La Oración – Oración Pequeña, Recompensa Grande 2

 

Continuemos.

Tomemos el capítulo 4 de 1º Crónicas. Los descendientes de Judá: Fares, Hezrón, Carmi, Hur y Sobal… Y eso es apenas el principio… Ahumai, Isma, Ibdas, Haze-lelponi… Lo perdono si de repente decide dejar este libro y echa mano al control de su televisor. Pero, quédese conmigo, porque luego de 44 nombres en el capítulo, irrumpe de pronto un relato: «Y Jabes fue más ilustre que sus hermanos, y su madre lo llamó Jabes, diciendo: Porque lo di a luz con dolor. Jabes invocó al Dios de Israel, dicien­do: ¡Oh, si en verdad me bendijeras, ensancharas mi territorio, y tu mano estuviera conmigo y me guardaras del mal para que no me causara dolor! Y Dios le concedió lo que pidió» (1 Crónicas 4:9-10).

En el versículo siguiente la lista continúa con otros miembros de la tribu de Judá, como si nada hubiese suce­dido: Quelub, Súa, Mehir…

Pero hubo algo acerca de este hombre Jabes que obligó al historiador a hacer una pausa, aclarar su garganta y a cambiar sus tácticas. «¡Ah, espere un instante!», parece que dijera. «Precisamente tiene que saber algo acerca de este hombre que se llama Jabes. ¡Sobresale por encima de todos los demás!
¿Cuál fue el secreto para la fama tan duradera de Jabes? Puede escudriñar la Biblia de comienzo a fin y no va a encontrar ninguna información más, aparte de la que tenemos en estos dos breves versículos.

  • Las cosas comenzaron muy mal para una persona de la que nadie había oído antes.
  • Pronunció una oración muy poco común, de cuatro pequeñas frases.
  • Y todo terminó extraordinariamente bien.

Con toda claridad el resultado se puede rastrear desde su oración. Algo acerca de la petición de Jabes a Dios, di­recta y sencilla, cambió su vida y dejó una marca perma­nente en los libros de la historia de Israel: «Bendíceme y ensancha mi territorio; ayúdame y líbrame del mal, para que no padezca aflicción».

A primera vista, las cuatro peticiones pueden parecernos sinceras, sensibles y hasta nobles, aunque no son muy sobresalientes. Pero justo debajo de cada una yace un gran principio capaz de romper los paradigmas, que se opone de modo exacto a la forma en que usted y yo pensamos casi siempre. Quiero demostrar cuán dramáticamente cada una de las peticiones de Jabes puede producir algo en verdad milagroso en su vida.

 

Viva Más Allá de los Límites.

¿Cuándo fue la última vez que Dios obró a través de usted, en tal forma que supo, sin duda alguna, que fue Él quien lo hizo? En efecto, ¿cuándo fue la última vez que vio suceder milagros en forma regular en su vida? Si usted es como casi todos los creyentes que conozco, no sabría cómo pedir para tener esa clase de experiencia, incluso si de­bería hacerlo.

Lo que tengo que decirle ha preparado vidas para la obra poderosa de Dios durante muchos años. Hace poco, fui a Dallas a enseñar sobre la bendición de Jabes a una au­diencia de nueve mil personas. Después de almorzar, un hombre me dijo: —Bruce, le oí predicar el mensaje de Ja­bes hace quince años y desde entonces no he dejado de hacer esa oración. El cambio fue tan radical que simple­mente nunca he podido dejar de decirla.

Otro amigo, sentado al otro lado de la mesa, se mostró de acuerdo. Él dijo que ha estado oran­do la pequeña oración de Jabes por diez años con resultados semejantes. El hombre que estaba a su lado, un cardiólogo, de Indianápolis, mencionó desde hacía cinco años la estaba repitiendo.
Así que les dije: —¡Amigos, he hecho la oración de Jabes más de la mitad de mi vida!

Amigo, en verdad, Dios tiene bendiciones que usted no ha reclamado que esperan por usted. Sé que parece im­posible, y quizás vergonzosamente sospechoso en nuestra cultura de autocomplacencia. Pero ese mismo cambio, su deseo por la plenitud de Dios, es la voluntad amo­rosa del Señor que él siempre ha tenido para su vida. Y con un puñado de compromisos clave por su parte, puede se­guir desde este mismo día en adelante con la confianza y la esperanza de que nuestro Padre celestial hará que se cum­pla en usted.

Piénselo de esta manera: En vez de estar a la orilla del río y cada día pedir un vaso de agua para sobrevivir, haga algo impensable: tome esa pequeña oración con la recom­pensa grande ¡y saltará dentro del río! En ese momento, comenzará a dejar que las corrientes amorosas de la gracia y el poder de Dios lo lleven adelante. El grandioso plan de Dios para usted le rodeará y le transportará a la vida pro­fundamente importante y satisfactoria que le tiene prome­tida.

Si eso es lo que usted quiere, por favor continúe leyendo AQUÍ.

Extracto del libro “La Oración de Jabes”

Por Bruce Wilkinson

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