La religión es, por lo tanto, simplemente la búsqueda de Dios por parte del hombre. No interesa cuan comprometida, dedicada, leal, fiel, ferviente, activa o compleja pueda llegar a ser esa búsqueda, siempre que el hombre esté todavía buscando, insatisfecho y deseoso de más, significa que todavía no ha hallado el Reino. Es como un pez fuera del agua. Este vacío no pue­de ser sustituido con aceite, gasolina, jugo de naranja, leche o alcohol. La religión es el sustituto del hombre para el Reino, y ese es el motivo por el cual nunca podrá satisfacerlo. Solamente el Reino de Dios puede resolver el problema eterno del hombre.

Personalmente entiendo la frustración que produce la religión. Sé lo que es crecer en la religión como los musulmanes, hindúes, budistas, y todos los demás. Entiendo la dedicación, lealtad y preocupación diaria por los rituales, tradiciones, formas y actividades de la conducta religiosa. Desde niño, yo mismo fui instruido para abrazar la religión y para no cuestionar por qué hacíamos lo que nos decían o nos ordenaban hacer. Ahora me es claro que la religión lo preocupa al hombre con el fin de distraerlo; distraerlo de su hambre y de su vacío del Reino. En efecto, la religión está diseñada para mantenerlo muy ocupado como para cumplir con su misión en el Reino. Tal vez esa sea la razón por la que la religión tiene tantas actividades asociadas a ella. Es trabajo arduo, y su trabajo es su recompensa.

Tal vez con este conocimiento, ahora las palabras de Jesús resulten más comprensibles para nosotros: «Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les perte­nece. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los hu­mildes, porque recibirán la tierra como herencia. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados»(Mateo 5:3-6).

En su primera presentación oficial de su mensaje a la humanidad, hace más de dos mil años, Jesús descubrió y anunció el problema y la solución al dilema del hombre en estas declaraciones tan simples. Identificó la ver­dad de que la raza humana es espiritualmente pobre, lo que significa que tiene una carencia natural y una necesidad inseparable. Él declaró que la solución no era una religión sino el Reino. Además reconoció que toda la familia humana está en llanto perpetuo, como si algo se hubiera muerto o estuviera perdido, y consideró la venida del Reino como el consuelo a ese lamento. Su referencia al hambre de toda la humanidad por esta justicia fue un simple reconocimiento de que su relación y posicionamiento adecuados, con la autoridad o gobierno, estaba garantizada: sería saciada por el Reino.

Un día yo estaba sentado sobre un banco de piedra en Israel, afuera de la famosa Iglesia de la Resurrección, en Jerusalén, observando a miles de peregrinos cristianos, cámara en mano, los ojos llenos de emoción, hacien­do fila para entrar en este edificio copiosamente decorado. Yo acababa de dejar el lugar del Monte del Templo, donde observé incontables peregrinos musulmanes arrodillarse sobre el piso de cemento de la terraza, algunos lavando sus cuerpos en un ritual en los grifos de agua que se encuentran alrededor de la mezquita. Justo debajo había otra escena como recortada de la historia, en la que miles de peregrinos y adoradores judíos se balanceaban hacia delante y hacia atrás en una forma tan fervorosa que se veía doloroso. Mientras observaba con interés estas hermosas actividades, no pude más que preguntarme: ¿Será esto lo que el amoroso Dios de la creación disfruta viendo? Aquello parecía ser un trabajo arduo. Todos parecían estar muy presionados por el hecho de querer agradar a alguna deidad con el celo de un espíritu poseído. ¿Puede esto ser lo que realmente Dios desea?

De repente, mientras meditaba en estas preguntas en lo profundo de mi alma, oí las siguientes palabras retumbando a viva voz en mi cabeza: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana» (Mateo 11:28-30).

Estas simples palabras cambiaron mi vida de nuevo, porque ellas descri­bían cabalmente lo que estaba viendo con mis ojos. La religión es trabajo arduo. Nunca descansaremos hasta tanto hallemos el Reino. La religión es el esfuerzo de la humanidad en su búsqueda por el Reino.

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

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