Predicaciones – Los Dos Palos de la Cruz 4

 

Continuemos.

Me atrevo a pensar que Jesucristo se sentiría muy incómodo después de un rato sentado en las bancas de nuestros edificios de reunión. No lo dudo, seguro que Él también adoraría, alabaría al Padre, participaría de la Palabra, y de la comunión con los santos; pero muy pronto saldría de allí, para ir en busca de la «oveja perdida»; ¿cómo podría Él estar en paz, sabiendo que hay noventa y nueve cómodamente sentadas en las bancas de la iglesia, pero que hay una, una sola, que gime buscando redención allá afuera? Si Él tuviera que haber muerto por una sola persona perdida en el mundo, lo habría hecho.

En su modelo ministerial Cristo hacía varias cosas: ense­ñaba a sus discípulos; predicaba a los incrédulos; sanaba las dolencias del alma, y sanaba las enfermedades del cuerpo; y tenía compasión como para llenar todo tipo de necesidades en los abandonados de la vida.

Nuestro modelo para el ministerio no proviene de nuestra cultura. Nuestra cultura nos da una cosmovisión del mundo en que crecimos, del mundo que nos rodea, y del mundo a quien servimos la Palabra. Nuestra cultura nos permite en­tender al hombre y la sociedad a quien ministramos. Pero esa cultura a la que servimos tampoco determina nuestro minis­terio. La cultura es solamente el escenario donde nos encon­tramos con el hombre a quien ministramos. La cultura nos provee el vehículo para ministrar: idioma, costumbres, ilus­traciones, comunicación, homogeneidad y patrones de con­ducta. Nuestro ministerio está determinado por la conjunción de trabajo del Poder y Sabiduría del Espíritu Santo con la verdad de la Palabra de Dios. El mensaje ya está establecido. Nada hay que agregarle, nada hay que quitarle. No se adapta, no se conforma, no se vende, no se parcializa.

Tampoco los patrones políticos, tan variados en la América Latina; o los diferentes estilos religiosos condicionan nuestro ministerio. En el momento en que el hombre de Dios, o el cristiano común interpreten la vida y el propósito de Dios a la luz de un sistema político dado; o a la luz de un estilo religioso (ya sea por sus dogmas o modo de hacer el culto), en ese momento se ha vendido el ministerio, y de la depen­dencia del Espíritu Santo, se ha caído a la dependencia de los hombres.

Nuestro modelo para hacer la obra de Dios es el de Jesús mismo: a los que el Padre nos ha dado, les enseñamos, los discipulamos; a los que no tienen a Cristo, les predicamos; a los que están dolidos (especialmente en su alma), y los que están enfermos (en su cuerpo) los sanamos. Nosotros nos movemos por una profunda compasión por todo ser humano. En los que están dentro del redil vemos a hermanos amados y les servimos, y a los que están afuera, hacemos lo que es bueno y necesario para alcanzarlos para el Reino de Dios.

Por eso me gusta la oración modelo de Jesús, el Padre Nuestro, una oración con una profunda carga misionera, y que nos presenta las dos dimensiones de la cruz: la horizontal y la vertical. Primeramente comienza hablando del «Padre nuestro que estás en los cielos», de su inmanencia, de su ausencia de límites; nos hace clamar para que su Reino y su autoridad vengan sobre nosotros. Luego, en la segunda parte, nos lleva al trato con nosotros mismos y con nuestro prójimo.

Es que en el Padre Nuestro se da claramente el hecho que antes hemos comentado: toda relación legítima y verdadera de adoración a Dios en «espíritu y en verdad», nos debe llevar al servicio al prójimo. Y servicio tiene también dos dimensio­nes: primero proclamación evangelizado» seguida de sani­dad y compasión, y luego enseñanza para madurar a los recién nacidos del Reino.

Naturalmente hay ministerios que son especializados. El nuestro es fundamentalmente la proclamación; sin embargo, tenemos una área de ministerio de compasión que como los brazos abiertos de la cruz se extiende para tocar las vidas de muchos necesitados. También le voy a compartir enseguida como hacemos mucho de nuestro trabajo de proclamación.

No lo olvidemos, sin bien la cruz es una unidad global, ella está formada por dos palos: uno vertical que nos acerca a Dios, y otro horizontal que nos acerca a nuestro prójimo, recor­dándonos continuamente nuestros dos enfoques principales: «Amarás al Señor tu Dios… y a tu prójimo, como a ti mismo».

Extracto del libro “El Poder de su Presencia”

Por Alberto Mottesi

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