Su nombre es Pablo. Tiene el cabello desaliñado, luce una camiseta agujereada y pantalones desflecados. Éste fue literalmente su vestuario durante sus cuatro años de universidad. Es brillante, un poco místico y muy, muy inteligente. Se convirtió a Cristo mientras asistía a la universidad. Frente al campus universitario se encuentra ubicada una iglesia conservadora, de gente bien vestida. Ellos desean desarrollar un ministerio con los estudiantes, pero no están seguros de cómo hacerla.

Un día, Pablo decidió asistir a un culto en esa iglesia. Entró con zapatillas, pantalones rotos y el pelo largo. El culto ya había empezado, así que Pablo se encaminó por el pasillo buscando un asiento. La iglesia estaba repleta y no pudo encontrar ninguno. Para entonces, la gente estaba un poco incómoda, pero nadie dijo cosa alguna. Pablo se acercó más y más al púlpito y, cuando se dio cuenta de que no había asientos vacíos, simplemente se sentó en la alfombra. Aunque ésta sería una conducta aceptable en una comunidad universitaria, créanme, nunca había pasado en esta iglesia antes. La gente se puso cada vez más tensa y el ambiente enrarecido.

En ese momento, el ministro observó que desde la parte de atrás del templo, un diácono se dirigía lentamente hacia donde estaba Pablo. Ahora bien, el diácono estaba en sus ochenta, tenía pelo grisáceo y llevaba puesto un traje de tres piezas. Era un hombre de Dios, muy elegante, muy digno y muy apropiado en sus maneras. Caminaba con un bastón en dirección al muchacho. Todos se decían a sí mismos que no podrían culparlo por lo que estaba a punto de hacer. No se podía esperar que un hombre de su edad y trasfondo comprendiera que un universitario moderno se sentara en el piso. Le tomó bastante tiempo al hombre llegar al frente. La iglesia estaba en total silencio, excepto por el sonido del bastón del anciano. Todos los ojos estaban puestos sobre él. Ni siquiera se podía oír a nadie respirar. El ministro no comenzó su mensaje hasta que el diácono hiciera lo que tenía que hacer.

De pronto, observó que el anciano dejó caer su bastón al piso. Con gran dificultad, se agachó y se sentó junto a Pablo y adoró a Dios a su lado para que no estuviese solo. Todos se sintieron profundamente emocionados. Cuando el ministro recobró el habla, dijo: «lo que voy a predicar ahora, ustedes nunca lo recordarán. Lo que acaban de ver, nunca lo olvidarán».

PARA PENSAR Y PRACTICAR

Sea un ejemplo en todo. El 89% de lo que la gente aprende proviene de un estímulo visual, el 10% de un estímulo auditivo y el 1% de otros sentidos. ¡Lo que oyen entienden, lo que ven creen! Moody dijo: «Cada Biblia debería estar forrada en suela de zapatos». Entonces, tengamos cuidado de cómo vivimos. Bien podríamos ser la única «Biblia» que alguna persona lea.

Predique con su ejemplo. No seremos recordados por nuestras palabras, sino por nuestras acciones. Francisco de Asís dijo: «Predique siempre el evangelio y, si es necesario, use palabras».

Sea una persona consagrada a Dios. Juan Wesley dijo: «Denme cien personas que no le teman a otra cosa que al pecado y que no posean otra pasión que Cristo; y poco me importará que sean laicos o pastores ordenados. Solamente ellos conseguirán sacudir las puertas del infierno y establecer el reino de los cielos sobre la tierra».

Sea apasionado en su vida cristiana. «La religión es un plato que debe servirse bien caliente. Una vez que se enfrió, produce asco. Nuestro bautismo debe ser con el Espíritu Santo y con fuego, si pretendemos que las multitudes escuchen el evangelio» (Carlos Spurgeon).

Sea un cristiano de convicciones firmes. Para causar un impacto en el mundo, deje que Jesús cause un impacto en usted. · No haga nada que su conciencia no apruebe. John Ray dijo: «La buena conciencia sirve de buena almohada».

Procure dejar el mejor legado. Vivir para el Señor deja una herencia duradera. Las personas que tienen la mira en el cielo, son las que hacen el mayor bien en la tierra. Viva hoy de la manera en que querrá haber vivido cuando comparezca ante Dios.

Lectura bíblica: «Es evidente que ustedes son una carta de Cristo… escrita no con tinta sino con el Espíritu del Dios viviente; no en tablas de piedra sino… en los corazones» (2º Corintios 3:3).

Extracto del libro “Familias Con Futuro”

Por José Luis y Silvia Cinalli

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