La Oración – Viva en Grande Para Dios 2

 

Continuemos.

Dediqué mucho tiempo de aquella semana haciendo una pregunta: Si el Dios de los cielos nos ama infinitamen­te y nos quiere en su presencia en todo momento y si sabe que el cielo es un sitio mucho mejor, entonces ¿por qué nos deja aquí sobre la tierra? Con un alumno tras otro procuré dar lo que creí que era una respuesta bíblica a esa interro­gante: «Porque Dios quiere que muevas los límites de tus fronteras, que tomes un territorio nuevo para El, pudiera ser una isla, y que alcances a mucha gente en su nombre».

Dios estaba en la obra. Una semana después de regre­sar a mi hogar, recibí una carta de un estudiante de nombre Warren. Me decía que él y su amigo Dave decidieron aceptar el reto ante el poder de Dios y pedirle que los ben­dijera y que ensanchara sus fronteras. Específicamente, oraron para que Dios les diera la oportunidad de testificar ante el gobernador de California ese fin de semana. Pusie­ron sus sacos de dormir en el auto de Warren, un modelo del 63, y condujeron 640 km hasta la capital para tocar las puertas. Ellos pudieron hablar de su fe a 2 empleados en una gasolinera, a 4 guardias de seguridad, al jefe de la Guardia Nacional de los Estados Unidos, al director del Departamento de Salud, Educación y Bienestar Social del Estado de Cali­fornia, al jefe de la Patrulla de Carreteras de Cali­fornia, al secretario del gobernador y por último, al mismo gobernador.

En las semanas y meses que siguieron, la visión para ensanchar los territorios inundó el recinto de la universidad. En el otoño, un equipo estudiantil dirigido por Warren y Dave habían organizado, un gran proyecto misionero para el verano siguiente. Lo denominaron Operación Jabes. El objetivo: Reunir un grupo autofinanciado de estudiantes como obreros cristia­nos, alquilar un avión de propulsión a chorro, y volar a la isla de Trinidad, a fin de ministrar allí durante todo un verano. 126 perso­nas, en su mayoría estudiantes y unos pocos profesores universitarios, constituyeron el grupo de misioneros.

Cuando el avión despegó con su carga completa desde Los Ángeles, la Operación Jabes se ufanaba de contar con equipos entrenados listos para ministrar por medio de dramas, ayudantes en la industria de la construcción, es­cuela bíblica de vacaciones, música y visita a los hogares. El rector de la universidad designó a la Operación Jabes como la empresa más significativa para el ministerio estu­diantil en toda la historia de la institución.

Todo se originó simplemente en dos estudiantes que le pidieron a Dios ensanchar sus territorios, ¡y Él así lo hizo! Una oración pequeña produjo mapas nuevos en los límites de las fronteras y repercutió en las vidas de miles de personas.

 

«Creo Que Esta es Mi Cita».

La oración de Jabes es una petición revolucionaria. Así como es sumamente raro oír que alguien ruega: «¡Por fa­vor, Dios, bendíceme!», es también muy extraño que al­guien suplique: «¡Oh Dios, te pido que me des más ministerio!». Casi todos creemos que nuestras vidas ya es­tán más que llenas. Pero cuando, en fe, usted comienza a pedir más ministerio, acontecen cosas muy sorprendentes. A medida que se ensanchan sus oportunidades, también su capacidad y sus recursos aumentan de modo sobrenatural. De manera muy precisa sentirá el placer que Dios experi­menta con sus peticiones y la prisa que Él tiene para llevar a cabo grandes cosas por medio de usted.

Las personas aparecerán en su puerta o en la mesa contigua a la suya. Comenzarán a decir cosas que hasta a ellas mismas les sorprenderán. Van a preguntar algo —ni siquiera están seguros de qué— pero confían en tener una respuesta.

A esta clase de encuentros les llamo «Citas Jabes».

Recuerdo la primera vez que tuve una. Estaba en un sitio lleno de sorpresas, a bordo de un barco anclado en la costa de Turquía. Viajaba solo para conocer y evaluar una compañía de turismo especializada en llevar grupos alrededor del Mediterráneo, para seguir las huellas de la iglesia primitiva. A bordo habíamos tenido días hermosos con mucho tiempo que me permitía trabajar en diversos proyectos, pero me sentía más solitario con el paso de los días. La mañana en que anclamos en Patmos, la isla donde Juan escribió el Apocalip­sis, toqué fondo.

En lugar de seguir el paseo bajo la dirección del guía, recorrí las calles del pequeño puerto y me puse a hablar con el Señor: «Señor, sabes que me siento nostálgico y dé­bil», oré. «Pero quiero ser tu siervo. Incluso ahora, en­sancha mis fronteras. Envía a alguien que me necesite».

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “La Oración de Jabes”

Por Bruce Wilkinson

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