Mujeres Cristianas – Tengo un Hijo con Problemas 3

 

Continuemos.

Ni esos hijos pueden seguir su propio camino como dice la Biblia, ni nosotros podemos instruirlos en su propio camino, porque les decimos: «vas a hacer esto, vas a hacer aquello, esto está prohibido y esto está permitido».

A los hijos hay que ponerles límites pero eso no tiene nada que ver con el deseo. Por eso es tan importante sentarnos con nuestros hijos a hablar de sus emociones.

En una época se hablaba del metro-sexual, hombres que se arreglan, se depilan, se ponen cremas, etc. Pero ahora se está hablando del hombre metro-emocional, que es un hombre que quiere experimentar emociones, llorar, reírse, tener emociones a flor de piel, quiere saber lo que es ser responsable. O sea un hombre que hasta ahora no teníamos como modelo, porque un hombre que expresaba sus emociones, que lloraba, que compartía con otros, que estaban con sus hijos, no era demasiado hombre porque el hombre macho tenía que ser bruto, serio, trabajar afuera, etc.

Y nosotros tenemos que enseñarles a nuestros hijos a expresar sus emociones y a expresar lo que desean sin condenar el deseo. Decirles: «Yo soy como una mamá valiente, vos sos como una flecha en mis manos y yo te voy a guiar, no te voy a decir lo que tienes que hacer, yo te voy a guiar con ese deseo, para que ese deseo no se te transforme en algo en contra, sino que vos puedas decidir qué es lo que vas a hacer».

Pero a nosotros no nos han enseñado eso, ni de chicos ni de grandes. Nos han dicho que desear es pecado y que está mal. Y desear no es pecado, es una reacción de un momento, es un sentimiento que surge. Ahora bien, ¿qué haces con eso? Ahí la cosa cambia.

Nosotros tenemos que usar el poder de decidir y tener la habilidad de decidir lo mejor para nosotros. Tenés que saber qué es lo mejor para vos y enseñarle a tus hijos qué es lo mejor para ellos. Tengo que conectarme con mi deseo.

No obligues a tus hijos a vivir tu vida. ¿Dónde ponés tus broncas por las cosas que no lográs? ¿Las volcás en tus hijos?

¿Dónde volcás tus insatisfacciones? ¿Dónde volcás tus frustraciones? ¿En tus hijos?

¿Cómo estás mirando a tus hijos? ¿Con tus mismas carencias? ¿Por eso les tenés lástima todo el tiempo?

Porque en vez de estar mirando a tus hijos te estás mirando a vos…

 

2. ¿Cómo Estoy Mirando a Mis Hijos?

A ese hijo que tiene un problema, ¿lo estás mirando como un pobre hombre ó una pobre mujer?

¿Lo estás viendo como a una persona débil?

Tal vez estés mirando a tus hijos a través de tus propios problemas, de tus propias crisis, de tus propias debilidades. Conocí una mamá que cada vez que la hija sacaba una nota baja en la escuela, se amargaba, le agarraba prácticamente un ataque al corazón porque se acordaba de lo mala que era estudiando y de cómo sufrió en la escuela, de las bajas notas que tenía. Entonces cuando su hija traía una mala nota inconscientemente le hacía recordar todo eso. O sea que ponía lo negativo de ella en su hija, y entonces le transmitía esa negatividad.

¿Cómo ves a tu hijo? Agar estaba en el desierto, dejó a su hijo y lo miró de lejos. No lo quiso tener en brazos; dijo: «si muere prefiero no ver». Porque ésta mujer no tenía ninguna esperanza, lo miraba de lejos. ¿Mirás a tus hijos de lejos?

«Y bueno, de ésta no creo que salga».

«Ya está en la droga, con esos amigos de ahí no sale más».

«¿Este vago va a conseguir trabajo? No, este no va a conseguir más trabajo».

«¿Convertirse y venir a la iglesia conmigo? ¡Nooo!»

Y mirás a tus hijos de lejos; les pones tus mambos, tus historias negativas.

«No; con lo que le hizo el padre… no».

«¿Con lo que vivió de chiquito? No, qué va a salir bueno este pibe».

Entonces le ponés todas tus historias, todos tus fracasos, todas tus frustraciones porque estás mirando a tu hijo desde lejos.

Había un hijo endemoniado, y el demonio lo había dejado sordo, mudo y retorciéndose tirado en el suelo. Así era el padre; el demonio le mostró cómo era el padre, era un hombre ciego y sordo a los pedidos del hijo, un hombre que no se consideraba nada; por eso estaba tirado.

(CONTINÚA…)

Por Alejandra Stamateas

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