino a restaurar nuestra justicia y devolvernos el «pasaporte» del Reino de Dios. Si la muerte de Cristo en la cruz fue tan vital para la restauración de la huma­nidad, ¿por qué Dios esperó tanto tiempo para enviarlo a la Tierra?

Principios

  1. El propósito de Dios para nosotros es que gobernemos sobre el orden de lo creado como corregentes bajo su autoridad.
  2. Porque Dios nos diseñó para liderar, las semillas del liderazgo yacen dentro de nosotros, durmiendo hasta que sean activadas.
  3. Como corregentes de Dios en este mundo, somos el Reino de Dios sobre la Tierra.
  4. El Reino de Dios sobre la Tierra es el gobierno de Dios dentro de los corazones y espíritus de los creyentes, y el Reino de los cielos actúa cuando ese liderazgo impacta en el ambiente terrenal humano.
  5. El Reino de Dios es un Reino de luz, la luz del conocimiento del Señor.
  6. El antídoto contra la ignorancia es el conocimiento. El conocimiento viene por la verdad, y la verdad trae liberación.
  7. Sin iluminación espiritual en la verdad divina de Cristo, todo otro conocimiento finalmente no significa nada.
  8. Jesús vino a restaurar nuestra posición en el gobierno de Dios, vino a hacernos justos.
  9. Cuando estamos en buena relación con Dios, Él puede extender su Reino -su gobierno- a nuestras vidas y reinar en la Tierra a través de nosotros.
  10. A través de Cristo, nuestros pecados son perdonados, y el perdón que recibimos es completo de parte de Dios.
  11. Jesús no podía venir hasta que existiera un modelo del Reino como ilustración visual para que la gente pudiera comprender sus enseñanzas acerca de su Reino.
  12. El Reino de verdad de Cristo está compuesto por ciudadanos que no solo son buscadores de la verdad, sino también seguidores de ella.

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

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