«TU VARA Y TU CALLADO ME INFUNDIRÁN ALIENTO». Salmos 23.4

SÉPTIMO HÁBITO: DISCIPLINAR

El teólogo y autor de tradición cuáquera, Richard Foster, escribió en su influyente libro, Alabanza a la disciplina, que: «La disciplina espiritual tiene el propósito de hacernos bien»,3 a lo que yo agregaría en contraposición que la que no es espiritual entonces nos hace mal. La disciplina que viene de Dios es un regalo. Es corrección amorosa. Nace de un deseo y anhelo de restauración y sanidad, y no de un intento de retribución, vergüenza y castigo.

En la analogía bíblica, la vara y el callado son el instrumento de disciplina y corrección que utiliza el pastor para instruir a la oveja. La parte larga del instrumento, la vara, es utilizada para llamarle la atención a la ovejita mediante unos golpecitos tiernos, pero firmes, para que le ponga atención al pastor. Algunas ovejas solo necesitan un golpecito de la vara de vez en cuando, otras dos o tres. Hay algunas ovejas que ni con diez golpes de vara o más ponen atención. Pero ellas, en realidad, son la excepción y no la regla. Típicamente, una oveja solo requiere un golpecito suave, porque tiene una relación de confianza con su pastor. De hecho, confían el uno en el otro. Por lo tanto, no necesita mucho para prestarle atención porque ya están dadas todas las acciones mencionadas en los capítulos anteriores.

La parte curva del instrumento, el callado, está hecha a la medida del cuello de la ovejita. Eso le sirve al pastor para colocarla alrededor del cuello de su corderito distraído y así utilizar un movimiento suave para jalarlo de nuevo al camino y a la seguridad. De manera que «la vara y el callado» se utilizaban en una acción doble: llamar la atención con la parte recta de la vara («tap tap tap»), unido al jalón suave en el cuello con la parte curva, o sea el callado, para regresarlo al sendero o protegerlo cuando se avecinaba un peligro. Sencillo y discreto. Además, ejecutado con un cuidado tal que no deje ni heridas ni traumas en la oveja. Se ejecuta la disciplina con discreción y prontitud.

Es una verdad inevitable que cuando nos involucramos en las vidas de las personas, en cualquier posición de liderazgo, tendremos tanto la oportunidad como la necesidad de ejercer disciplina en algún momento u otro. Por muy estelar o bien portada que sea la oveja, tarde o temprano se presentará alguna ocasión para regresarla a los principios del orden, y para ese fin es que sirve la disciplina: corregir actitudes con el fin de regresar al discípulo a los principios del orden. No sirve para que el líder o el pastor imponga sus ideas, decisiones o propósitos sobre la vida de las ovejas, sino para enseñarlas, moldearlas y dirigirlas hacia el buen caminar en la vida. La disciplina sirve como una escuela en la que podemos asistir a la oveja en el conocimiento de cómo tomar las mejores decisiones. En ese sentido, la disciplina viene a ser una delicada pero efectiva herramienta en manos del pastor para agregar valor a la vida de la oveja.

La palabra disciplina tiene, en su origen, la misma raíz que la palabra discípulo. Es decir, una oportunidad para disciplinar debería ser también una oportunidad para discipular, o enseñar. Si la oveja no aprendió algo a través de la acción disciplinaria, entonces dicha acción no cumplió su fin correcto. Una disciplina ejecutada sin un resultado discipulador (didáctico/enseñanza), es un acto despótico y enajenador. Esa clase de disciplina hace que la oveja se sienta marginada, echada a un lado y desprotegida. Sin embargo, una acción disciplinaria ejecutada con buen corazón y espíritu puede lograr resultados maravillosos en ella, asegurando el aprendizaje de lecciones que jamás olvidará a lo largo de su vida. Ojalá que los pastores tuviésemos más cuidado a la hora de ejercer la disciplina sobre las preciosas ovejas que Dios ha puesto bajo nuestro cuidado. Sin duda, tendremos que rendir cuentas por la manera en que las disciplinamos.

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