percances-o-accidentes-de-guerraGuerra Espiritual – Percances o Accidentes de Guerra 3

 

Continuemos.

La gran mayoría de los intercesores y guerreros son personas dedicadas a Dios, esforzadas en la oración, en desvelos y revelación; personas cuidadosas de su testimonio y que aman muchísimo a Dios y harían cualquier cosa por Él. Sin embargo, esto no los hace estar libres de peligro. Si a Pablo lo pudo enredar un espíritu y conducirlo a un fracaso, a nosotros también nos puede suceder.

En mi experiencia con miles de intercesores y soldados del Altísimo, he visto que la tendencia es enfocarse a las cualidades que Dios les dio, a sus dones espirituales, y de una manera humilde, están satis­fechos con que Dios les pueda pedir cualquier cosa, y están dispuestos a hacerla.

El diablo, ver personas con tan maravillosas carac­terísticas, va a buscar en las sutilidades de sus legalismos para poder atacar. Por esta causa, es que Dios nos mostró la importancia de un análisis de gran escru­tinio, con aquellas cosas con que nos identificamos con los espíritus territoriales.

Lo fácil es decir, «Yo soy una devota sierva de Dios. No tengo nada que ver con Jezabel». Sin embargo, Dios quiere que veamos a fondo nuestra naturaleza humana. En todos nosotros, si somos sinceros, hay rasgos de control, de manipulación, rebeldía y vanidad, entre otros. Por la simple razón que provenimos de una naturaleza caída que le dio estructura a nuestro carácter y a nuestra alma.

Desde que la persona es un bebé pequeño, empieza a manipular. La gran mayoría de los niños, la primera palabra que aprenden después de mamá y papá, es «No». El bebé no sabe ni cómo se llama, pero sabe imponer su voluntad. Poco a poco irá encontrando la manera de medir la tolerancia de los padres y manipu­larlos para hacer lo que él quiere.

Si alguien quiere saber cómo opera esta reina en su vida, mire cómo usted reacciona cuando alguien se opone radicalmente al sueño más importante de su vida. En algunos, es enojo y hasta ira, en otros tristeza y depresión y en otros, astucia. Todas estas reacciones tienen como objetivo manipular y controlar. Y es necesario reconocerlo y pedir perdón para que el diablo no nos toque.

Esto no es otra cosa que las primeras manifesta­ciones de la reina del cielo en nosotros. Esta es la naturaleza del hombre: rebelde, desobediente, controladora y llena de maldad. Aunque la gran mayoría de los intercesores y guerreros son personas guiadas por el Espíritu y santificadas en muchas maneras, créame, no sobra rascar en los recodos del alma. Hay cosas que a lo mejor, damos por sentado que no operan en nosotros y que ya hemos sido perdonados, pero que nunca han sido confesadas ni nadie le ha remitido ese pecado.

Cuando con el equipo de guerra buscamos estas alianzas con las características del espíritu con que vamos a pelear, tomamos un buen tiempo dialogando entre nosotros y sacando a la luz las cosas que hemos hecho que tienen que ver con esas actitudes. Desde el pasado más remoto de nuestra vida, los pensamientos que a veces se nos cruzan por la mente, las películas o los programas de televisión que hemos visto en que admiramos un héroe que tenía estas aversiones. En algunas ocasiones, Dios nos trae a la luz chistes que hemos contado o que hemos reído con ellos, donde se produjo la alianza con dicho espíritu. No estoy sugiriendo que apague el televisor de por vida y que nunca cuente un chiste, sino que reconozcamos la debilidad de nuestra naturaleza humana, que está desde luego en camino a ser perfeccionada.

Recuerdo una amada guerrera, que cuando nos preparábamos para hacer una guerra en los campos de concentración de Awshwitz, y analizábamos las características del espíritu de Hitler, se levantó, y dijo: «Definitivamente yo no me identifico con el espíritu de antisemitismo de Hitler». Entonces, hubo un silencio, y éste fue interrumpido por una compañera que le dijo: «Acuérdate de cómo nos hemos reído en la escuela con los chistes de Awshwitz». Ella se arrepintió, y fue tan claro para todos ver lo fácil que caemos en hacer cosas sutiles que nos identifican con la obra del diablo.

En la medida que reconocemos estas alianzas que a veces parecen insignificantes, adquirimos posiciones espirituales que nos dan autoridad para pelear sin peligro. Desde que entendimos este principio y lo llevamos a cabo, no hemos tenido un solo percance de guerra. Quizás esto no sea tan relevante para un cristiano común en una iglesia, pero desde luego sí lo es para un guerrero que quiere pelear contra las fuerzas territoriales.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Guerra de Alto Nivel”

Por Ana Mendez Ferrel

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