la-vision-y-la-presencia-de-diosEvangelismo – La Visión y la Presencia de Dios 4

 

Continuemos.

¡La pelea es demasiado sangrienta! La multitud se pone de pie. El ayudante del boxeador que nos ocupa está a punto de tirar la toalla para detener el combate. El árbitro va a parar la pelea. De pronto, el valiente muchacho, nadie sabe cómo, saca un tremendo gancho de derecha, lo coloca en el mentón del adversario, le voltea violentamente la cara, le sacude hasta la última fibra de su cuerpo y lo arroja a la lona. El rival no se puede poner de pie. El árbitro cuenta: uno… dos… tres… No para de contar… ¡Ganó la pelea! Lo cargan en hombros y lo llevan al vestuario. Cuando está sentado jadeando entra su entrenador y le dice: «Te felicito, eres el vencedor; eres el mejor peleador que he tenido en toda mi carrera; eres el vencedor. ¡Y mira lo que te ganaste!» Le muestra y entrega un cheque. El muchacho lo mira, lo guarda y rápidamente se cambia para ir a su casa. La mujer lo está esperando en la sala; ya no le quedan uñas para comer ¡Se comió hasta la muñeca! Lo ve llegar roto, lleno de moretones, los labios esponjados. Tímidamente le pregunta:

—Querido, ¡cómo te fue? El muchacho con una sonrisa de oreja a oreja le responde: —Querida, ¡gané! ¡Soy el vencedor! Y mira lo que me gané. Le muestra el cheque.

Cuando la mujer ve la cifra en el cheque, le brillan los ojitos. Le arrebata el cheque y se lo guarda en su cartera. Él fue el vencedor, él entrenó duro, él sudó, él peleó, él recibió los golpes, él la vio difícil; pero ella, sin hacer nada, ¡fue más que vencedora!

A Cristo lo golpearon, le dieron latigazos, lo escupieron, lo insultaron, lo empujaron, lo desnudaron, lo coronaron con espinas, le cargaron un madero al hombro, lo obligaron a caminar y subir al monte, lo crucificaron, derramó su sangre, murió por nuestros pecados… y allí… ¡fue un vencedor! ¡Y usted y yo, que recibimos totalmente gratis los beneficios de esa cruz, sin haber hecho nada de eso, «somos más que vencedores»!

Si tenemos una visión correcta de nosotros mismos (Dios sabe que lo último que haría en estos asuntos es hablar con presunción; sé que estamos en medio de una batalla y sufri­mos, y a veces temporalmente perdemos, y muchas veces nos rodea el olor a pólvora, y andamos medio maltratados), lo único que Satanás puede hacer con nosotros es conocer el número de zapato que calzamos, porque siempre lo tendre­mos debajo de nuestros pies. ¡Aleluya! ¡Tiene que acabarse ya el tiempo en que los cristianos de América Latina andemos con actitud de limosneros del Reino, y comencemos a vivir y hacer como lo que somos: Hijos del Rey!

 

4. Nos Hace Falta Una Visión del Mundo.

Conocemos a Dios, el señorío de Cristo, su palabra, y a nosotros mismos; pero ¿conocemos el mundo que tenemos que alcanzar? ¿Conocemos las corrientes seculares de pensa­miento? ¿Sabemos qué esta pasando en el mundo político, en el arte, el teatro, la música, el deporte? ¿Podemos interpretar, en beneficio de la iglesia y de los perdidos, la realidad contemporánea a la luz de la Palabra de Dios?

La actitud de algunas iglesias ameritaría que después de la conversión de los individuos, los metieran en un cohete y los enviaran directamente al reino de los cielos. Su aislamien­to es tan grande que ya no tiene razón de ser que permanezcan en este mundo. He tratado mil veces de imaginarme a Jesu­cristo con cara de evangélico, un domingo por la mañana, sentado en la iglesia, y cantando canciones religiosas. Fran­camente no me lo puedo imaginar. Al Cristo de la Biblia lo veo siempre con la toalla y la palangana con agua lavando los pies a los demás, tocando al leproso, ministrando a la pros­tituta y participando en fiestas con pecadores. Cuando enseña o predica, no lo veo condenando y dando latigazos desde el púlpito, sino impartiendo vida. Se enoja cuando enfrenta a los religiosos de su tiempo. Pero cuando anda con los peca­dores, descubro en Él una ternura y una misericordia indeci­bles.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Poder de su Presencia”

Por Alberto Motessi

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