Cierta vez una pareja, modestamente vestida, descendió del tren en la estación de Bastan y se encaminó tímidamente, sin tener cita, a la oficina del rector de la Universidad de Harvard. Cuando la secretaria los vio llegar, frunció el ceño e ignoró su presencia. Después de un largo rato anunció al catedrático la presencia de los visitantes.

– Señor Rector – dijo la secretaria, un pobre matrimonio insiste en verlo.

El hombre suspiró con indignación y, contra su voluntad, decidió atenderlos. Con el propósito de desembarazarse de ellos rápidamente, les preguntó qué deseaban. La dama, entonces, respondió: Tuvimos un hijo que asistió a esta universidad durante un año. Él amaba este lugar y estaba muy contento aquí. Pero el año pasado murió trágicamente y, por ese motivo, a mi esposo y a mí nos gustaría erigirle un monumento.

El presidente, sin impresionarse en lo más mínimo, y de mala manera, le contestó: No podemos erigir una estatua a cada persona que haya asistido a nuestra universidad y haya muerto; Harvard parecería un cementerio.

– Oh, no, explicó rápidamente la mujer, no queremos erigir una estatua. Hemos pensado más bien en construir un edificio en el predio de esta universidad para que cientos de jóvenes puedan estudiar.

El presidente, mirando detenidamente a esa pobre pareja, exclamó: ¿Un edificio? ¿Tiene usted idea de lo que cuesta un edificio? Tenemos más de siete millones de dólares invertidos en la estructura edilicia. No me hagan perder más el tiempo; por favor, retírense.

Por un momento la señora permaneció en silencio. Ahora el rector estaba contento. Había logrado deshacerse de ambos. La dama entonces, mirando a su esposo, le dijo tímidamente: Si eso es lo que cuesta una universidad, ¿por qué no establecemos una?

Su marido estuvo de acuerdo. Al instante, el señor y la señora Stanford abandonaron la oficina, viajaron a California, y allí fundaron la universidad que lleva su nombre.

PARA PENSAR Y PRACTICAR

El consejo de este incidente verídico es claro: Observe más allá de lo que ven sus ojos naturales. Una conclusión precipitada podría hacerle perder una gran oportunidad. «Estar seguro de sí mismo es el rasgo que permite ver la victoria donde los otros ven la derrota; encontrar esperanzas donde los otros sólo ven el lado pesimista; ver las oportunidades donde los otros ven los obstáculos» (James B. Arkebauer).

Valore a las personas no por sus apariencias y respételas a todas por igual. «Cuando tratamos a una persona como lo que ya es, la hacemos peor de lo que es. Cuando la tratamos como si fuera lo que potencialmente podría ser, la convertimos en lo que debería ser» (D. Goethe).

Lectura bíblica: «La gente se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón» (1º Samuel 16:7).

«Hermanos míos, que vuestra fe sea sin acepción de personas» (Santiago 2:1).

Extracto del libro “Familias Con Futuro”

Por José Luis y Silvia Cinalli

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