La Oración – El Cuadro de Honor de Dios 2

 

Continuemos.

Permítanme dar un ejemplo: Atravesaba la ciudad de Atlanta camino al aeropuerto para cumplir un compromiso importante, una conferencia en Carolina del Norte. Sin advertencia previa, el tráfico comenzó a volverse lento y luego se detuvo por completo. Un accidente muy grave había bloqueado todas las vías. Cuando me quedó claro que iba a perder el avión, oré: «Se­ñor, por favor, haz que ese vuelo se atrase de modo que cuando llegue al aeropuerto, lo pueda tomar».

Cuando al fin pude llegar a donde despachaban a los pasajeros, observé muchas personas dispersas por todas partes. Con seguridad, el vuelo había sido demorado. Con humildad y gratitud me pregunté si también Dios tendría otra cosa en mente. Comencé a orar para que el Señor dis­pusiera un encuentro a fin de minis­trar. En el curso de unos pocos momentos, una dama de negocios, bien vestida, se acercó mientras acarreaba sus maletas. Cuando se unió al resto de nosotros que esperábamos el vuelo, noté que parecía confundida. Con un movimiento de cabeza la saludé, y luego le pregunté:

—¿En qué le puedo ayudar?

—¿Cómo? —dijo, sin creer lo que oía.

Repetí mi oferta.

—Usted no me puede ayudar en nada —respondió amablemente pero con absoluta firmeza.

—Bueno, creo que sí puedo hacer algo por usted, pero no sé lo que es. En cambio, usted sí lo sabe. A propósito, mi nombre es Bruce —luego le sonreí y, con toda calma, le pregunté de nuevo—: Así, pues, ¿qué puedo hacer por usted?

Amigo, ¿alguna vez ha visto al Espíritu Santo que irrumpe a través de las barreras emocionales y espirituales precisamente delante de sus ojos? Es una experiencia que nunca olvidará. La mujer respiró hondo, después se apoyó en la pared y comenzó a expresarse: Bueno, vuelo a casa para divorciarme de mi esposo —dijo—. Por eso espero tomar este vuelo.

Las lágrimas inundaron sus ojos. Le sugerí que fuésemos a un rincón más tranquilo en la sala de espera y le pedí al Señor que pusiera su protección alrededor y entre nosotros. Se llamaba Sophie. Su traje, muy bien confeccionado y los accesorios de cuero italiano, escondían una per­sona quebrantada que huía de la desi­lusión y la desesperanza. El esposo le era infiel, además, la había herido en diversas maneras. Aunque quiso hacer las cosas bien, ahora estaba en el límite, pues tenía suficiente. Cuando llegara a su casa, sacaría los papeles de divorcio de su cartera.

La asistente de la puerta nos interrumpió: —Asheville, ¿verdad? Van a perder el avión.

Fuimos los últimos en abordar el aparato. Ahora Sophie estaba inquieta porque nuestra conversación se había detenido y ella no había terminado.

—El Señor nos pondrá juntos —dije, sin creer mucho en la confianza que resonaba en mi voz.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Sophie.

—Bueno, así como a Él no le costó ningún trabajo ha­cer la tierra, nos puede conseguir dos asientos juntos.

Pero cuando comparamos los pasajes, descubrimos que estábamos separados por cinco filas. Cuando llega­mos a mi silla, el hombre que se sentaba en el puesto del medio, al pie de Sophie, y que nos oyó hablar se volvió y dijo: Aborrezco los puestos del centro. Cambiaré mi asiento con usted de modo que se puedan sentar juntos.

Sophie se hundió en la silla al lado mío, momentánea­mente sin habla. Durante el vuelo conversamos acerca de sus opciones. Le compartí algunos principios bíblicos y diversas promesas. También oré por ella y cuando aterri­zamos en Asheville, el perdón la quebrantó. Aún estaba dolorida, pero tenía paz y se mostró decidida a dar a su ma­trimonio el compromiso y ajuste que merecía.

Cuando recuerdo esta cita divina, puedo apreciar las huellas de Jabes y de su corta oración. Pedí y esperé la bendición de Dios para el día. Rogué por más territorio (más ministerio e influen­cias para el Señor) y di un paso adelante para reci­birlo.

Me apoyé transitoriamente, pero con toda con­fianza en el Espíritu Santo, para que guiara mis pensamientos, palabras y acciones con Sophie a fin de que obrara en el terreno sobrenatural y lle­vara a cabo todo lo que humanamente me es impo­sible hacer. Le supliqué a Dios guardarme del mal (o en este caso, hasta de la más leve insinuación impropia) que echara a perder la bendición que Él deseaba su­ministrar por medio de mis palabras.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “La Oración de Jabes”

Por Bruce Wilkinson

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