Pasaje Clave: Romanos 5:5.

Una de las principales características de una persona saludable es su capacidad de ilusionarse. El nacimiento de un hijo o de un nieto, una fiesta que se aproxima, un viaje a punto de concretarse, son ejemplos de eventos que nos mantienen ilusionados hasta el día en que ocurren. ¿Alguna vez estuviste muy ilusionado por algo? Cuando nos ilusionamos ponemos tanta fuerza, tantas ganas en esa ilusión que se nos alarga la vida, porque incluso después de ocurrido el evento que nos tenía ilusionados, nos mantenemos con alegría, salud y fuerza.

La Biblia narra sobre Simeón, un hombre piadoso que tenía una ilusión: ver la liberación de Israel, y Dios se lo había prometido. Un día Simeón llegó al templo, y cuando le entregaron a Jesús, él lo sostuvo en sus brazos y dijo: «Señor, ¡ahora sí podés despedir a tu siervo en paz, porque mis ojos han visto la salvación!». Simeón se había ilusionado, la promesa de Dios para él se había cumplido y ahora el hombre podía morirse tranquilo.

Cuando una persona se ilusiona vive con fuerzas y con ganas hasta que llegue el momento del cumplimiento de la promesa. ¿Algo te mantiene ilusionado? ¡Qué bendición es poder tener esperanza de que lo que viene es maravilloso! Existen estudios que demuestran que las personas que le quitan dramatismo a un problema lo resuelven más rápido; del mismo modo, quienes le quitan dramatismo a una enfermedad se recuperan más rápidamente. Ilusionarse es activar la esperanza, y para vivir bien necesitamos tener un alto nivel de esperanza.

Dice la Palabra de Dios en Romanos 5:5 que «la esperanza no avergüenza», es decir, Dios nos asegura que la persona que tiene esperanza nunca va a sentirse avergonzada. El Señor nunca te va a avergonzar, ¡eso que declaraste va a venir a tu vida! Pero entonces, ¿por qué algunas veces perdemos la esperanza? Hay tres motivos principales:

A. Porque alguien nos falló. Alguien te hizo una promesa y como no cumplió te sentiste defraudado. Te prometieron estar a tu lado en los momentos difíciles y sin embargo no estuvieron, te dijeron que no te iban a abandonar pero te abandonaron, te prometieron amor y recibiste desprecio, y ahora sentís que perdiste la esperanza porque las personas te fallaron.

B. Porque nos fallamos a nosotros mismos. Por ejemplo, dijiste: «Este año voy a adelgazar», y no pudiste, «no voy a volver a cometer este error», y otra vez lo cometiste. Te prometiste un montón de cosas que después no pudiste cumplir, y entonces dejaste de ilusionarte, ya no tenés esperanza con vos mismo. Pensás: «Ya no espero nada de mí. No me voy a prometer hacer nada, porque no me veo con capacidad de cumplir. Ya lo intenté, pero no pude». En este caso, la desesperanza no es con las demás personas sino con vos mismo.

C. Porque el sueño que Dios nos dio tarda en llegar. Muchas veces sufrimos desesperanza porque eso que Dios nos prometió tarda en llegar. Te parece que Dios no reacciona y empezás a perder la esperanza con Dios. Ya no creés que Dios pueda hacer nada. Decís: «Ya pasaron muchos años luchando por alcanzar esto. Dios no me está escuchando». Entonces perdés la esperanza y ya ni siquiera podés adorar, sentís que ya con Dios no te pasa nada, no tenés esa fuerza, esas ganas, esa expectativa de esperar que en cualquier momento Dios vaya a descender con la promesa que te había dado.

La esperanza es un arma de victoria para nuestras vidas. Entonces, ¿cómo podemos recuperarla?

1. Jugarnos Toda nuestra Fe.

La Biblia cuenta la historia de una mujer que vivió una situación muy difícil: se le murió su hijo. En medio de esa situación tan angustiante, esta mujer vio el final como el comienzo de una gran epopeya. En lugar de leer esa situación de crisis por la que estás atravesando como tu final, tenés que verla como un nuevo comienzo para que vuelvas a usar tu fe de una forma diferente. La mujer de la historia no se dio por vencida. Ella tomó al niño muerto y dijo: «¡Esto no se terminó acá!».

Necesitás saber que la esperanza te recupera. Cuando te dicen «no», cuando te detectan una enfermedad, cuando te fueron infieles, vos tenés que afirmar: «¡Esto no se terminó acá! Yo sé que Dios está en control. ¡Tengo esperanza, activo mi fe y voy por mucho más!».

(CONTINÚA…)

Por Alejandra Stamateas

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Psicólogo, docente, consultor familiar, conferencista y autor (Verdades Que Sanan, Desafíos Para Jóvenes y Adolescentes). Trabajé con la niñez y la formación de maestros de niños. Fui pastor de adolescentes y jóvenes por más de 10 años. En la actualidad me dedico a enseñar, escribir, dictar conferencias y dirigir www.devocionaldiario.org y www.desafiojoven.com, donde millones de personas son alentadas, edificadas y fortalecidas en su fe. Casado y padre de tres hijos.

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