Predicaciones – Algo Que Toca el Corazón de Dios 3

 

Continuemos.

Hay una historia que ilustra muy adecuadamente lo que produce el liberalismo rampante que impera en nuestra cul­tura y que además muestra el resultado de la santidad bíblica practicada en la familia: «En el año de 1900 un historiador realizó un estudio comparativo entre dos familias del tiempo de la colonia que llegaron a Estados Unidos en la misma época. Estas familias fueron los Jukes y los Edwards. Los Jukes provienen de un inmigrante cuya familia a través de las generaciones sumó mil doscientos miembros. De estos, solo veinte tuvieron un trabajo fijo. Así que para el 1900 esta familia Jukes le costó al estado de Nueva York la friolera suma de un millón doscientos cincuenta mil dólares en ayuda social. Esta familia dejó una estela de problemas y cargas para el estado y los demás ciudadanos de la nación. La otra familia, los Edwards, venía de Jonathan Edwards, uno de los grandes predicadores de la santidad bíblica. En esta familia, a través de los años, encontramos tres rectores de universidades, sesenta y cinco profesores universitarios, cien abogados, uno de ellos rector de una importante escuela de derecho, treinta jueces, sesenta y cinco médicos, uno de ellos rector de una escuela de medicina, tres senadores, alcaide importantes ciudades, gobernadores de tres esta­dos un vice presidente de Estados Unidos… y la cuenta parece no terminar. Su amor por el ministerio cristiano era muy evidente: más de cien miembros de la familia fueron misio­neros en ultramar».

Frente a testimonios tan evidentes, me quedo con los principios bíblicos y santos para el hogar, porque estos pro­ducen hombres íntegros que saben andar en la presencia del Señor. Por nuestra parte, como Asociación Evangelística, no cree­mos que nuestro ministerio solo se lleva a cabo mediante actividades masivas de proclamación. También ministramos uno a uno, en grupos pequeños, a veces en situaciones anónimas. Lo hacemos mediante seminarios, talleres, grupos de trabajo, conferencias, predicaciones, consejería y otros medios prácticos y lícitos. Porque no somos sordos al clamor que de todas partes brota: si queremos salvar al mundo, si queremos sanar la tierra, si queremos que nuestros niños crezcan en un mundo sano, ¡es necesario que antes salvemos la familia!

 

Ese Pedacito de Vida.

¡Finalmente el circo había llegado! La música alegre de esa banda no era para mí señal de otra cosa. Los niños corrían alboro­zados por las calles. ¡Qué Impresión cuando oí el rugido de un león!, pero bueno, yo no tenía miedo… al fin y al cabo el león estaba dentro de su jaula. Los elefantes me impresiona­ron, era la primera vez que los miraba. Grandes, enormes, se movían de un lado a otro y con sus trompas parecían alcan­zarlo todo. Había caballos amaestrados, perritos que jugaban al fútbol, osos que jugaban con grandes balones de goma, focas, pingüinos, llamas, camellos y… ¡qué sé yo que más había! Pero la alegría de todos los niños eran los payasos. ¡Qué cómicos, qué trucos se hacían los unos a los otros, qué carcajadas! ¡Creo que en ese momento hasta los adultos actuaban como niños!

Admiro a los payasos de los circos. Pero he aprendido a admirar a otro tipo de payasos. Se visten igual que los de los circos. También hacen reír y a veces llorar. Pero sobre todo hacen pensar. Es Imposible verlos y oírlos sin darse cuenta que su mensaje es tan válido e importante como el del más reconocido de los evangelistas. Son los payasos cristianos. Hombres y mujeres que se especializan en llevar el mensaje de Cristo a los niños de una manera alegre sin desmerecer su contenido ni su seriedad. Los encontramos en las Iglesias, en los orfanatos, en los hospitales, en las esqui­nas de calles muy transitadas, en los parques y aun en fiestas particulares. Pienso en ellos y recuerdo a Pablo diciendo (y esta es una paráfrasis mía, porque también es mi convicción: «No me importa cómo ni de qué manera predican, lo impor­tante es que Cristo es anunciado».

Ese día, sus ojos penetrantes y llenos de ternura resalta­ban en medio del maquillaje. Todo el atuendo y colores desbordantes de su presentación como payaso no podían apagar la vivacidad de su mirada. Había algo cálido en él. Me había reído igual que un niño. Y recordé que el que no es como un niño, no puede entrar en el Reino. Le di gracias a Dios.

—¿Sabes por qué el Señor bendecirá tu ministerio? —me preguntó aquel precioso evangelista dominicano dedicado a la niñez.

—¿Por qué? —le respondí casi con ingenuidad.

—Porque amas a los niños —me replicó él.

Aquella declaración allá por el año de 1985 toco mi corazón.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Poder de su Presencia”

Por Alberto Mottesi

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