LA GRANDEZA DEL REINO DE DIOS

Tal vez, nadie en el Antiguo Testamento recibió más revelación y visión del Reino de Dios que el profeta Daniel. De hecho, el enfoque completo del libro de Daniel incluye la soberanía del Reino de Dios sobre los reinos de los hombres. Varias veces a lo largo de su libro, la fuerza y la voluntad de reyes terrenales compiten con la fuerza y la voluntad de Dios, y Dios sale victorioso cada vez. El horno ardiente de Nabucodonosor no pudo tocar a los siervos de Dios que estaban cubiertos por su poderosa mano, y así Sadrac, Mesac y Abednego emergieron de las llamas sin siquiera el mínimo rastro de humo en sus ropas. Un foso lleno de leones hambrientos no pudo compararse con el ángel de Dios que cerró sus bocas y protegió a Daniel de convertirse en su próxima comida.

Daniel era miembro de la «generación de exiliados», aquellos judíos que, o fueron erradicados de su tierra natal por los babilonios y reubicados a la fuerza, o bien nacieron bajo el exilio en Babilonia. Incluso como un ex­tranjero exiliado, Daniel fue elevado a una posición de gran prominencia y confianza como líder civil y administrativo en el gobierno babilónico. Él era un hombre realmente astuto, un verdadero intelectual, magníficamente educado y altamente dotado como administrador. Además de estas cualida­des, Daniel era un hombre de impecable integridad que amaba a Dios. A raíz de sus extraordinarios talentos y competencia, Daniel sirvió directamente a una sucesión de reyes babilonios. Esos reyes querían hombres confiables alrededor de ellos y no podrían haber encontrado otro mejor que Daniel.

DANIEL Y EL SUEÑO DEL REY

Entre los dones de Daniel, estaba la habilidad dada por Dios de interpretar sueños, cosa que hizo en varias ocasiones. En una oportunidad, el rey Nabucodonosor tuvo un sueño confuso y perturbador que no podía entender. Llamó a sus principales magos, encantadores, hechiceros y astrólogos de su reino, y exigió so pena de muerte que primero le dijeran lo que él había so­ñado y que luego se lo interpretaran. Cuando ellos le explicaron que nadie podía decirle cuál había sido su sueño, el rey ordenó la ejecución de todos los sabios de Babilonia. Antes que el decreto del rey pudiera ser llevado a cabo, Daniel escuchó lo que estaba sucediendo y se ofreció a hacer ambas cosas: a describir el sueño del rey y a proporcionarle la interpretación.

Cuando fue llamado a venir delante del rey, Daniel correctamente expli­có el sueño con todo detalle. Nabucodonosor había visto una gran estatua con una cabeza de oro, el pecho y los brazos de plata, el abdomen y los mus­los de bronce, las piernas de hierro, y los pies hechos en parte de hierro y en parte de barro. Después de esto, una piedra cortada no con mano humana golpeó contra los pies de hierro y barro y procedió a quebrar el resto de la estatua en miles de partes diminutas, las cuales el viento esparció. Luego de esto, la piedra creció hasta convertirse en una gran montaña que llenó toda la Tierra (vea Daniel 2:31-35).

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

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