asi-proclamaba-jesus-el-evangelioPredicaciones – Así Proclamaba Jesús el Evangelio 2

 

Continuemos.

Aquella gloriosa mañana de Pentecostés, el apóstol Pedro predicó a Jesús de la misma forma: como Señor y Cristo. Cuando el pueblo reaccionó y reconoció que se había equivo­cado porque habían crucificado al Señor, al Ungido de Dios, se volvieron y preguntaron a los apóstoles: «Varones herma­nos, ¿qué haremos?» Fue una pregunta, ¿no es cierto? Pedro les dio una respuesta, y en esa respuesta estaba implicada una orden: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibi­réis el don del Espíritu Santo» (Hechos 2.38).

Pablo no se queda atrás. Más de ciento quince veces llama Señor a Jesús. Y una y otra vez, en su predicación evangelís­tica aflora señalar a Jesús como Señor, como la respuesta a la necesidad de ser salvo. Es él quien declara: «Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo» (Romanos 10.9).

 

B. Es Necesario Arrepentirse y Creer.

Debemos entender que este mensaje no puede hallar eco sino en el corazón de un hombre que reconoce su profunda nece­sidad espiritual. Jesús mismo lo dijo: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Otra versión dice: «Dichosos los que reconocen su necesidad espiritual» (Mateo 5.3). El ser humano es por naturaleza y por escogencia un ser caído. Por eso todo lo que hace, incluso lo más bello y sublime del arte y la cultura, está teñido por las marcas y consecuencias del pecado. El pecado nos aparta de la gloria de Dios, suprime la posibilidad de la presencia del Señor en la vida del hombre. El pecado es reconocido como muerte espiritual. Tiene consecuencias individuales, familia­res, médicas, laborales, ecológicas, sociales, culturales. Des­de luego y sobre todo, tiene consecuencias espirituales. ¡Todo es afectado por el pecado! De ahí las hambres, las pestes, los terremotos, los desastres naturales, los malos gobiernos, la crisis educativa, los esfuerzos religiosos sin Cristo, la mala distribución de la riqueza y los bienes materiales.

Por causa del pecado, y no por la falta de misericordia de Dios, nacen niños enfermos, inválidos, sordos, ciegos, mudos. Ni la plaga más terrible que circunda el mundo de hoy hace tanto daño al ser humano como el pecado. Y todos estamos contamina­dos de una manera u otra. Pero Cristo murió por nuestros pecados. ¡Aleluya! Con su muerte en la cruz pagó por todos nuestros pecados: «Cada uno de nosotros se apartó por su propio camino e hizo lo que quiso; parecemos ovejas desper­digadas fuera del alcance del pastor; pero Dios que es mise­ricordioso y justo, cargó literalmente en Cristo su Hijo, el pecado de todos nosotros» (Paráfrasis de Isaías 53.6).

Sin embargo, a pesar del intenso amor de Dios por el ser humano, de su misericordia ilimitada y de su sacrificio inclu­sivo para todos, el perdón, la salvación y la entrada en el reino no son automáticos. Es necesario que «todos procedamos al arrepentimiento». «Arrepentíos y bautícese cada uno de vo­sotros», ordenó aquella gloriosa mañana de Pentecostés el apóstol Pedro. Luego dijo en el pórtico de Salomón: «Arrepentíos y convertíos». Pablo decía que su mensaje de salvación consistía en declarar y llamar a los hombres a «que se arrepintieran para con Dios y tuvieran fe en nuestro Señor Jesucristo». El arrepentimiento es necesario para experimen­tar el nuevo nacimiento. El nuevo nacimiento es necesario para entrar en el Reino. Entrar en el Reino es necesario para conocer la voluntad de Dios y vivir la vida abundante que Cristo vino a dar.

Arrepentirse significa reconocer que uno ha vivido haciendo «lo que bien le parecía» (Jueces 17.6; 21.25). Es además oír la voz de Dios que llama, levantarse y acudir a Jesús, cambiando radical­mente de esta manera la dirección de nuestra vida. Es, en otras palabras, volverse obedientemente a Dios para caminar en su dirección. O como lo definen muchos autores, es dar una vuelta de ciento ochenta grados. En fin, es reconocer y poner en práctica lo que hizo el hijo pródigo cuando en el peor momento de su vida se halló sin trabajo, con hambre y sin dinero: reconocer su situación espiritual, recordar las venta­jas de estar en la casa del padre, levantarse de en medio del chiquero y regresar al padre. Eso es arrepentimiento. Al regresar a la casa paterna, confesó su pecado y el padre lo recibió con gran gozo.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Poder de su Presencia”

Por Alberto Mottesi

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