La mayoría de las mujeres, en algún momento, dijimos algo que el otro quería escuchar o hicimos cosas para agradarle a alguien, por ejemplo a una pareja, a un hijo o a un familiar. Y esto no está mal. Procurar agradar es querer que la otra persona nos apruebe y piense bien de nosotros, porque nuestro objetivo es quedar bien con los otros y sentir que somos «aceptadas» y «valoradas».

Confundimos admiración y aceptación con amor: que alguien te admire no quiere decir que te ame. Hay hombres que no saben expresar el amor porque no han aprendido ese lenguaje. Cuando confundimos amor con admiración, nos subimos a una loca carrera de logros: «Si logro esto me va a admirar y a aceptar». Y el problema aparece cuando agradar se convierte en nuestra motivación, y vivimos y actuamos sólo para agradar a los demás. La confianza nos convierte en mujeres fuertes y seguras; la insatisfacción constante nos hará dependientes de aprobación y de aceptación.

¿Te pasó de hacer cosas para ser aceptada y para que te tengan en cuenta?

En realidad, lo que buscamos es satisfacer las expectativas de los demás porque eso mismo queremos que hagan con nosotras. Deseamos ser aprobadas por el otro, sea quien fuere. Y esperando ese bendito visto bueno, sufrimos y nos sentimos solas. Y pasamos nuestros días esperando escuchar: «¡qué bien que lo hiciste!»,«¡qué linda que estás!»,«¡eres muy buena!» Esperas la felicitación, y te desespera saber si lo que hiciste o dijiste les gustó o no a los otros. Tal vez no te dijeron lo que querías escuchar y, aunque para ti el resultado sea bueno, si ese otro no te aprueba te angustias.

El tema no es llenarnos de culpas, sino comprender por qué nos sucede esto. El motivo es que las mujeres no nos damos crédito. Nos damos crédito y nos sentimos valoradas, aceptadas, amadas, sólo cuando es el otro quien nos aprueba. Anhelamos escuchar:

  • «Estuvo muy lindo lo que dijiste».
  • «Muy bueno lo que hiciste».

Entonces sí sientes que lo hiciste bien. ¿Te pasó de hacer cosas para ser aceptada y para que te tengan en cuenta?

A las mujeres, muchas veces, se nos olvida ser amigas de nosotras mismas. Hoy necesitas comenzar a darte crédito por cada logro que alcances. Disfruta de todo aquel proyecto nuevo que comiences, de cada gramo de peso que bajaste, de una contestación que pudiste dar cuando antes no te animabas. Pon lo mejor de ti y luego felicítate.

¡Engrandécete, mujer, estás hecha para eso!

Tal vez estés diciendo: «¿Yo engrandecerme? No, no sé. No puedo, eso es para mi marido, o para mis hijos. Yo espero que el día de mañana tengan lo que soñé para ellos». O: «Yo no entiendo cómo hacen algunas mujeres para trabajar y cuidar a los hijos. Mi marido estuvo de acuerdo con que yo no trabajara, y tiene razón, si no los chicos salen cualquier cosa».

Tu estima no puede depender de lo que los demás digan de ti. Muchas mujeres se sienten solas en su vida de pareja porque no han aprendido a respetarse, a valorarse, a amarse, a darse el lugar que les corresponde. Depender de los demás te convierte en una mujer fácil de manipular. Si te aprueban estás contenta; si te rebajan, te sientes nada. Y desde ese lugar, los otros comenzarán a decirte cómo hacer las cosas (obviamente, esperando que hagas lo que a ellos más les conviene). Y cuando una mujer no siente que es merecedora de amor, se desvivirá por complacer sin advertir que tal vez lo que hoy «los otros» aprueban, mañana quizá lo desaprueben. Y pensar todo el tiempo en los otros, el buscar su aprobación continuamente, termina frustrándote.

¡¡No!! Tú tienes derecho a engrandecerte y a disfrutar de todo lo que alcances: lo mereces.

Extracto del libro Estoy Casada Pero Me Siento Sola

Por Alejandra Stamateas

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