Guerra Espiritual – Desarrollando la Vida de Oración Personal 7

 

Continuemos.

Los Decretos Constitucionales Generales.

Por mandato del mismo Dios, esta esfera oculta de la actividad demoníaca que opera en el reino in­visible de la tierra, se mantiene bajo cierto control por un solo y único hecho. Esas multitudes de per­sonalidades inteligentes no son controladas por el poder de los ejércitos, ni por las fuerzas navales, ni por las fuerzas aéreas o la policía. Las armas de fue­go, las bombas, los aviones y los tanques no tienen efecto contra ellas.

Por propia elección de Dios, y con el objeto de enseñar a los miembros de «su no­via» a vencer como preparación para el gobierno eterno con Cristo, el único poder que controla a esos principados y potestades invisibles es el poder del Espíritu Santo liberado por la oración y la fe del pueblo santo de Dios.

Aunque toda autoridad en los cielos y en la tierra le pertenece a Cristo, y sólo a Cristo, ahora, él ha conferido oficialmente dicha autoridad sobre Satanás a los miembros de su cuer­po, la iglesia: «He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará» (Lucas 10:19).

No fue aquélla la primera vez que la Deidad de­legó la autoridad sobre Satanás. Según se relata en Apocalipsis 12, cuando el diablo y sus seguidores fueron expulsados del cielo, no fue la intervención personal de Dios lo que le obligó a descender a la tierra. En aquella guerra celestial, Dios delegó la autoridad sobre Satanás en Miguel y sus ángeles, quienes se convirtieron en representantes o agentes de la Deidad y lanzaron a Satanás «como un rayo» de la esfera celeste.

 

La Delegación de la Autoridad.

Después del regreso de los setenta discípulos a quienes Jesús envió a evangelizar, la autoridad que habían ejercido Miguel y sus seguidores se delegó en aquéllos. El mismo poder y la misma autoridad que anteriormente se les había confiado al arcángel y a sus huestes, le fueron entonces conferidos ofi­cialmente a la iglesia.

Lucas 10:19 es un decreto general constitucional y gubernamental, cargado con toda la autoridad del cielo. Del mismo modo que una vez se dio a Miguel y a sus fuerzas autoridad sobre Satanás y su jerarquía, así se ha nombrado ahora vicario y agen­te de Dios en la tierra a la iglesia.

Aunque toda la autoridad le pertenece solamen­te a Cristo, ahora parece que desde el momento de su ascensión y del nacimiento de la iglesia, él esco­ge ejercer dicha autoridad exclusiva y solamente por medio de la oración y de la fe de ésta. Se trata de la única manera en que la iglesia, su novia elegi­da, puede ser preparada y aprenda a vencer, lo cual es un requisito necesario para gobernar en el siglo venidero: «Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono» (Apocalipsis 3:21).

Permítame recordárselo de nuevo: Ya que la oración es un aprendizaje, Cristo, la cabeza, ha li­mitado voluntariamente el ejercicio de su autori­dad en los asuntos terrenales a los miembros de su cuerpo. Le pertenece a la novia: Ella es sus manos y sus pies, la agencia de imposición del cielo.

Puesto que toda la autoridad sobre Satanás en los asuntos terrenos ha sido delegada en su iglesia, ni siquiera el mismo Cristo ejerce ninguna autori­dad en los negocios del mundo excepto por medio de la oración y la fe de ésta. He aquí la razón por la cual la oración pertenece al terreno de la acción y debiera ser la ocupación principal de la iglesia. Dios no hace nada sino mediante la oración.

Por lo tanto, la gente que ora forma el cuerpo político del mundo, y la iglesia mantiene el equili­brio de poder en los asuntos mundiales. No sólo habrá de ser ésta la fuerza que rija y gobierne el orden social en los siglos futuros, sino que lo es aún ahora en este palpitante momento presente. La iglesia que ora está en realidad decidiendo el curso de los acontecimientos humanos por medio del poder de su oración y en la medida en que lo utiliza. Algún día descubriremos que la oración es el factor más importante en lo referente a modelar el curso de la historia humana.

Extracto del libro “Destinados a Vencer”

Por Paul E. Billheimer

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