Predicaciones – Los Dos Palos de la Cruz 2

 

Continuemos.

Jesús dijo que el Reino de Dios es como la levadura que una mujer puso en la masa de su pan. La levadura se reprodujo y permeó toda la masa. Donde hay un cristiano tiene que haber buena levadura, tiene que permear y fermen­tar toda su Jerusalén, luego tiene que hacerlo con su Judea, después pasarse a Samaria, y así hasta lo último de la tierra.

Así es el evangelio, no solo toca el «aspecto espiritual» de la vida, sino que toca toda la vida haciéndolo todo espiritual. Es que el hombre de Cristo no vive una dicotomía, por un lado el área espiritual y por otro todo lo demás. Sí el «todo lo demás» no está incluido en lo espiritual es posible que nos hallemos predicando otro evangelio.

Tan espiritual debe ser para Dios un momento sublime de oración y derramamiento de la vida en su presencia, como espiritual debe ser el cristiano que en medio del ajetreo de la vida tiene que lidiar con las cosas que no le gustan, como manejar en una autopista atorada de vehículos, o tener que arar la tierra cuando la lluvia arrecia, o tener que ir y presentar un examen en la universidad.

Las implicaciones temporales del evangelio afectan toda la vida individual y toda la vida externa. Afectan a la Iglesia como tal, y afectan al mundo externo en que ministra y se mueve esa Iglesia. El evangelio no es solo la vida típica de la Iglesia: culto, cantos, predicación, reuniones, compañerismo. El evangelio, es como Jesús: caminar las calles diarias de la vida e ir «haciendo bienes»; es tocar vidas e ir dejando las «marcas de Cristo y su cruz» por donde quiera que vayamos.

¡Qué lucha continua tiene Dios con nosotros! Constante­mente nos inclinamos hacia uno de los extremos. Dice el misio­nero Bill Prittchet: «Cuando uno no puede ver un extremo de la cuerda, lo más seguro es que está parado en el otro extremo». Que necesario es moverse en un punto de balance y libertad.

Muchos cristianos, especialmente en el llamado Tercer Mundo, hemos hecho de la Iglesia un arca de Noé. Ante la inminencia del peligro externo, todos corremos a refugiarnos en el arca, allí estamos muy cómodos, hay calor, hay comida, hay confort, hay protección; mientras que los que viven afuera experimentan: miedo, carencias, agonía, muerte y destrucción.

La Iglesia no debe ser un arca de refugio; ella es un hospital para curar, ella es escuela para enseñar, ella es cuartel para entrenar. Pero el ministerio está afuera. El ministerio que la Iglesia hace adorando dentro las paredes de su edificio, no es ministerio completo, si luego no sale a la calle a servir. La adoración que no produce servicio no es verdadera adoración. Por eso la Iglesia tiene que ver la calle, la universidad, las escuelas, las fábricas, los barrios margi­nales, las zonas residenciales de los ricos, los prostíbulos, las casas de gobierno, los parques, los centros políticos, los clubes deportivos, los centros gremiales, las oficinas, etc. como los lugares donde ella debe servir.

La iglesia que se refugia del diluvio externo en su propia arca, debe oír la voz de Dios que la llama y dice: «Sal del arca… y vayan por la tierra y fructifiquen y multiplíquense sobre la tierra» (Génesis 8.16a, 17b). Por lo pronto la Iglesia todavía está en el mundo. Esta es la relación horizontal del otro palo de la cruz.

Pero lamentablemente esos evangelios fáciles, cuya tónica son las ofertas utilitarias, crean una generación de creyentes sin espíritu de siervos. Estos son los que cuando oran, dicen: «Señor, YO quiero, YO deseo, YO pienso, YO siento, YO opino, YO pido… a MI me gusta, a MI me parece,… ¡Vamos, por favor!, ¿quién es el que debe estar en control: Jesucristo o el creyente que ha endiosado su propio YO? Pareciera que han tergiversado la parábola, y en vez de que el Señor diga: «Amárrate el delantal y sírveme», ellos se sientan en el trono, y quieren que Jesús siga siendo «siervo» de ellos.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Poder de su Presencia”

Por Alberto Mottesi

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