percances-o-accidentes-de-guerraGuerra Espiritual – Percances o Accidentes de Guerra 2

 

Continuemos.

Note cómo Pablo ya empieza a ceder a este espíritu de discusión, y ahora, entra otra vez en la red enemigo, cayendo en una argucia intelectual: Hechos 17.19-21.

Los griegos no estaban buscando a Dios ni su corazón era sencillo para recibir la salvación. Sus mentes estaban cautivas por el espíritu territorial y logran envolver a Pablo en el juego. El apóstol, después de un elocuente discurso sobre el Dios no conocido, termina avergonzado por las burlas de los Atenienses, y tan sólo queda en esa ciudad un pequeño grupito de creyentes.

La reacción de Pablo ante esa derrota de la cual se da cuenta claramente, es entrar a Corinto en un espíritu totalmente opuesto. Me es claro, por la forma en que se dirige a los corintios, que debe haber tenido un fuerte encuentro con el Espíritu Santo entre una ciudad y otra. Fíjese en el radical cambio que tiene su predicación: «Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría, pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna, sino a Jesucristo y éste crucificado. Y estuve con vosotros con debilidad y mucho temor y temblor. Y ni mi palabra ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder…» (1 Corintios 2.1-4).

Lo que está haciendo es actuar en el espíritu contrario al espíritu de Grecia, y cortar toda alianza en su mente y en su personalidad que lo asocie con este espíritu. Ante la sabiduría de los griegos, él decide no saber nada, sino a Jesucristo. Ante la arrogancia, se presenta con temor y temblor. Ante las discusiones, la sencillez y la demostración del poder de Dios. El resultado fue una iglesia a la que se agregó mucho pueblo, y pudo tener grandes discípulos en ese lugar.

En nuestro caso, cuando peleamos contra fuerzas territoriales, lo más importante es estudiar cómo actúan, romper las alianzas que tengamos en nuestra alma con dichas características y, luego, operar en el espíritu contrario. Por ejemplo, si vamos a pelear contra «la reina del cielo» o la gran Babilonia, lo primero que dice la Escritura es: «Y oí otra voz del cielo que decía: ¡Salid de ella pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados y recibáis parte de sus plagas!» (Apocalipsis 18.4).

Entonces, lo que hacemos es extraer de la Biblia y de la historia todos los posibles rasgos de cada una de las reinas que habla la Escritura. Sin entrar en una lista exhaustiva, tenemos algunas de ellas:

La reina Vasti. Era vanidosa, irrespetuosa de la autoridad. Su ego era por encima de la voluntad de su marido. Le era fácil desobedecer y era rebelde. Sus asuntos estaban por encima de cualquiera, entre otros rasgos.

La reina Jezabel. Era manipuladora, gobernaba sobre su marido. Se oponía a la voz profética, no tenía temor de Dios, era idólatra y se consideraba profetiza. Seduce a los siervos de Dios a fornicar y a comer cosas sacrificadas a los ídolos. En esta fornicación, les enseña a sentirse a gusto cuando es comprometida la palabra de Dios. Los orilla a sentirse bien aunque hayan pecado. Es engañadora. Se tiene que salir siempre con la suya. Quiere imponer su voluntad a cualquier precio, aun si esto implica la destrucción de alguien. Es terriblemente idólatra. Jezabel está asociada con Pitón, que es un espíritu en forma de áspid. Este aniquila con la lengua, soltando su mortal veneno. Estrangula y sofoca a sus víctimas, hasta que hagan lo que él quiere.

La reina de Saba. Compra la gracia con presentes. Es seductora, sensual, aduladora, busca posicionarse con los grandes a través de sus favores, servicios y regalos.

La reina Atalía. Busca posición, poder y señorío, aun destruyendo a quien tenga que destruir (espiritu­ales y naturales). Ella está por encima de todos, y no hay quién se le oponga.

Hay otras más, pero no pretendo hacer un estudio profundo de la reina del cielo, sino establecer un principio que ha servido para salir intocables en la batalla.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Guerra de Alto Nivel”

Por Ana Mendez Ferrel

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