«Necesito mucho amor porque si no, no funciono». Si sos de las que dicen: «Si a mí no me dan besitos o no me dicen piropos, no funciono», «¡a mí de mala manera, no!», «si mi jefe me grita, me bloqueo y no puedo seguir trabajando», entonces te tenés que cuestionar por qué creés que todo el mundo te tiene que dar mucho amor para que puedas funcionar. Si tu motor es el amor de los demás, te la vas a pasar seduciendo a todo el que se cruce por tu camino porque necesitás ser amada para funcionar.

Cuando una mujer se vuelve dependiente de la aprobación del otro, le cuesta mucho hablar en público, rendir un examen o expresar su opinión. Tiene miedo de no saber responder, de que la miren con mala cara, de que el otro no esté de acuerdo y la critique. Si el amor del otro es tu motor, es muy probable que te abstengas de decir «No» por miedo a que seas mal vista o por temor a que las personas te rechacen. Este fue el caso de una mujer que conoció a un hombre y quedó tan encandilada por sus encantos que no pudo negarse a ir a su departamento. Tampoco pudo decirle «No» a la hora de desvestirse porque tenía esa necesidad de ser amada y no quería que él la echase del lugar. Fue así que lo esperó desnuda mientras él salió por un momento. Cuando volvió, lo hizo con otros tres hombres más y entre los cuatro la violaron. Las consecuencias de tener el prejuicio de que si no te aman no podés funcionar pueden ser lamentables.

Mi mecanismo es: «Debo desconfiar de todo el mundo». Hay mujeres que tienen el mecanismo de la desconfianza, nunca pueden confiar en nadie y eso enlentece cualquier decisión que quieran tomar en la vida. Todos tenemos prejuicios con respecto a nosotros y es importante que puedas averiguar cuáles son los tuyos y trabajar para quebrarlos. Por ejemplo: «No soy inteligente», «soy muy tonta, nunca me va a ir bien en el amor», «no sirvo para nada», «a mí nadie me ve», «no soy linda». Estos prejuicios se van construyendo desde la infancia y están ligados a cómo fuimos criados por nuestros padres. Tal vez hayas tenido una madre o un padre que dudaban mucho cuando tenían que tomar decisiones. Quizás tus padres tomaron alguna vez una decisión equivocada y tuviste que pagar las consecuencias de dicho error. Tal sería el caso de un padre que perdió todo el dinero por su adicción al juego y la familia tuvo que vender sus bienes para afrontar las deudas contraídas. Otro ejemplo podrían ser las niñas cuyos padres las dejaban a cargo de los hermanitos menores y terminaron volviéndose hiperresponsables.

Si pasaste por alguna de esas situaciones es probable que a la hora de tomar una decisión te sientas condicionada por temor a equivocarte. Seguramente te prejuzgás por ese error del pasado y cada vez que tenés que decidir decís: «Me equivoqué antes y no quiero volver a hacerlo esta vez». O tal vez te enlentecés porque decís: «No quiero equivocarme», «no quiero hacerle mal a nadie», «soy responsable de todo el mundo», y así terminás con el síndrome de Atlas, sintiendo que cargás a todo el mundo sobre tus hombros. ¡Tenés que hacer una declaración profética de que vas a tomar decisiones buenas y rápidas!

2. Chequeá las Consecuencias.

No es lo mismo tomar la decisión de casarte que pensar en lo que vas a cocinar mañana al mediodía. Si te equivocás, las consecuencias van a ser bien diferentes: podés tirar unas milanesas a la basura, pero no podés hacer lo mismo con tu matrimonio. Tenés que evaluar si esa decisión que vas a tomar te trae consecuencias negativas permanentes o si tenés un margen para el error.

Por Alejandra Stamateas

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