Guerra Espiritual – El Calvario, ¿Derrota o Victoria? 2

 

Continuemos.

Todos conocemos bien la historia de la caída del hombre, pero no todos comprendemos de qué ma­nera afectó al señorío del hombre sobre la tierra. Cuando en el momento de la caída el hombre trans­firió su lealtad de Dios a Satanás, también le tras­pasó a éste su dominio.

Ya que el señorío de este mundo era un verdade­ro don de Dios al hombre, éste tenía el derecho legal de hacer con el mismo lo que escogiera. Puesto que había sido dado al hombre, el dominio de esta tierra no estaba ya bajo el control directo de Dios. Luego, dejó de ser del hombre, ya que éste se lo en­tregó a Satanás. Por lo tanto, Satanás se convirtió en el gobernante legal y verdadero de este mundo; por eso en la Escritura encontramos que se le caracteriza como «el dios de este siglo», y «el príncipe de este mundo»; también como «el príncipe de la po­testad del aire».

El trono, el señorío de esta tierra, que en un principio fue dado al hombre, llegó a ser legalmente de Satanás.

 

Un Asunto Legal. 

¿Por qué no pasó Dios por encima del hombre y arrebató por la fuerza el dominio a Satanás para quedárselo él mismo?

Hay implicada una cuestión legal muy importante. Si Dios hubiera hecho aque­llo, habría violado principios legales que eran parte de su creación y una expresión directa de su natura­leza.

De haber pasado Dios por encima del hombre y arrebatado el control al diablo, aquello hubiera sido recuperarlo sin el «debido proceso legal», vio­lando la justicia divina. Porque Dios se ha ligado a sí mismo a la observación de principios de jurispru­dencia divina incluso en lo referente a Satanás, el «padre de mentira». Él no es injusto ni siquiera con Satanás.

 

La Esclavitud del Hombre a Satanás. 

Puesto que el hombre le traspasó a Satanás el título de dominio sobre esta tierra, la única manera que Dios tenía de recuperar legalmente el mismo y devolvérselo al hombre, era por medio del hombre, el administrador original del mundo.

La tierra le fue dada al hombre, y más tarde fue apartada de Dios y del control del hombre por la elección de este último. Debía serle devuelta a la raza humana por un hombre, ¿pero dónde estaba el hombre que podía hacerlo?

Cuando Adán traspasó su lealtad de Dios a Sa­tanás, y con ella también el dominio del mundo, el hombre dejó de ser libre y se convirtió en esclavo del diablo. Siendo posesión y estando bajo el con­trol de Satanás, no había manera de que pudiera liberarse a sí mismo.

Había que encontrar a un hombre sobre el cual Satanás no tuviera ningún derecho o control para que encabezara un movi­miento cuyo objetivo sería volver a traer al mundo a su lealtad original. Dicho hombre debería quitar­le a Satanás su derecho legal sobre la tierra antes de que ésta le pudiera ser devuelta al administra­dor original.

Este hombre tenía que formar parte del grupo de administradores de confianza con objeto de ser apto para participar en la batalla legal de recupera­ción de la tierra, la cual era don de Dios al hombre. También tenía que ser sin mancha ni contamina­ción de pecado. Había de ser absolutamente perfec­to para no proveerle a Satanás ningún derecho legal sobre él. No podía ser hijo de Adán, porque enton­ces tendría la mancha de aquél; y si tenía dicha mancha, no podría vivir una vida perfecta. Si no vivía una vida perfecta, sería un esclavo de Satanás como todo el resto.

Si no fuera perfectamente humano, no sería apto para tomar parte en la batalla legal; y si no fuera divino, Hijo directo de Dios, no podría vivir una vida perfecta, y por lo tanto quedaría bajo el control de Satanás y sería eliminado de la batalla. Todo dependía de aquellos dos factores.

En caso de que alguien pretenda decir que no importa si Jesús era divino o no, ello sólo puede ser el resultado, bien de una malicia premeditada, o de unas ideas criminalmente descuidadas. 

Si Cristo no es hijo de María y el Hijo de Dios en virtud de una concepción sobre natural, entonces era hijo de María y de José, y he­redó la naturaleza caída de Adán como el resto de nosotros; y si heredó de Adán, era esclavo de Sata­nás y, por consiguiente, tanto legal como moralmente inepto para tomar parte en la batalla.

Extracto del libro “Destinados a Vencer”

Por Paul E. Billheimer

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