Familias Cristianas – Vivamos Libres de la Falta de Perdón 1

 

Siempre que tengo que pedirle perdón a mis hijos por algo, les digo que necesito oírles decir «te perdono». No lo hago solo porque yo lo necesite oír; sino porque ellos precisan decirlo y ser libres completamente. De igual forma, si mis hijos discuten entre sí, les pido que se digan uno al otro, «lo siento» y «te perdono». Incluso si en ese momento no lo sienten de corazón, sé que con el tiempo lo que digan llegará a su alma.

Por supuesto, es mejor si declaran estas cosas espontáneamente, sin tener que recordarles que lo digan, pero hasta que eso suceda, lo anterior es mucho mejor que nada y esperar que el perdón ocurra.

Yo les he instruido: «Perdonar es una decisión que uste­des toman. Si no perdonan, eso acarrea muerte a sus vidas en alguna forma. La mejor forma de convertirse en un perdonador es orar por la persona que se necesita perdonar. Aunque al principio parezca difícil, una vez que comienzan y encuen­tran más y más motivos para orar, notarán que sus corazones se vuelven tiernos hacia esa persona».

He observado muy de cerca, e imagino que usted también, a familias que esperan que el perdón surja. No perdonan hasta que sienten el deseo de hacerlo. Como resultado, se producen a menudo serias divisiones entre los miembros de la misma. Están acostumbrados a decirse cosas negativas entre sí, o unos de otros, o tal vez ni se hayan hablado por años. Una falta definida de gentileza y de apreciación mutua rodea cada palabra y acto, porque un espíritu de rencor ha encontrado hogar ahí. Una familia entera sufre cuando uno o más miem­bros adoptan la postura de no perdonar.

Como parte del honrar a padre y madre y poder recibir la promesa de larga vida y bendición que acompaña a ese mandamiento, cada hijo necesita perdonar a ambos padres por sus imperfecciones y por cualquier cosa dañina que pudieron hacer. Además, necesitan perdonar a hermanas, hermanos, tías, tíos, primos, abuelos, conocidos, amigos, enemigos, y a veces a sí mismos, y necesitamos animarles a que lo hagan. Si no enseñamos a nuestros hijos a perdonar, no les estamos haciendo ningún favor y de ello pueden resultar serias consecuencias.

Entre los mejores pasos que podemos dar para conducir a nuestros hijos a la libertad del rencor, además de enseñarles a ellos a perdonar y orar para que caminen en misericordia, está el librarnos nosotros mismos de la falta de perdón. Es tan fácil que el rencor forme parte de nuestras vidas, que lo llevamos con nosotros dondequiera que vayamos, sin darnos cuenta que cargamos exceso de equipaje.

Cuando yo aprendí que el perdón no le da la razón a la otra persona, sino que te hace libre, fue cuando pude atravesar la barrera en este asunto. Siempre pensé que al perdonar a otra persona yo estaba diciendo » Lo que tú hiciste está bien», pero no es así. Perdonar es confiar en que el Señor es el Dios de la justicia según Él mismo declara, y decir: «Padre, ya no voy a atar a esa persona a mi vida por causa del rencor». Es reconocer que Dios sabe la verdad y permitir que Él sea el juez, porque Él es el único que conoce toda la historia.

Seremos bendecidos si le confesamos a Él nuestra falta de perdón, oramos para ser libertados de ella, y luego descansa­mos y esperamos a que Dios haga lo correcto mientras disfru­tamos sus bendiciones. ¿No es eso más placentero que vivir en la prisión del rencor y sufrir la enfermedad que eso trae a nuestras almas, cuerpos, relaciones y vidas?

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Poder de los Padres Que Oran”

Por Stormie Omartian

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