DISCIPLINA BALANCEADA CON RELACIÓN

El problema principal con la disciplina abusiva es que se ejerce sin tener una relación de compromiso y amor entre quien ejecuta la disciplina y la persona disciplinada. Donde no existe una relación de amor y compromiso, entonces no existirá una base de confianza. Sin esta base, se desconfía por completo el uno del otro. Sin embargo, donde existe una relación de amor y compromiso habrá una confianza absoluta, y tanto el disciplinador como el disciplinado entienden que la disciplina servirá para cumplir el propósito eterno del desarrollo y crecimiento de ambos, no solo del disciplinado, aunque seguramente será el más beneficiado, sino también del disciplinador, ya que en cada experiencia disciplinaria aprende a ser un mejor pastor y a velar con más cuidado por sus ovejas. Se puede resumir en la siguiente ecuación:

Disciplina – Relación = Tiranía

Disciplina + Relación = Discipulado

LA DISCIPLINA ABUSIVA SE EJERCE SIN TENER UNA RELACIÓN DE COMPROMISO Y AMOR.

Uno de los más grandes regalos que Dios jamás me ha dado se llamó Francisco Warren. Era mi padrastro. Por más de treinta y nueve años fungió como la figura central de mi vida familiar. Mi padre biológico murió a mis dos años de edad, y mi mamá se casó con don Francisco cuando yo tenía cinco años. Lo que aprendí de este hombre de Dios es demasiado para contar en estas páginas. Sin embargo, una de las lecciones más grandes que me pudo haber dejado fue el delicado balance entre disciplina y relación. Él sabía que la una no podía funcionar sin la otra. Aunque a veces fallaba de un lado para el otro, le reconozco el esfuerzo constante que tuvo de buscar siempre ese balance. Estaba comprometido ferozmente, casi hasta la obsesión, con el deseo de ser alguien que disciplinara basándose en una relación de confianza, amor e intimidad. Al inicio no fue fácil, pero se fue ganando nuestra confianza.

Cuando llegó a nuestra familia, mi mamá ya había estado viuda por casi tres años. Al principio, mis dos hermanos y yo sentíamos que este señor recién llegado había venido a desbalancear el orden de las cosas en la casa. Estábamos escépticos ante su aparición y nos tardamos en desarrollar una relación de confianza con él. Siendo el hombre sabio que fue, él entendió la necesidad de establecer relación y confianza antes de poder ejercer sobre nosotros algún derecho de disciplina. Así que se dio a la tarea de ganar primero nuestro respeto, dándonos respeto. Se ganó nuestro cariño, dándonos cariño. Igualmente, le entregamos las riendas de nuestro corazón, porque nos entregó las suyas.

Una vez que se dio esta «transferencia de confianza» por así decirlo, don Francisco Warren tomó muy en serio su papel de discipulador en nuestra vida, hasta el día en que partió para estar con el Señor en el año 2006. Nunca dudamos de sus intenciones, a pesar de que muchas veces no nos gustaban sus acciones disciplinarias. Sin embargo, sabíamos, sin lugar a duda, que nos amaba incondicionalmente y que daría su vida misma por nosotros. Esto le dio todo el derecho para ser el discipulador «oficial» y principal de nuestra vida. Tanta fue la confianza y el amor que le teníamos que hasta el día de hoy cuando hago referencia a mi «papá», me refiero al que de hecho fue mi padrastro, don Francisco, pero que en efecto fue un papá para mí, en toda la extensión de la palabra.

Cuando al fin asumió el papel de disciplinador en nuestra vida, mis hermanos y yo nos dimos cuenta de que no se tardó mucho en amaestrar el arte. Además, tuvo una gran maestra: mi mamá, doña Nola. Sin embargo, nunca recuerdo que alguna vez nos haya corregido sin incluir el elemento de relación. Por ejemplo, al terminar alguna «sesión de corrección» (entiéndase por la aplicación corporal de la vara bíblica en la parte posterior de la anatomía), siempre se tomaba el tiempo de abrazarnos, orar con nosotros y explicarnos, de nuevo, los porqué de la corrección recién vivida. Recuerdo que en muchos de esos momentos se me abrieron los ojos y entendí muchos de los principios de la vida que me formaron como hombre. Mi papá nunca «golpeó y huyó». Siempre nos explicaba antes el por qué iba a disciplinarnos y lo repetía después de haberla ejecutado. La lección quedaba clara.

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